Escribe @SolMircovich
La vemos leyendo obras de Shakespeare (“En las que hay más poesía que acción, se leen mejor de lo que se ven, se entienden mejor si se les quita el cuerpo propiamente dicho, con todas sus asociaciones y movimientos a la vista”),[1] sentada en su sillón tapizado con una tela basada en diseños de su hermana Vanessa Bell y con un cigarrillo en la mano izquierda. No concibe escritor como él. Su literatura le resulta superlativa, intenta comprender dónde están las trampas del lenguaje que utiliza para semejantes creaciones. Quizás está abocada a sus Sonetos, quizás solo al verso blanco de sus obras teatrales. O tal vez nos equivocamos y retomó a los griegos, que la exaltan, al punto de que en sus alucinaciones oye a los pájaros cantar en esa lengua. Y desliza con sorna en El lector común: “Es obvio, en primer lugar, que la literatura griega es la literatura impersonal […]. Tenemos su poesía, y nada más”, y apuesta: “¿No se concentra Grecia detrás de cada verso de su literatura?”.[2] Lo que admira en los griegos es esa extraña capacidad de hacer hablar a las emociones humanas sin que la obra se convierta en el espejo de una sola vida.
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Seguiremos hablando con sus palabras, nos reconoceremos en cada mirada porque, desde hoy, no serán las mismas. Algo se rompió para siempre, tendremos ideas cada vez menos atrevidas.
Gracias por habernos constituido.
El rock como todo llanto
Ojalá encontrara la palabra justa para este momento, pero es tan triste esta vez que no puedo hablar.
Claro que sabíamos que en algún momento iba a pasar, el Diego nos enseñó que hasta los dioses mueren,
mientras él mira crecer las flores desde abajo.
Confesaba: “No sé si no me gusta más que el rock, nunca la vi llorar”, y a la vez: “El rock como todo llanto”.
Lo lloramos, los que nunca lloramos lo lloramos. No podremos alejarnos de su seducción y su dulce voz.
El lujo es vulgaridad, afirmaba, pero lujo era tenerlo entre nosotros, que fuera argentino y de los nuestros, de los que sabían que el arte es el que mejor comprende y sintetiza épocas y sentires.
Nunca habrá metáforas suficientes para explicar el día gris que pronosticó su ida.
Más de una generación estuvo acompañada por su voz, gran ídolo que restituía compañías, que flotaba inasible en cada esquina, en cada pueblo, en cada ciudad, atrapado en su libertad.