Christ is king, the true God and only one. All other religions are satanic. This is an objective fact.
And atheists are functional to satanists. They just can't see it due mental and spiritual retardation.
#Easter#ResurrectionSunday#EasterSunday
@alexstein99 Understand these people are bondaged by demons, this is a hard fact. You can literally see the devil's joy manifesting thru their black eyes, mockery, and the blasphemy towards the sanctity of life.
@alexstein99 Understand these people are bondaged by demons, this is a hard fact. You can literally see the devil's joy manifesting thru their black eyes, mockery, and the blasphemy towards the sanctity of life.
@LeesiBB@venom1s Translation: I want to be able to have a rich older men in the future after I whore around, therefore I discourage young girls to be with older men even if its legal to make it seem predatory because I don't like it nor it benefits me.
Como cristianos, nos han vendido la idea de que apoyar a Israel es casi un mandamiento bíblico, como si el Estado moderno fuera la continuación directa del Israel de las Escrituras y cualquier crítica fuera una traición a Dios.
Pero hay una verdad incómoda y profundamente bíblica que muchos evangélicos prefieren ignorar: respaldar sin reservas a Israel, sobre todo en su obsesión por reconstruir el Tercer Templo, nos pone del lado equivocado de la historia de la salvación.
Pensemos con claridad. Para los judíos ortodoxos que impulsan este proyecto, el Tercer Templo no es un simple edificio histórico ni un símbolo turístico. Es el escenario indispensable donde el Mesías que aún esperan se manifestará, será ungido y restaurará los sacrificios. Reconstruirlo es, en la práctica, proclamar a viva voz: “El Ungido no ha venido todavía; seguimos esper��ndolo”. Es preparar el trono para otro.
Y ahí está el problema insalvable para nosotros los cristianos. Nosotros ya tenemos al Mesías. Se llama Jesús de Nazaret. Él mismo lo dijo sin rodeos: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré” (Juan 2:19), hablando de su cuerpo. Cuando murió, el velo del templo se rasgó de arriba abajo; el sistema antiguo quedó obsoleto. Pablo lo explica sin ambages: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Corintios 3:16). El verdadero templo ya no es de piedra; somos nosotros, la Iglesia, el cuerpo de Cristo.
Por eso, edificar un Tercer Templo físico no es un acto neutral ni “pro-familia” ni “pro-fe”. Es un acto de rechazo explícito a Jesucristo como el Mesías único y definitivo. Equivale a decir: “Tu sacrificio no fue suficiente, tu resurrección no cerró el capítulo; todavía necesitamos otro”. Para un cristiano eso no es mera diferencia teológica; es blasfemia. Es colaborar activamente en la preparación del escenario que el Nuevo Testamento describe para el hombre de pecado, el Anticristo, quien “se sienta en el templo de Dios, haciéndose pasar por Dios” (2 Tesalonicenses 2:4).
Miren lo que pasa con Javier Milei y sus diputadas. Milei se declara “el presidente más sionista del mundo”, llora de emoción ante la idea de reconstruir el Tercer Templo y mueve la embajada a Jerusalén como si fuera su cruzada personal.
Al mismo tiempo, se rodea de diputadas evangélicas que, en nombre de la fe, aplauden esta agenda sin chistar. Es un contraste brutal: un hombre que en discursos en iglesias evangélicas ataca la “justicia social” como algo anti-"judeocristiano", que jura sobre la Torá o coquetea con el judaísmo, y que prioriza profecías del Templo por encima de los problemas reales de los argentinos.
¿Eso es defender el cristianismo? Más bien parece usarlo de fachada mientras empuja una visión que niega abiertamente que Jesús ya cumplió todo.
Apoyar políticamente, económicamente o espiritualmente ese proyecto no es amar a Israel; es traicionar la esencia misma de nuestra fe. Nuestra lealtad no está con un Estado que, en nombre de su propia expectativa mesiánica, niega al que ya vino y salvó al mundo. Ni con líderes que, como Milei, mezclan sionismo radical con retórica “cristiana” mientras preparan, aunque sea indirectamente, lo que las Escrituras advierten como engaño final.
Está con Cristo y con su reino, que no se construye con piedras ni con banderas, sino con corazones arrepentidos.
Gente, es hora de elegir con los ojos abiertos: o estamos con el Mesías que ya vino, o ayudamos a preparar la llegada del que vendrá en su propio nombre (anticristo).
No hay tercera vía. Y menos cuando quien dice defender los “valores judeocristianos” termina trabajando para lo que los niega en su raíz.
🇦🇷 | Deputada da Argentina do partido de Milei afirma que os cristãos são obrigados a apoiar Israel pois eles são "o povo eleito".
O partido de Milei é abertamente financiado por Israel.
Como cristianos, nos han vendido la idea de que apoyar a Israel es casi un mandamiento bíblico, como si el Estado moderno fuera la continuación directa del Israel de las Escrituras y cualquier crítica fuera una traición a Dios. Pero hay una verdad incómoda y profundamente bíblica que muchos evangélicos prefieren ignorar: respaldar sin reservas a Israel, sobre todo en su obsesión por reconstruir el Tercer Templo, nos pone del lado equivocado de la historia de la salvación.
Pensemos con claridad. Para los judíos ortodoxos que impulsan este proyecto, el Tercer Templo no es un simple edificio histórico ni un símbolo turístico. Es el escenario indispensable donde el Mesías que aún esperan se manifestará, será ungido y restaurará los sacrificios. Reconstruirlo es, en la práctica, proclamar a viva voz: “El Ungido no ha venido todavía; seguimos esperándolo”. Es preparar el trono para otro.
Y ahí está el problema insalvable para nosotros los cristianos. Nosotros ya tenemos al Mesías. Se llama Jesús de Nazaret. Él mismo lo dijo sin rodeos: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré” (Juan 2:19), hablando de su cuerpo. Cuando murió, el velo del templo se rasgó de arriba abajo; el sistema antiguo quedó obsoleto. Pablo lo explica sin ambages: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Corintios 3:16). El verdadero templo ya no es de piedra; somos nosotros, la Iglesia, el cuerpo de Cristo.
Por eso, edificar un Tercer Templo físico no es un acto neutral ni “pro-familia” ni “pro-fe”. Es un acto de rechazo explícito a Jesucristo como el Mesías único y definitivo. Equivale a decir: “Tu sacrificio no fue suficiente, tu resurrección no cerró el capítulo; todavía necesitamos otro”. Para un cristiano eso no es mera diferencia teológica; es blasfemia. Es colaborar activamente en la preparación del escenario que el Nuevo Testamento describe para el hombre de pecado, el Anticristo, quien “se sienta en el templo de Dios, haciéndose pasar por Dios” (2 Tesalonicenses 2:4).
Miren lo que pasa con Javier Milei y sus diputadas. Milei se declara “el presidente más sionista del mundo”, llora de emoción ante la idea de reconstruir el Tercer Templo y mueve la embajada a Jerusalén como si fuera su cruzada personal.
Al mismo tiempo, se rodea de diputadas evangélicas que, en nombre de la fe, aplauden esta agenda sin chistar. Es un contraste brutal: un hombre que en discursos en iglesias evangélicas ataca la “justicia social” como algo anti-"judeocristiano", que jura sobre la Torá o coquetea con el judaísmo, y que prioriza profecías del Templo por encima de los problemas reales de los argentinos.
¿Eso es defender el cristianismo? Más bien parece usarlo de fachada mientras empuja una visión que niega abiertamente que Jesús ya cumplió todo.
Apoyar políticamente, económicamente o espiritualmente ese proyecto no es amar a Israel; es traicionar la esencia misma de nuestra fe. Nuestra lealtad no está con un Estado que, en nombre de su propia expectativa mesiánica, niega al que ya vino y salvó al mundo. Ni con líderes que, como Milei, mezclan sionismo radical con retórica “cristiana” mientras preparan, aunque sea indirectamente, lo que las Escrituras advierten como engaño final.
Está con Cristo y con su reino, que no se construye con piedras ni con banderas, sino con corazones arrepentidos.
Gente, es hora de elegir con los ojos abiertos: o estamos con el Mesías que ya vino, o ayudamos a preparar la llegada del que vendrá en su propio nombre (anticristo).
No hay tercera vía. Y menos cuando quien dice defender los “valores judeocristianos” termina trabajando para lo que los niega en su raíz.