El telón cae.
Comienza el Rock & Rios.
Dos episodios dedicados al disco que marcó una generación. Un viaje sonoro al corazón del rock en español.
La banda, las canciones, la mezcla, la gira, el contexto de la época, su impacto cultural...
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Hoy he ido a El Corte Inglés a comprar unos calcetines y me he dado cuenta de que han derogado el calendario gregoriano. El tiempo ya no funciona igual, en serio.
No es que haya habido una encíclica papal, pero el hecho material está ahí, verificable por cualquiera que intente comprar unos calcetines: no se puede. No se puede comprar calcetines sin más. Estamos ahora mismo en Summertime y en los Tecnoprecios, me han dicho, y los calcetines tienen un 20%, pero solo si los compro con una camisa, y la camisa está en los Ocho Días de Oro, que en realidad son trece días porque se han prolongado por la Semana Fantástica, que es de quince, pero me puedo comprar una tablet y una roomba al 10%, aunque entonces los calcetines no tienen descuento.
Al final he salido mareado, con una camisa que no necesito, una toalla del Summertime (al 15%), sin calcetines y con la sensación de que el cosmos ya no se rige por las leyes del tiempo.
Y eso es porque el cosmos ya no se rige por las leyes del tiempo.
Por ejemplo, la primavera, en sentido astronómico riguroso, comienza el 20 de marzo a las tres y veinticuatro de la madrugada o por ahí, en función del año bisiesto y de los milisegundos que la Tierra ha decidido gastar en su última órbita. Esto es una verdad medida por instrumentos en el Observatorio de Greenwich, en el de San Fernando, en el de Calar Alto, en todos los observatorios del hemisferio norte conectados a relojes atómicos de cesio que oscilan nueve mil ciento noventa y dos millones seiscientas treinta y una mil setecientas setenta veces por segundo.
Pues bien, la primavera en El Corte Inglés empieza el 20 de febrero, un mes antes. Empieza cuando un cartel a treinta metros de la entrada de la calle Preciados despliega la fotografía de una mujer rubia de pelo al viento sobre fondo de margaritas amarillas y la frase fundacional —frase que Ramón Areces vio en una playa de Cuba en los años 40 y que en realidad había usado antes la tienda El Encanto de La Habana antes de que Fidel se la llevara por delante en el 59—. Esa frase es el Génesis Bíblico del comercio español: YA ES PRIMAVERA EN EL CORTE INGLÉS.
Tatatatatá: YA ES.
El verbo en presente. El cesio puede oscilar lo que quiera y el sol puede cruzar el ecuador celeste cuando le dé la gana. La primavera en España llega cuando lo dice un cartel en Preciados y no antes. Y la Navidad llega cuando ponen Cortylandia el día 27 de noviembre —antes lo hacían el día 2, pero ahora hay campaña de Black Friday; y antes de eso lo hacían el 15 de octubre, pero ahora hay campaña de Halloween—. Y el Summertime está aquí a día 24 de mayo, y te paseas a 15 de agosto por el centro comercial y ves los carteles que dicen SIENTE EL OTOÑO pero lo único que tú sientes son las rozaduras del sudor en la parte interior de los muslos porque hace un calor del carajo y te cagas en Areces y en sus herederos y en su decisión de decretar las estaciones del año.
Pero es que, además, dentro el tiempo no transcurre, dentro el tiempo se solapa.
Las campañas del Corte Inglés son simultáneas, aluvionales. Hoy estamos en Summertime y en Tecnoprecios y en Ahórrate el IVA, pero si vas un día, qué se yo, de febrero, puedes estar en la Semana Fantástica de primavera pero aún queda media semana de Blancolor, que se ha extendido por demanda popular, y los Días sin IVA — que no son Ahórrate el IVA, estos son otros— ya están en cuenta atrás, y se anuncia el Límite Cuarenta y Ocho Horas en electrodomésticos AEG, y empieza el Club MIMO con su descuento adicional del 20% para titulares de la tarjeta. Todo a la vez, en el mismo edificio, en la misma tarde.
Es Zenón, la paradoja eleática llevada al departamento de menaje. Si las campañas son siempre, no hay campañas. Si toda la primavera es Semana Fantástica, la Semana Fantástica es la primavera. La palabra "semana" se descose de su significado, deja de querer decir lo que quería decir, se convierte en una unidad temporal abstracta, una semana fantástica de tres semanas, una semana que dura el tiempo que sea necesario que dure para mover el stock, una semana cuántica.
Y todas esas semanas y esas campañas tiene nombres, y esos nombres se han decretado en algún momento, y el mecanismo por el que se decretaron esos nombres no lo voy a contar porque lo desconozco, pero conozco el archivo.
El archivo existe. El archivo ocupa, según las estimaciones más fiables, unos cuatrocientos metros cuadrados en un sótano de la sede de Hermosilla, una biblioteca iluminada por fluorescentes que zumban con la frecuencia del aburrimiento y una mesa central con una silla giratoria y un señor que se llama Eustaquio. Eustaquio lleva cuarenta y un años allí, sabe dónde está cada carpeta. Eustaquio podría escribir una historia subterránea del comercio peninsular escrita exclusivamente con las palabras que no llegaron a ser. Porque eso es lo que guarda el archivo: los nombres rechazados.
Por cada Blancolor que pasó al cartelero de invierno hubo entre treinta y cuarenta candidatos previos que no pasaron, candidatos que fueron formulados en una sala de reuniones cualquiera, escritos en una hoja A4 con membrete, votados, descartados, sellados con un tampón rojo que decía NO APROBADO y enviados al sótano de Eustaquio.
En la carpeta de Blancolor hay propuestas previas que ponen los pelos de punta. Sabanablanca. Blanquíssimo, con doble ese, para evocar lo suizo. Hogar Limpio, demasiado higienista. Ropa de Cama Premium, demasiado obvio. Algodonal, que sonaba a peluquería. Lencerísimo, que sonaba a otra cosa. Sábanas Hispania, que evocaba demasiado el franquismo todavía reciente. Blanconieves, descartada por motivos de propiedad intelectual. Albaforte, que parecía un detergente. Treinta y siete propuestas hasta que apareció, en el folio número treinta y ocho, escrita a bolígrafo en el margen, la palabra Blancolor, y al lado, también a mano, una flecha y la inscripción «esta misma».
La carpeta de Tecnoprecios es todavía más entretenida. Compitieron, entre otros: Electrochollo. Tecnogangas. Hipertecno (esta estuvo a punto, en serio). Las Locuras del Microchip. Días Pixel, que se rechazó porque alguien en el departamento pensó que pixel sonaba a algo que se rompe, y los electrodomésticos no pueden sonar a algo que se rompe. Se impuso Tecnoprecios por mayoría simple en una votación de la que se conservan, sorprendentemente, las papeletas.
Al final, para cada nombre hay un montón de descartes que Eustaquio custodia allá abajo y, cuando se jubile —si es que se jubila en algún momento y no fosiliza junto a los archivadores— dejará un vacío difícil de cubrir, porque nadie más se sabe la nomenclatura interna de las carpetas, , nadie más sabe en qué balda exacta está la papeleta que decidió Tecnoprecios contra Hipertecno. Nadie sabe que cuando entras a comprar calcetines en Blancolor estuviste a punto de comprarlos en Algodonal o en Blanquíssimo o en Lencerísimo. La superficie comercial nos protege del subsuelo. La superficie comercial siempre nos protege del subsuelo.
Yo creo que por eso el tiempo ha dejado de existir en El Corte Inglés, porque si supiéramos la cantidad de palabras descartadas que duermen bajo cada cartel no podríamos comprar tranquilos, compraríamos pensando en las palabras vencidas, en los nombres muertos.
Y al final, probablemente, hoy ya no existe.
Probablemente hoy sea, en algún sitio, Primavera en El Corte Inglés.
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