Saltarte la ley y el orden jurídico de otro país por la fuerza implica que el país destinatario tiene que gastar una cantidad de dinero, recursos y burocracia ingentes para combatir esa presencia. Y está obligado por sus propios tribunales, y no seguir esos pasos tiene consecuencias reales. Y para rizar el rizo, con dinero público se está financiando a las organizaciones que defienden los intereses de los que usan sus leyes contra el mismo Estado que no respetan
Esto va mucho más allá de la empatía suicida. Nuestras leyes, ordenamiento jurídico y respeto por los derechos humanos se utilizan como arma. Es un tipo de guerra fría muy perversa. Las mismas personas que no respetan tu ordenamiento jurídico, te exigen cumplimiento hasta de la última coma del mismo para lidiar con ellas. Ya no te disparan, solo usan tus instituciones contra ti mismo y te exigen pagar la factura.
Atención a esto: el mecanismo que hace que te sientas más seguro cuanto peores son los argumentos en tu contra:
Andy Masley explica en esta entrada un mecanismo psicológico (y lógico) muy peligroso que puede hacer que persistas en un error y te vayas radicalizando cada vez más. Lo resumo de forma sencilla:
1-Adoptas una idea bastante extrema o poco común (por ejemplo: marxismo, veganismo radical, una teoría conspirativa, etc.).
2-Empiezas a hablar de ella con la gente normal.
3-La mayoría de las personas que te contradicen dan argumentos malos, confusos, desinformados o incluso moralmente cuestionables.
4-Entonces piensas: “Si estos son los que me critican… y argumentan tan mal… entonces mi idea debe ser todavía más correcta de lo que pensaba.”
5-cada conversación mala refuerza tu confianza. Te sientes cada vez más seguro… y más solo frente a un mundo que parece “dormido” o estúpido.
El error clave está aquí: que la mayoría de la gente argumente mal no dice casi nada sobre si tu idea es verdadera o falsa. La mayoría de las personas (tú y yo incluidos) estamos bastante confusos o poco informados sobre la mayoría de temas. Por eso, da igual lo correcta o incorrecta que sea tu posición: la mayor parte de las críticas que recibas van a ser mediocres.
Masley lo ilustra con varios ejemplos:
-Un marxista se encuentra constantemente con gente que dice cosas como “los pobres se lo merecen” o “si todos fuéramos iguales nadie trabajaría”. Concluye que el capitalismo es absurdo… cuando en realidad solo ha hablado con personas que no entienden economía.
-Un vegano escucha una y otra vez “las plantas también sienten” o “matar es natural”. Empieza a creer que todo el que come carne es ciego o cruel… cuando existen argumentos serios (y hechos por gente que también se preocupa por los animales) en contra del veganismo.
-El propio autor, de joven, escuchó a un conservador decir una tontería sobre armas nucleares y pensó: “los conservadores son tontos”. Años después se dio cuenta de que ese comentario no demostraba nada.
La lección práctica a aprender sería que cuando tienes una idea extrema, no actualices tu confianza hacia arriba solo porque la gente corriente discute mal contigo. El autor aconseja que busques deliberadamente a las personas que conocen bien el tema y que no están solo defendiendo a su equipo. Esas son las únicas críticas que realmente importan.
El peligro no es tener ideas poco comunes. El peligro es usar la mediocridad de los demás como prueba de que tú tienes razón.
¿Es el problema de la corrupción en España solo de reglas o de nuestros políticos? No. Tenemos reglas horrorosas, sí, y una selección de élites pésimas, pero cualquiera que pasee por una calle de una ciudad española comprobará cómo muchos españoles (españoles de España, para que no haya duda) se saltan constantemente las reglas, aparcando donde les da la gana, tirando basura donde no corresponde o llevando al perro sin cadena en sitios donde no se puede (ejemplos que vi en solo dos días de noviembre, la última vez que fui a Madrid).
Ya sé lo que me van a decir: estas son anécdotas, no es evidencia seria. Pero resulta que sí tenemos evidencia seria.
Hasta 2002, los diplomáticos de las Naciones Unidas tenían inmunidad diplomática respecto de las multas de aparcamiento en Manhattan, por lo que podían aparcar donde quisieran, sin más límite que las normas culturales de sus países (o las reglas internas de las embajadas).
A dos economistas, Raymond Fisman y Edward Miguel, se les ocurrió considerar las multas de aparcamiento impagas de los diplomáticos de cada país como una medida de la corrupción en ese país. Si los diplomáticos “pasaban” de las reglas de aparcamiento porque no había consecuencias, era una medida de lo corrupto de ese país (o al menos de un grupo de élite, que son sus diplomáticos).
El resultado es un artículo muy famoso, “Corruption, Norms, and Legal Enforcement: Evidence from Diplomatic Parking Tickets”, publicado en una de las mejores revistas de economía del mundo.
¿Cómo salen los diplomáticos españoles? Mal. El diplomático español medio acumuló 12,9 multas sin pagar por año en cada uno de los cinco años del estudio, es decir, algo más de una multa al mes (como referencia, en 1998 había 15 diplomáticos españoles acreditados en las Naciones Unidas en Manhattan). Como se ve en la tabla, España está al nivel de Ruanda o Ghana.
En comparación, los diplomáticos de Noruega o Suecia no acumularon ninguna multa impaga. Como me contó uno de los autores del trabajo: cuando un diplomático sueco vio el estudio, le respondió que una multa de tráfico no pagada hubiera sido un escándalo tan grande en Suecia que el ministerio de asuntos exteriores entero tendría que haber dimitido.
Para contrastar, una vez un alto funcionario español, trabajando en Estados Unidos (no político, funcionario de los de oposición rimbombante), me explicó, ante mi sorpresa: ¡Estar en las Naciones Unidas es fantástico (bueno, empleó otra palabra más fea), puedes aparcar donde te salga de las narices!
Pero lo interesante es que cuando las reglas cambiaron en 2002 y los diplomáticos perdieron su inmunidad, las multas de tráfico de los diplomáticos españoles cayeron a 0,5 de media al año.
¿Cuáles son las conclusiones que saco de este artículo?
Primero, España es un país con una cultura de normas pobre. Un grupo de élite, los diplomáticos en las Naciones Unidas, abusaba, en promedio, de manera descarada del sistema (me imagino que habría mucha heterogeneidad, con algunos diplomáticos con pocas multas y otros con centenares). Y encima presumían de ello.
Segundo, los cambios en las reglas funcionan: las multas cayeron de 12,9 a 0,5.
Tercero, a largo plazo probablemente el cambio de reglas llevaría a que cambiara la cultura.
Linguistic prescription is authoritarian. It’s one of the things trans activists have used, with enormous success. Seeking to control what people are allowed to say is a hallmark of cults and totalitarian regimes.
I do not subscribe to the post modern ideas that changing language changes reality, that redefining something alters its nature, that our conception of a thing is of more importance than observable facts about the thing itself. To me, this kind of thinking is a dead end full of people pontificating and obfuscating, enjoying the sounds of their own voices while the world burns outside.
Some gender critical people seem to think that demanding we all use correct sex pronouns will return the world to sanity. This is an attempt to make the tail wag the dog. You cannot fight linguistic prescription with more linguistic prescription, and no rights campaign can succeed if its adherents are more interested in creating a purity spiral than allowing the smallest space for nuance or for the complexities of human nature and feelings.
“A reliable way of making people believe in falsehoods is frequent repetition because familiarity is not easily distinguished from truth.”
— Daniel Kahneman
El psiquiatra Thomas Szasz sobre lo que se necesita para aprender:
«Todo acto de aprendizaje consciente requiere la voluntad de sufrir una lesión en la propia autoestima. Por eso los niños pequeños, antes de ser conscientes de su propia importancia, aprenden con tanta facilidad; y por eso las personas mayores, sobre todo si son vanidosas o importantes, no pueden aprender en absoluto.»
Fuente: Words to the Wise (hat tip to Dylan O'Sullivan)
(del newsletter de James Clear)
The fact that so many Americans of all ethnicities, geographies and colors wanted to see Democrats pay a resounding price not just for policy decisions but for a larger circa-2020 indulgence paid to so many deeply unpopular activist perspectives simply has to be taken seriously.