Lloré sola, dormí sola, me desahogué sola, me calmé los ataques de ansiedad sola, me sentí sola, me aconsejé sola, comí sola, paso tiempo sola. Nadie vivió mi vida, ni lloró mis lágrimas, entonces nadie tiene derecho a juzgar mi forma de ser.
Y entonces me quité el papel de víctima, porque yo tampoco sabía poner límites; mis emociones me controlaban, tenía heridas que no había sanado, dejaba mi felicidad y valor en manos de otra persona.
Y es de valientes reconocer que eso solo me toca sanarlo a mí mismo.
A veces me gustaría ser menos sensible, nostálgica, no tomarme todo personal, llorar menos, en incluso amar un poquito menos.
Pero entonces no sería yo.