Las cuidadoras principales cuidamos sin sueldo, sin descanso, sin vacaciones, sin baja médica, sin jubilación... por 1 ley de dependencia que proteja a quien cuida
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—Tiene que pedir cita previa.
—¿Qué es cita previa?
—Pedir antes de la cita.
—Ahora es antes. Deme cita.
—Es online. Tiene que entrar en la app.
—¿Eso dónde está?
—En su teléfono.
—Pero ¿cómo voy a entrar en mi teléfono? No quepo.
—¿Me está usted vacilando?
—Me estoy defendiendo.
Estos sellos son especiales.
Porque viene de Nadorp, un país que no existe... ¿o sí?
Su autor inventó cientos de países e hizo sellos de todos.
Y lo hizo por una razón muy especial.
Bienvenidos al mundo de países de Donald Evans, la obra de arte más personal que haya conocido.
Si passes per un mal moment, o simplement necessites desconnectar 5 minuts, escolta si et plau aquesta cançó i diga’m que t’ha semblat…
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Hoy he ido a El Corte Inglés a comprar unos calcetines y me he dado cuenta de que han derogado el calendario gregoriano. El tiempo ya no funciona igual, en serio.
No es que haya habido una encíclica papal, pero el hecho material está ahí, verificable por cualquiera que intente comprar unos calcetines: no se puede. No se puede comprar calcetines sin más. Estamos ahora mismo en Summertime y en los Tecnoprecios, me han dicho, y los calcetines tienen un 20%, pero solo si los compro con una camisa, y la camisa está en los Ocho Días de Oro, que en realidad son trece días porque se han prolongado por la Semana Fantástica, que es de quince, pero me puedo comprar una tablet y una roomba al 10%, aunque entonces los calcetines no tienen descuento.
Al final he salido mareado, con una camisa que no necesito, una toalla del Summertime (al 15%), sin calcetines y con la sensación de que el cosmos ya no se rige por las leyes del tiempo.
Y eso es porque el cosmos ya no se rige por las leyes del tiempo.
Por ejemplo, la primavera, en sentido astronómico riguroso, comienza el 20 de marzo a las tres y veinticuatro de la madrugada o por ahí, en función del año bisiesto y de los milisegundos que la Tierra ha decidido gastar en su última órbita. Esto es una verdad medida por instrumentos en el Observatorio de Greenwich, en el de San Fernando, en el de Calar Alto, en todos los observatorios del hemisferio norte conectados a relojes atómicos de cesio que oscilan nueve mil ciento noventa y dos millones seiscientas treinta y una mil setecientas setenta veces por segundo.
Pues bien, la primavera en El Corte Inglés empieza el 20 de febrero, un mes antes. Empieza cuando un cartel a treinta metros de la entrada de la calle Preciados despliega la fotografía de una mujer rubia de pelo al viento sobre fondo de margaritas amarillas y la frase fundacional —frase que Ramón Areces vio en una playa de Cuba en los años 40 y que en realidad había usado antes la tienda El Encanto de La Habana antes de que Fidel se la llevara por delante en el 59—. Esa frase es el Génesis Bíblico del comercio español: YA ES PRIMAVERA EN EL CORTE INGLÉS.
Tatatatatá: YA ES.
El verbo en presente. El cesio puede oscilar lo que quiera y el sol puede cruzar el ecuador celeste cuando le dé la gana. La primavera en España llega cuando lo dice un cartel en Preciados y no antes. Y la Navidad llega cuando ponen Cortylandia el día 27 de noviembre —antes lo hacían el día 2, pero ahora hay campaña de Black Friday; y antes de eso lo hacían el 15 de octubre, pero ahora hay campaña de Halloween—. Y el Summertime está aquí a día 24 de mayo, y te paseas a 15 de agosto por el centro comercial y ves los carteles que dicen SIENTE EL OTOÑO pero lo único que tú sientes son las rozaduras del sudor en la parte interior de los muslos porque hace un calor del carajo y te cagas en Areces y en sus herederos y en su decisión de decretar las estaciones del año.
Pero es que, además, dentro el tiempo no transcurre, dentro el tiempo se solapa.
Las campañas del Corte Inglés son simultáneas, aluvionales. Hoy estamos en Summertime y en Tecnoprecios y en Ahórrate el IVA, pero si vas un día, qué se yo, de febrero, puedes estar en la Semana Fantástica de primavera pero aún queda media semana de Blancolor, que se ha extendido por demanda popular, y los Días sin IVA — que no son Ahórrate el IVA, estos son otros— ya están en cuenta atrás, y se anuncia el Límite Cuarenta y Ocho Horas en electrodomésticos AEG, y empieza el Club MIMO con su descuento adicional del 20% para titulares de la tarjeta. Todo a la vez, en el mismo edificio, en la misma tarde.
Es Zenón, la paradoja eleática llevada al departamento de menaje. Si las campañas son siempre, no hay campañas. Si toda la primavera es Semana Fantástica, la Semana Fantástica es la primavera. La palabra "semana" se descose de su significado, deja de querer decir lo que quería decir, se convierte en una unidad temporal abstracta, una semana fantástica de tres semanas, una semana que dura el tiempo que sea necesario que dure para mover el stock, una semana cuántica.
Y todas esas semanas y esas campañas tiene nombres, y esos nombres se han decretado en algún momento, y el mecanismo por el que se decretaron esos nombres no lo voy a contar porque lo desconozco, pero conozco el archivo.
El archivo existe. El archivo ocupa, según las estimaciones más fiables, unos cuatrocientos metros cuadrados en un sótano de la sede de Hermosilla, una biblioteca iluminada por fluorescentes que zumban con la frecuencia del aburrimiento y una mesa central con una silla giratoria y un señor que se llama Eustaquio. Eustaquio lleva cuarenta y un años allí, sabe dónde está cada carpeta. Eustaquio podría escribir una historia subterránea del comercio peninsular escrita exclusivamente con las palabras que no llegaron a ser. Porque eso es lo que guarda el archivo: los nombres rechazados.
Por cada Blancolor que pasó al cartelero de invierno hubo entre treinta y cuarenta candidatos previos que no pasaron, candidatos que fueron formulados en una sala de reuniones cualquiera, escritos en una hoja A4 con membrete, votados, descartados, sellados con un tampón rojo que decía NO APROBADO y enviados al sótano de Eustaquio.
En la carpeta de Blancolor hay propuestas previas que ponen los pelos de punta. Sabanablanca. Blanquíssimo, con doble ese, para evocar lo suizo. Hogar Limpio, demasiado higienista. Ropa de Cama Premium, demasiado obvio. Algodonal, que sonaba a peluquería. Lencerísimo, que sonaba a otra cosa. Sábanas Hispania, que evocaba demasiado el franquismo todavía reciente. Blanconieves, descartada por motivos de propiedad intelectual. Albaforte, que parecía un detergente. Treinta y siete propuestas hasta que apareció, en el folio número treinta y ocho, escrita a bolígrafo en el margen, la palabra Blancolor, y al lado, también a mano, una flecha y la inscripción «esta misma».
La carpeta de Tecnoprecios es todavía más entretenida. Compitieron, entre otros: Electrochollo. Tecnogangas. Hipertecno (esta estuvo a punto, en serio). Las Locuras del Microchip. Días Pixel, que se rechazó porque alguien en el departamento pensó que pixel sonaba a algo que se rompe, y los electrodomésticos no pueden sonar a algo que se rompe. Se impuso Tecnoprecios por mayoría simple en una votación de la que se conservan, sorprendentemente, las papeletas.
Al final, para cada nombre hay un montón de descartes que Eustaquio custodia allá abajo y, cuando se jubile —si es que se jubila en algún momento y no fosiliza junto a los archivadores— dejará un vacío difícil de cubrir, porque nadie más se sabe la nomenclatura interna de las carpetas, , nadie más sabe en qué balda exacta está la papeleta que decidió Tecnoprecios contra Hipertecno. Nadie sabe que cuando entras a comprar calcetines en Blancolor estuviste a punto de comprarlos en Algodonal o en Blanquíssimo o en Lencerísimo. La superficie comercial nos protege del subsuelo. La superficie comercial siempre nos protege del subsuelo.
Yo creo que por eso el tiempo ha dejado de existir en El Corte Inglés, porque si supiéramos la cantidad de palabras descartadas que duermen bajo cada cartel no podríamos comprar tranquilos, compraríamos pensando en las palabras vencidas, en los nombres muertos.
Y al final, probablemente, hoy ya no existe.
Probablemente hoy sea, en algún sitio, Primavera en El Corte Inglés.
Este hombre se llama Mohamed Bzeek, vive en California y esa niña que tiene en brazos murió pocos días después de que le hicieran la foto, también en sus brazos. No era su hija. Era uno de los diez niños que han muerto bajo su cuidado. Porque Bzeek es padre de acogida y solo acoge a niños en estado terminal, para que no mueran solos.
Nació en Trípoli en 1954, antes de irse de Libia corría maratones. En 1978 entró en Estados Unidos con un visado de estudiante y allí se quedó. Vive en Azusa, una de esas localidades del extrarradio de Los Ángeles por donde circulan camiones y donde las casas tienen una pinta genérica, agrupadas sin llamar la atención.
En 1989 conoció a Dawn Rowe, que ya era madre de acogida desde principios de los ochenta, se casaron y empezaron a acoger juntos. En 1995 tomaron la decisión de dedicarse exclusivamente a niños con enfermedades terminales, los que nadie quería.
Me pregunto cómo fue ese momento exacto en que dos personas se sientan en una cocina y deciden que van a abrir su casa a los niños que se mueren, y en cómo esa decisión se toma, sin actas, sin nada que la registre, y sin embargo organiza el resto de una vida.
La primera niña que murió en su casa tenía un año, espina bífida, parte de la columna le crecía fuera de la piel. Murió el 4 de julio de 1991, mientras Mohamed se duchaba y Dawn preparaba la cena, él recuerda haber salido del baño y haber encontrado médicos en su salón. Lloró tres días.
Desde entonces ha acogido a unos ochenta niños, diez han muerto en sus brazos. El condado de Los Ángeles, cuatro millones de habitantes, lo llama cuando no hay nadie más. Lo llaman el padre de último recurso.
Muchos llegan sin nombre, nacen en hospitales y los abandonan, las familias no los nombran y en el papel pone "Baby boy", "Baby girl". Mohamed los nombra, les pone un nombre antes de que mueran.
Un nombre es gratis, cuatro sílabas, pero ese gesto, cuando se pone el nombre, decide si un niño que vivirá tres semanas existirá como persona o como registro administrativo.
Su hijo biológico, Adam, nació con osteogénesis imperfecta y enanismo, se ha roto casi todos los huesos del cuerpo. Dawn murió en 2015 de una enfermedad pulmonar y desde entonces Mohamed sigue solo, solo puede ocuparse de un niño a la vez. Cuando un periodista del Los Angeles Times entró en su casa en 2017 cuidaba de una niña de seis años con microcefalia, ciega, sorda, pies zambos, caderas dislocadas, no movía brazos ni piernas, tenía convulsiones. La había recibido con siete semanas de vida y le habían dicho que viviría unos meses. La sostenía durante las convulsiones y le hablaba aunque no oyera.
Sé que no puede oír, sé que no puede ver, pero le hablo, tiene sentimientos, es un ser humano.
En 2016, a Bzeek le diagnosticaron cáncer de colon, le pidió tiempo al médico, no puedo operarme todavía, tengo a un niño en casa que es terminal y tengo a mi hijo, que es discapacitado, no hay nadie más para ellos. En el hospital, ingresado, solo, dijo que por primera vez entendió lo que sentían los niños que cuidaba. Si yo a esta edad estoy asustado, cómo estarán ellos. Se operó y siguió.
Bzeek es musulmán practicante. Su historia se hizo internacional en febrero de 2017, justo cuando Trump firmó la orden ejecutiva que vetaba la entrada en Estados Unidos a ciudadanos de siete países de mayoría musulmana, Libia era uno de ellos. Ese mismo mes, en Azusa, el único padre de acogida de toda la ciudad de Los Ángeles dispuesto a llevarse a casa a los niños terminales era un libio musulmán.
Aunque mi corazón se rompa, dijo una vez, la muerte es parte de la vida, estoy con ellos hasta el final, los conforto, los quiero, quiero que sientan que tienen una familia, que tienen a alguien. Que no están solos.
Sé que esto suele caer en saco roto, pero no me canso de intentarlo, una y otra vez. Con que cale el mensaje a diez o veinte personas cada vez, me doy por satisfecho. No es cuestión de conseguir miles de conversos, de un día para otro. Pero, lo de las plazas reservadas para personas con movilidad reducida, de verdad que es muy sencillito de entender.
Trump quiere expulsar a millones de inmigrantes, la mayoría de ellos mexicanos.
La mejor respuesta a la xenofobia gringa es este temazo de los "Tigres del Norte" con Zack de la Rocha de "Rage Against The Machine" repasando la historia de Norteamérica.
¿Quién es aquí el invasor?
Ahora que estáis todos un poco nostálgicos con Barcelona 92 voy a hablaros de una imagen que para mí está asociada con esos Juegos Olímpicos... aunque ocurriera cuatro años antes
Hoy toca #pildorilladeverano para hablar de La Nit.
#LaNit#FreddieMercury#MontserratCaballé