Te escribo con el corazón en la mano y la voz temblorosa de quien también ha vivido la fe en carne propia:
fui monja, me casé grande y elegí no tener hijos fuera del matrimonio.
Soy tradicional hasta el tuétano… y justamente por eso me duele leerte.
Porque confundes tres cosas que la Iglesia jamás ha identificado:
Primero: La existencia del mal objetivo (el pecado) con la diversidad de la persona creada a imagen de Dios. El mal tiene muchas caras, sí… pero ninguna cara humana es el mal.
Segundo: La verdad moral absoluta con la pretensión de poseerla en exclusiva y distribuirla como juez implacable. Solo Dios escruta los corazones (1 Sam 16,7); nosotros apenas balbuceamos.
Tercero: la defensa de la doctrina con superioridad moral. El Catecismo (2358) no nos pide condenar, nos pide “acoger con respeto, compasión y delicadeza… evitando todo signo de discriminación injusta”.
Cuando dices que “lo diverso no es bueno solo por ser diverso” estás diciendo una verdad a medias y, por tanto, una mentira entera:
la diversidad de la creación es querida por Dios (Gén 1; Sal 104); la diversidad del pecado, no.
Pero la persona nunca es pecado. Hermano, no eres vocero de Dios.
Ninguno de nosotros lo es.
Somos, en el mejor de los casos, mendigos que señalan dónde hay pan.
Prefiero equivocarme abrazando demasiado
a tener razón apedreando.
Que la Virgen del Magnificat, la que se sintió pequeña y cantó la misericordia,
nos enseñe a bajar del pedestal y a mirar al otro como Dios lo mira.
Con el mismo amor con que rezo el rosario cada noche,
una hermana que también tiembla ante el Misterio. Reflexiona por misericordia.