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—— Ajá, sí. A ver, demuéstralo.
Rió con sarcasmo. Algo incómodo se sentó en el columpio y tomó impulso para comenzar a mecerse. No se había subido a uno desde que era niño. Se veía algo ridículo.
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—— Hm... Supongo que podrías empujarme tú a mí.
Lo dijo con una mueca. No le emocionaba tener que ponerse en esa situación, pero le había dicho al chico que le acompañaría.
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—— Y este mundo tuyo... ¿Está lejos, o...?
Contrario a su personalidad segura, sonó dubitativo al preguntar. No le gustaba hablar de esos temas, pero la curiosidad le ganaba.
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—— Ah, no digas eso.
Por instinto se cubrió el rostro. No era vergüenza, más bien estaba reacio a demostrar lo que para él era vulnerabilidad. Rizan era la segunda persona que lo había visto así, ambas en contra de su voluntad.
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—— Lo tendré en cuenta.
Que no. Un vampiro en su vida era más que suficiente, y ni eso quería. Pero como Rizan había dicho anteriormente, eran amigos. Ya más tranquilo después de el susto inicial, estaba dispuesto a tolerarlo. Quizá.
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Lo hago, sí. Cool, ¿verdad? No soy de aquí como has podido ver. Ah, él también es un convertido por si quieres... ya sabes, hablar con él. Sabe inglés.
— Pensé que tener una conversación con alguien que /realmente/ era de los suyos le podría ayudar. Y a la cuarta pared le (+)
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—— ¿Y dices que nadie murió por esto? ¿O salió herido?
Preguntó, aunque tampoco podía dejar de beber. Debía admitir que no era igual que morder a alguien, pero saciaba su hambre, y el sabor era exquisito. La única molestia era que, como siempre que se alimentaba, ⇢
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serviría para desarrollar al mayordomo. Cof cof.
(Y que no se preocupase, se veía muy tierno).—
Lo sé, pero intento que no tengas tan mala relación con la sangre. Así es mucho más fácil tomarla, ¿verdad? Me puedes pedir cuantas bolsas quieras.
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—— No pienses que esto cambia las cosas. Aún no me agrada que seamos... Esto. Pero gracias.
Orgulloso siempre, pero también era cortés. Cuando debía.
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—— Tu mayordomo. Claro. Y lo llamas con tu campanita mágica.
Aún estaba atónito, pero el hambre le ganó. Con solo un sorbo de sangre (se veía ridículo tomando del sorbete) sintió como la niebla mental se le disipaba, y sus miembros rígidos volvieron a la normalidad.
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Mi mayordomo. De mi casa, de la nevera. Tenemos de sobra. Y no ha muerto nadie así que no te sentirás culpable. Bebe.
— Era un niño rico, claro que tenía un mayordomo. También era una persona muy importante pero eso Jensen no lo sabría.—
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El neófito quedó atónito con la situación. Sus ojos, aún cubiertos por aquellas lentillas café, se abrieron con sorpresa, e intentó vocalizar, preguntar, pero las palabras no parecían salirle.
Con la misma expresión tomó la bolsa, dándole una mirada incrédula.
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