Hoy ocurre un acontecimiento de proporciones inmensas en la historia de la música.
O quizás es solo otro paso más de un troleo más grande que la iglesia que lo acoge.
En una pildorilla de verano de #LaHistorietaMusical, hablemos de John Cage y la obra más lenta de la historia.
Sobre los jugadores, no soy un experto en los que vienen(y sí, hay gente que los conoce) así que me guío por parámetros que parecen claros
1)No somos el PAO …
2)Necesito verlos unos partidos
3)Mientras,oigo, leo y veo historial
4)Dejar trabajar
5)RESPETO
( espero no cansar)
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Hilo con links de casi todas las camisetas de primera división y principales ligas por -5€.
Guardaros el tweet y se agradece MG por el trabajo de buscar ❤️
Empezamos ⬇️⬇️
@keli_kun@Loulogio_Pi@Loulogio_Pi ESTA, sin duda alguna. Cuando voy de vacaciones hago acopio, me compro 10 o 12 botecitos, y hasta que duran en mevera, 3 o 4 meses
Ahora que todo el mundo habla de fútbol, que no caiga en el olvido la labor didáctica de esos entrenadores que han forjado a las grandes estrellas del Mundial.
Este es el famosísimo Dave Wilson, aunque recuerda mucho a Hugh Laurie.
Va un #MakeEmLaugh express.
HILO 🧵⤵️
Hace 70 años, hubo un experimento para hacer las casas más lujosas y, a la vez, más baratas que fuera posible.
El experimento no funcionó, pero las casas crearon un sueño que duraría siempre.
En #LaBrasaTorrijos: El Sueño de la Clase Media
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Estoy en Toronto, y esto que tengo detrás es un castillo medieval. Sí, un castillo medieval, con sus torres, sus almenas, sus pasadizos secretos y un túnel de 240 metros. Se llama Casa Loma y lo construyó un solo hombre para vivir en él, pero solo vivió 10 años.
La historia es esta:
El castillo se llama Casa Loma. Así, en español. Viene del inglés Hill House, la casa de la colina, la casa en la loma, pero le quitaron los artículos y lo dejaron en seco, Casa Loma, y así es como se conoce.
Evidentemente, el castillo no es medieval de verdad. Tiene ciento y pocos años y lo construyó a principios del siglo XX un tipo llamado Henry Pellatt, uno de los primeros magnates de la electricidad, que levantó una central hidroeléctrica en las cataratas del Niágara.
¿Y por qué a este hombre se le ocurrió la idea hoy tan loca de plantar un castillo medieval en Toronto? Pues porque estaba obsesionado, fascinado con el romanticismo decimonónico de los castillos. Y especialmente con Escocia.
De hecho, el modelo de Casa Loma es el castillo de Balmoral, el de la reina Victoria, en el que está inspirado.
Esto es la galería Allen Lambert de Toronto, uno de los primeros edificios de Calatrava.
Pero aquí no os voy a hablar de Calatrava. Os voy a contar la historia de LA CIUDAD SUBTERRÁNEA DE 32 km que hay debajo de Toronto.
Se llama PATH y os lo cuento en #LaBrasaTorrijos
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Hace diez generaciones, la xenofobia dejó a una etnia sin tierra y les obligó a vivir en el agua.
200 años después, sus tataranietos construyeron el campo de fútbol más bonito del mundo (gracias a Maradona).
Esta es la historia:
El fútbol llega a todo el mundo. A todo. Nos afecta, queramos o no, porque altera la vida de las ciudades, porque cambia el territorio, porque sus catedrales son hitos urbanos de primer orden. Río no sería Río sin Maracaná, y Múnich no sería Múnich sin el Allianz Arena, aunque esté en las afueras.
Y hay veces en que un Mundial de fútbol reescribe el territorio del lugar más insospechado, especialmente cuando en él se produce uno de los momentos más bellos de la historia del deporte.
El 22 de junio de 1986, en el Estadio Azteca, Diego Armando Maradona recoge un pase en la mitad de su propio campo. Diez segundos y seis décimas después, tras regatear a cinco jugadores ingleses —incluido el portero Peter Shilton—, el 10 de Argentina marca el gol del siglo. Miles de argentinos gritan y lloran. Otros tantos ingleses se enfadan. Otros miles de aficionados por todo el mundo se asombran incrédulos antes lo que acaban de ver. Uno de esos aficionados es un chaval tailandés llamado Prayut Pasampan, al que apodaban Naan.
Extasiado con el gol de Diego, y aunque nunca había tocado un balón, Naan propuso a sus amigos formar un equipo, y los amigos respondieron que estupendo, que iban a ser tan buenos como Maradona, pero también le preguntaron que dónde pensaban entrenar, porque allí no había ninguna cancha ni descampado al que escaparse porque, de hecho, ni siquiera había suelo. Resulta que esos chavales vivían en Ko Panyi, una isla flotante en la bahía de Phang Nga.
Aunque flotante, en realidad, no del todo. Ko Panyi está construido sobre palafitos, edificios montados sobre pilotes clavados en el lecho marino. ¿Y por qué a alguien se le ocurriría fundar un pueblo en condiciones tan incómodas, con la humedad, con los mosquitos, con la logística diaria de no poder salir a la calle porque la calle es agua? En el caso de Ko Panyi, la culpa la tuvo la xenofobia.
A finales del siglo XVIII, un grupo de familias de pescadores de Java arribó a la costa de Phang Nga en busca de mejores caladeros. La ley tailandesa prohibía entonces ser propietario de terreno a cualquiera que no tuviera orígenes tailandeses, así que los pescadores de Java lo resolvieron con una lógica aplastante: decidieron fundar su pueblo donde no hubiera tierra. Sobre el mar.
Pero en 1986 los chavales futboleros no tenían dinero para una cancha sobre pilotes, así que construyeron una cancha LITERALMENTE flotante. Un sistema de tanques de plástico anclado para que la corriente no se lo llevara, y encima la cancha, hecha con tablones que sobraban de otras casas y clavados como buenamente supieron. Puede parecer rudimentario, y lo era, pero sirvió. Había nacido el Panyee FC.
Los chavales entrenaron, se envalentonaron y se inscribieron en un torneo infantil. Los partidos se disputaban en tierra firme y, aunque apenas llevaban unas semanas jugando, resulta que no eran tan malos.
Como habían entrenado sobre una plataforma que se movía, que se balanceaba con el oleaje y se inclinaba traidoramente cuando un balón rodaba hacia el borde, no recurrían al patadón hacia arriba, sino que bajaban la pelota al suelo y la trabajaban abajo, y eso los hacía hábiles —muy hábiles— sobre el firme quieto y previsible de las canchas de verdad. Acabaron segundos.
Aquel segundo puesto fue un éxito para Ko Panyi, hasta el punto de que en las temporadas siguientes les construyeron un par de canchas nuevas, esta vez estables y de hormigón. Así, el fútbol se convirtió en el deporte preferido del pueblo (y supongo que también en el único), y el Panyee FC ganó varios torneos juveniles entre 2000 y 2010.
Pero esto no era el Mundial, y la historia permaneció oculta durante décadas, hasta que en 2011 el banco TMB decidió rodar un cortometraje/anuncio para contar esa historia de chavales y tablones flotantes. El anuncio —y la historia— dieron la vuelta al planeta, y el campo flotante del Panyee FC es hoy uno de los lugares más fotografiados de Ko Panyi.
Así que quizá fue el anuncio de un banco, o el turismo que vino después, o el boca a boca. O quizá fueron unos chavales que querían ser como Maradona y que, aunque nunca marcaron el gol del siglo, consiguieron que en su pueblo flote el campo de fútbol más bonito del mundo.
Hay follón entre estadounidenses y europeos con que si usamos mucho o poco o nada el aire acondicionado.
Pues mirad lo que os digo, hace 2400 años, en Persia, ya inventaron una manera de refrescarse: fabricaban hielo EN EL DESIERTO.
Esta es la historia:
Imaginad los desiertos de el Dasht-e Kavir y el Dasht-e Lut, en la actual Irán. Son extensiones donde el día castiga con cuarenta grados largos y la tierra parece el recuerdo de un mar que se evaporó de pura desesperación. Imaginad ahora, brotando de la arena parda, una colina de barro con forma de colmena gigante o de teta apuntando al cielo, una cosa con pinta de cosa-que-no-debería-estar-ahí y sin embargo está, lleva siglos estando. Es un yakhchāl, palabra que significa, literalmente, pozo de hielo.
Y dentro de la cúpula, que es de adobe, en mitad del horno, los persas fabricaban hielo. Lo hacían nacer de la noche y de una elegantísima comprensión de la física. Insisto, hace dos mil cuatrocientos años.
El truco era no luchar contra el desierto sino aliarse con su peor enemigo secreto, que es el propio desierto. Porque el desierto es como el matón de una peli americana de institutos, esto es, tiene una debilidad: de noche, cuando el sol se pone, el cielo seco y despejado se convierte en un sumidero. El calor del suelo se escapa hacia arriba, hacia el espacio negro, sin vapor de agua que lo retenga, y la temperatura se desploma. Enfriamiento radiativo, lo llaman los manuales. Venganza nocturna, lo llamaría yo.
El agua se vertía en pozas poco profundas, resguardada por muros orientados de este a oeste que la mantenía en sombra durante el día asesino, y perdía calor hacia el cielo nocturno hasta congelarse. A veces ayudaban sembrando un bloque de hielo traído de las montañas, una semilla de frío, para que el resto cuajara antes. Y al amanecer cortaban las láminas heladas y las bajaban a una cámara subterránea, una suerte de vientre del yakhchāl, donde aguantaban el verano entero.
Porque el vientre era la otra mitad del prodigio. Muros de hasta dos metros de grosor en la base, levantados con sarooj, un mortero de arena, arcilla, clara de huevo, cal, ceniza y pelo de cabra mezclados en proporciones precisas, impermeable y reacio al calor como un monje al pecado.
Bajo tierra, un hueco que en los pozos grandes podía alcanzar miles de metros cúbicos. Arriba, la cúpula con un orificio en lo alto para que el aire caliente se escapara por arriba y arrastrara consigo el bochorno, dejando el fondo frío y quieto.
Porque aquellos persas no conocían la termodinámica pero no tenían la palabra termodinámica, no tenían la palabra albedo, no tenían a Carnot ni a Clausius ni los gráficos del programa Copernicus que hoy nos dicen que Europa se calienta al doble de velocidad que hace cien años. Pero tenían barro, sombra, agua, paciencia y una observación feroz del cielo. Y con eso fabricaban hielo en el infierno.
Nosotros, que sí tenemos la termodinámica entera, que sabemos exactamente por qué la noche del desierto enfría y por qué la dorsal atmosférica nos asa, respondemos a la canícula encendiendo aparatos que devuelven al aire más calor del que extraen de la habitación, exportando el problema al pasillo, a la calle, a la atmósfera, al año que viene, a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos. Compramos frío a plazos y no somos conscientes de lo que pagamos a cambio.
Mientras, los yakhchāl siguen en pie, pero ya no se usan. Algunos se conservan por su evidente valor antropológico pero fueron jubilados con la invención del frigorífico—que en persa, por cierto, también se llama yakhchāl, ironía perfecta—. Cuando los miras en fotos, ahí en medio de los desiertos de Irán, nos recuerdan que hubo una vez una manera de combatir el calor que no consistía en fabricar más calor, a veces solo era necesario mirar arriba para entender el cielo nocturno.