Aprendió a vivir
con el corazón roto.
Con los pedazos
armaba bellas figuras.
A veces una princesa,
a veces una guerrera,
a veces una poetisa,
a veces una hechicera.
De ese corazón, quebrado,
se descubrió a sí misma
en miles y miles
de formas.
Era un monstruo pequeño
de diminutos dientes
y frágiles garras.
Nunca pudo
llegar a ser fuerte.
Pero aprendió
de los humanos
a herir con las palabras.
Ningún otro monstruo
pudo lastimar tanto
ni tan profundo
como él lo hacía.