Siempre le recordaré a mi hija que se valore, que elija bien a las personas que la rodean y que confíe en su intuición. Y que, pase lo que pase, siempre tendrá en mí a alguien que celebrará sus logros, la apoyará de corazón y estará a su lado en cada etapa de su vida.
Una de las lecciones más duras que he aprendido este año fue entender que no importa cuánto amor, apoyo o lealtad le entregues a algunas personas, aun así pueden lastimarte como si nada de lo que hiciste hubiera tenido valor.
Y duele darse cuenta de que hay gente capaz de herirte sin pensar en cómo te dejan. Pero también entendí que al final cada acción habla por quien somos realmente, y aunque no podamos controlar lo que otros hacen, sí podemos elegir seguir adelante sin perder nuestra esencia.
Muchas veces pensé: “¿Quién podría envidiarme a mí?” Con el tiempo entendí que la envidia no siempre nace de lo material. Hay quienes envidian tu vibra, tu esencia, tu paz, lo agradecido que eres con la vida… y eso, duele más que cualquier riqueza que puedan acaudalar.
– Lo manejaste muy bien.
— No, en realidad no lo hice. Perdí mi chispa, lloré en silencio, me rompí a solas y llevé una sonrisa que mentía mejor que cualquier máscara. No lo manejé, lo sobreviví, porque no tuve otra opción.
Y como último acto de amor, esa persona, por última vez, repitió su patrón, para que tú por fin entendieras, que a pesar de todo su potencial, eso es lo que elige ser.
No hay atajos. Madrugar es difícil, cuidar el cuerpo es difícil, estudiar es difícil, trabajar es difícil, crecer espiritualmente también. Pero es justo que mucho cueste lo que mucho vale.
Me dijeron: "Con ese carácter te vas a quedar sola".
No te preocupes, ya estoy acostumbrada. Los momentos más difíciles de mi vida los he pasado sola, y aquí estoy, más fuerte que nunca ✨