La disputa por el pato
La inteligencia artificial no tiene oportunidad contra México.
Como ya lo había advertido Salvador Dalí, aquí la realidad supera constantemente a cualquier cosa que uno pudiera inventar. Un día estamos discutiendo la reforma judicial, al siguiente unas muchachas cachondas persiguen coreanos por Reforma para casi violarlos, y para el fin de semana ya toda la nación sigue con genuina expectativa la carrera política de un pato.
Su nombre es Merlín. Hasta hace una semana era simplemente el pato de Karla Gómez y su hijo Christian, una familia que se gana la vida vendiendo bebidas en las calles de la Ciudad de México. Por fortuna para ellos, alguien tuvo la ocurrencia de ponerle la playera de la Selección y unos calcetines adaptados para pato (sí, en México existen los calcetines para pato), y llevarlo a los festejos por la victoria sobre Sudáfrica.
Lo que siguió fue inevitable.
La FIFA tardó menos en encontrar al pato que a los establecimientos que transmiten los partidos del Mundial sin pagar derechos. En cuestión de días, Merlín pasó de caminar por Reforma a posar para sesiones fotográficas, aparecer en medios internacionales y ser proclamado mascota no oficial de la afición mexicana por millones de personas que, hasta ese momento, no sabían que necesitaban a un pato en sus vidas.
Lo que en realidad causó tanto revuelo fue la unanimidad popular que festejó al pato como no festejó a ninguna de las mascotas impuestas por la FIFA.
Porque en México nunca nos ponemos de acuerdo en nada. Ni en la eficacia del trabajo de la presidente, ni en a qué equipo apoyar en el Mundial, ni en si los desaparecidos fueron víctimas de la violencia o nomás andan de parranda… es más, no nos ponemos de acuerdo siquiera en si la quesadilla lleva queso o no. Pero apareció un pato con calcetines y de repente todos los mexicanos respondimos al grito de guerra.
Claudia Sheinbaum lo invitó a la mañanera. Ricardo Salinas Pliego sacó la cartera y lo invitó al estadio antes de que alguien más pudiera hacerlo. La FIFA lo incorporó a su aparato promocional. Los aficionados lo adoptaron como símbolo nacional.
Morena quiere al pato. Los fifís quieren al pato. La FIFA quiere al pato. Salinas quiere al pato.
Y nadie tiene nada malo que decir. Tal vez porque Merlín es el único personaje público de México al que todavía no le han encontrado una casa en Houston, una empresa fantasma, una tesis plagiada, un primo incómodo o una investigación por vínculos con el crimen organizado.
O tal vez porque en un país donde todos los días alguien intenta engañarnos, resulta refrescante encontrar algo que camina como pato, nada como pato y grazna como pato porque literalmente es un pato.
Y en este país en el que todos nos hacemos patos, Merlín no necesita hacer nada: ya era pato desde antes de que estuviera de moda.
Todos los bloopers de la semana en mi blog de Substack (link en el perfil).
“Yo invito a todos los que vinieron a festejar que vengan a levantar todo su despapaye”.
Desde las 6:00 de la mañana, trabajadores de limpia recogen toneladas de basura, botellas, vasos y restos de comida que quedaron sobre Paseo de la Reforma tras los festejos por la victoria de México ante Corea.
Además de los residuos, empleados denuncian daños a jardineras y plantas arrancadas durante la celebración.
��� @BiciManager