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El 15 de junio de 1969, 500 personas se sentaron a comer en un restaurante de lujo recién estrenado en Segovia. El cemento de aquel edificio aún no se había secado del todo, lo que hizo que el suelo cediese y el techo se desplomase sobre ellos. Murieron 58. Tira del hilo 🧵👇🏽👇🏽👇🏽
Teresa Comellas, amb 9,878, és la millor nota de la Prova d’Accés a la Universitat de les Balears.
El Govern concedeix enguany 20 premis de 600 euros als millors qualificats. Ara, tenen un estiu per davant i més a prop poder estudiar el que realment volen.
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En los planos originales del Titanic, su diseñador dibujó planos para instalar 64 botes salvavidas. Sin embargo, los dueños de la naviera eliminaron 44 de ellos del diseño por un motivo estético: no querían tapar las vistas al mar de los pasajeros ricos. Tira del hilo 🧵👇🏽👇🏽👇🏽
Imagina pedir una casa entera por catálogo, como quien pide unos zapatos. Semanas después llega un vagón de tren a tu pueblo, sellado con cera roja como una carta gigante. Dentro hay 30.000 piezas numeradas para que las montes tú mismo. Esto pasó de verdad. Tira del hilo 🧵👇🏽👇🏽👇🏽
Las empresas españolas no pasan a la tercera generación porque siempre aparece un nieto con gafas y chaquetita con coderas, que ha hecho un Máster en EEUU y quiere explicarle a la familia cómo debe funcionar una empresa que siempre ha funcionado bien hasta que llegó él tocando cojones. Y lo primero que hace Jaime, porque Jaime es un gilipollas profundo no recuperable, es preguntarle al abuelo Pepe por el
“cash flow” y por el ratio de endeudamiento. Y ahí es cuando el abuelo dice para él, “a tomar polculo cuarenta años de trabajo”.
Y lo segundo que hace el mierda de Jaime, porque lo es, es quitar el botijo de la oficina porque da mala imagen y poner un dispensador de agua mineral con garrafa gorda y vasos desechables. Ahí es cuando la empresa pierde el alma. A partir de ese momento empieza la cuenta atrás.
Una niña pelirroja con vaqueros, una construcción de LEGO en las manos y una sonrisa que no está posando para nadie. Esa imagen lleva más de cuarenta años siendo uno de los anuncios más citados de la historia de la publicidad.
Se llamaba Rachel Giordano. Tenía unos siete años cuando la fotografiaron para la campaña de 1981. El titular decía simplemente: What it is is beautiful. Lo que es, es hermoso. Sin mencionar si era niña o niño. Sin color rosa. Sin instrucciones sobre qué debía construir.
Lo que muchos recuerdan como un gesto revolucionario de LEGO en realidad era la continuación de algo que la empresa danesa llevaba haciendo desde los años 50: vender sus piezas como un juguete universal. Los sets se llamaban Universal Building Sets. La creatividad era el producto, no el género del comprador.
Lo interesante llegó después.
En los años siguientes, LEGO fue derivando hacia una segmentación por géneros cada vez más marcada. En 2012 lanzó LEGO Friends, una línea diseñada específicamente para niñas, con colores pastel, figuras femeninas estilizadas y sets de cafeterías, salones de belleza y boutiques. Las críticas fueron inmediatas.
Fue entonces cuando alguien rastreó a Rachel Giordano, la niña del anuncio de 1981. La encontraron: tenía 37 años y era médico. En una entrevista con Adweek en 2014 fue directa: en 1981 los LEGO eran universales y la creatividad del niño producía el mensaje. En 2014, era el juguete el que le decía al niño quién debía ser.
LEGO escuchó, al menos en parte. En 2021, en el 40 aniversario del anuncio original, la empresa lo recreó para el Día Internacional de la Mujer bajo el nombre Future Builders y se comprometió públicamente a eliminar los estereotipos de género de sus productos y campañas.
El anuncio de 1981 no era radical para su época. Se volvió radical cuando la industria fue en dirección contraria.
Hoy he ido a El Corte Inglés a comprar unos calcetines y me he dado cuenta de que han derogado el calendario gregoriano. El tiempo ya no funciona igual, en serio.
No es que haya habido una encíclica papal, pero el hecho material está ahí, verificable por cualquiera que intente comprar unos calcetines: no se puede. No se puede comprar calcetines sin más. Estamos ahora mismo en Summertime y en los Tecnoprecios, me han dicho, y los calcetines tienen un 20%, pero solo si los compro con una camisa, y la camisa está en los Ocho Días de Oro, que en realidad son trece días porque se han prolongado por la Semana Fantástica, que es de quince, pero me puedo comprar una tablet y una roomba al 10%, aunque entonces los calcetines no tienen descuento.
Al final he salido mareado, con una camisa que no necesito, una toalla del Summertime (al 15%), sin calcetines y con la sensación de que el cosmos ya no se rige por las leyes del tiempo.
Y eso es porque el cosmos ya no se rige por las leyes del tiempo.
Por ejemplo, la primavera, en sentido astronómico riguroso, comienza el 20 de marzo a las tres y veinticuatro de la madrugada o por ahí, en función del año bisiesto y de los milisegundos que la Tierra ha decidido gastar en su última órbita. Esto es una verdad medida por instrumentos en el Observatorio de Greenwich, en el de San Fernando, en el de Calar Alto, en todos los observatorios del hemisferio norte conectados a relojes atómicos de cesio que oscilan nueve mil ciento noventa y dos millones seiscientas treinta y una mil setecientas setenta veces por segundo.
Pues bien, la primavera en El Corte Inglés empieza el 20 de febrero, un mes antes. Empieza cuando un cartel a treinta metros de la entrada de la calle Preciados despliega la fotografía de una mujer rubia de pelo al viento sobre fondo de margaritas amarillas y la frase fundacional —frase que Ramón Areces vio en una playa de Cuba en los años 40 y que en realidad había usado antes la tienda El Encanto de La Habana antes de que Fidel se la llevara por delante en el 59—. Esa frase es el Génesis Bíblico del comercio español: YA ES PRIMAVERA EN EL CORTE INGLÉS.
Tatatatatá: YA ES.
El verbo en presente. El cesio puede oscilar lo que quiera y el sol puede cruzar el ecuador celeste cuando le dé la gana. La primavera en España llega cuando lo dice un cartel en Preciados y no antes. Y la Navidad llega cuando ponen Cortylandia el día 27 de noviembre —antes lo hacían el día 2, pero ahora hay campaña de Black Friday; y antes de eso lo hacían el 15 de octubre, pero ahora hay campaña de Halloween—. Y el Summertime está aquí a día 24 de mayo, y te paseas a 15 de agosto por el centro comercial y ves los carteles que dicen SIENTE EL OTOÑO pero lo único que tú sientes son las rozaduras del sudor en la parte interior de los muslos porque hace un calor del carajo y te cagas en Areces y en sus herederos y en su decisión de decretar las estaciones del año.
Pero es que, además, dentro el tiempo no transcurre, dentro el tiempo se solapa.
Las campañas del Corte Inglés son simultáneas, aluvionales. Hoy estamos en Summertime y en Tecnoprecios y en Ahórrate el IVA, pero si vas un día, qué se yo, de febrero, puedes estar en la Semana Fantástica de primavera pero aún queda media semana de Blancolor, que se ha extendido por demanda popular, y los Días sin IVA — que no son Ahórrate el IVA, estos son otros— ya están en cuenta atrás, y se anuncia el Límite Cuarenta y Ocho Horas en electrodomésticos AEG, y empieza el Club MIMO con su descuento adicional del 20% para titulares de la tarjeta. Todo a la vez, en el mismo edificio, en la misma tarde.
Es Zenón, la paradoja eleática llevada al departamento de menaje. Si las campañas son siempre, no hay campañas. Si toda la primavera es Semana Fantástica, la Semana Fantástica es la primavera. La palabra "semana" se descose de su significado, deja de querer decir lo que quería decir, se convierte en una unidad temporal abstracta, una semana fantástica de tres semanas, una semana que dura el tiempo que sea necesario que dure para mover el stock, una semana cuántica.
Y todas esas semanas y esas campañas tiene nombres, y esos nombres se han decretado en algún momento, y el mecanismo por el que se decretaron esos nombres no lo voy a contar porque lo desconozco, pero conozco el archivo.
El archivo existe. El archivo ocupa, según las estimaciones más fiables, unos cuatrocientos metros cuadrados en un sótano de la sede de Hermosilla, una biblioteca iluminada por fluorescentes que zumban con la frecuencia del aburrimiento y una mesa central con una silla giratoria y un señor que se llama Eustaquio. Eustaquio lleva cuarenta y un años allí, sabe dónde está cada carpeta. Eustaquio podría escribir una historia subterránea del comercio peninsular escrita exclusivamente con las palabras que no llegaron a ser. Porque eso es lo que guarda el archivo: los nombres rechazados.
Por cada Blancolor que pasó al cartelero de invierno hubo entre treinta y cuarenta candidatos previos que no pasaron, candidatos que fueron formulados en una sala de reuniones cualquiera, escritos en una hoja A4 con membrete, votados, descartados, sellados con un tampón rojo que decía NO APROBADO y enviados al sótano de Eustaquio.
En la carpeta de Blancolor hay propuestas previas que ponen los pelos de punta. Sabanablanca. Blanquíssimo, con doble ese, para evocar lo suizo. Hogar Limpio, demasiado higienista. Ropa de Cama Premium, demasiado obvio. Algodonal, que sonaba a peluquería. Lencerísimo, que sonaba a otra cosa. Sábanas Hispania, que evocaba demasiado el franquismo todavía reciente. Blanconieves, descartada por motivos de propiedad intelectual. Albaforte, que parecía un detergente. Treinta y siete propuestas hasta que apareció, en el folio número treinta y ocho, escrita a bolígrafo en el margen, la palabra Blancolor, y al lado, también a mano, una flecha y la inscripción «esta misma».
La carpeta de Tecnoprecios es todavía más entretenida. Compitieron, entre otros: Electrochollo. Tecnogangas. Hipertecno (esta estuvo a punto, en serio). Las Locuras del Microchip. Días Pixel, que se rechazó porque alguien en el departamento pensó que pixel sonaba a algo que se rompe, y los electrodomésticos no pueden sonar a algo que se rompe. Se impuso Tecnoprecios por mayoría simple en una votación de la que se conservan, sorprendentemente, las papeletas.
Al final, para cada nombre hay un montón de descartes que Eustaquio custodia allá abajo y, cuando se jubile —si es que se jubila en algún momento y no fosiliza junto a los archivadores— dejará un vacío difícil de cubrir, porque nadie más se sabe la nomenclatura interna de las carpetas, , nadie más sabe en qué balda exacta está la papeleta que decidió Tecnoprecios contra Hipertecno. Nadie sabe que cuando entras a comprar calcetines en Blancolor estuviste a punto de comprarlos en Algodonal o en Blanquíssimo o en Lencerísimo. La superficie comercial nos protege del subsuelo. La superficie comercial siempre nos protege del subsuelo.
Yo creo que por eso el tiempo ha dejado de existir en El Corte Inglés, porque si supiéramos la cantidad de palabras descartadas que duermen bajo cada cartel no podríamos comprar tranquilos, compraríamos pensando en las palabras vencidas, en los nombres muertos.
Y al final, probablemente, hoy ya no existe.
Probablemente hoy sea, en algún sitio, Primavera en El Corte Inglés.
DONAS MEDIO LITRO DE SANGRE. Esto es lo que tu cuerpo hace después.
Es una pregunta estupenda, me la he hecho durante los años de carrera en los que donaba y luego como traumatóloga.
Te sientas en la silla. Te ponen el torniquete. La aguja entra. Diez minutos después sales con una galleta María en la mano y 450 mililitros menos. En los años buenos, te regalaban hasta una plantita.
Tu cuerpo acaba de perder el 10% de su volumen sanguíneo. Y aunque tú vayas tan tranquilo a por el café, dentro ha empezado una operación a contrarreloj.
Lo primero que el organismo nota es la caída de presión. El plasma (que es básicamente agua con sal y proteínas) ha bajado, y eso se arregla rapidísimo. Bebes, comes algo, y en 24 o 48 horas el depósito está lleno otra vez. Por eso te insisten tanto en beber al salir.
Si tuviste un mareo al terminar de donar, te recuperas en horas.
Pero pasan más cosas, esto va por fases.
También has perdido glóbulos rojos. Y eso no se arregla con un vaso de agua.
Tus riñones detectan que llega menos oxígeno y sueltan una hormona, la eritropoyetina. Viaja como un mensajero hasta la médula ósea con un recado muy claro: “fabrica, pero ya.”
Tu médula, que en condiciones normales produce dos millones de glóbulos rojos por segundo (sí, por segundo), acelera el ritmo.
Pero tiene un problema. Necesita hierro. Y con cada donación se te van entre 200 y 250 miligramos del que tenías. Sin hierro no hay hemoglobina. Y la hemoglobina es el núcleo del glóbulo rojo nuevo.
Por eso tu cuerpo tarda entre 4 y 8 semanas en reponer todo lo que ha perdido. En España no te dejan volver a donar hasta dos meses después.
Por eso los hombres pueden donar cuatro veces al año, y las mujeres, tres. Nosotras siempre vamos más justas de hierro por la menstruación.
Tu cuerpo es generoso. Sólo te pide a cambio: hierro y tiempo.
Y mientras tu médula trabaja en silencio, alguien, en algún sitio, sigue vivo el lunes. ¡Gracias por donar!
#LaTraumatologaGeek
Esto no es cera.
No es resina.
No es inteligencia artificial.
Es mármol.
Tallado a mano.
En 1621.
Por un chico de 23 años.
Y los dedos que ves hundiéndose en esa piel... son de piedra.
La historia de la obra que rompió las leyes de lo posible. 🧵
El Corte Inglés fue el Amazon de España antes de que existiera Amazon.
Lo tenía todo.
Pero cometió el error que destruye a todos los gigantes: creer que ser grande era ser intocable.
Y cuando España cambió, se quedó atrapado en otro siglo...
The cameras caught her sleeping. The critics called it rude. The truth was a secret she hadn't told a soul.
The year was 1981. It was November, just four months after the "Wedding of the Century."
Diana, the new Princess of Wales, was seated at the Victoria and Albert Museum for the "Splendours of the Gonzaga" exhibition. It was a black-tie gala. The atmosphere was stiff, the speeches were long, and the protocol was rigid: Sit up straight. Smile. Be perfect.
But Diana wasn't perfect. She was exhausted.
In a breach of royal etiquette that shocked the press, her head dipped. Her eyes closed. For a brief, unguarded moment, the Princess of Wales was fast asleep in her chair while Prince Charles sat attentively beside her.
The tabloids went wild.
Was she bored?
Was she disrespectful?
Was the marriage already in trouble?
The media analyzed the image as a sign of her immaturity. They called her the "Sleeping Beauty," but the tone wasn't entirely kind. They saw a girl who couldn't handle the job.
But they didn't know the untold truth.
Diana wasn't bored. She was pregnant.
She was 20 years old, carrying the future King of England Prince William in her womb. She was battling the crushing fatigue of the first trimester, all while navigating a life where her every blink was photographed and critiqued.
She hadn't announced the pregnancy yet. She was suffering in silence, trying to hold up the weight of the monarchy while her body was demanding rest.
That photograph didn't show a failure of duty. It showed the limitations of being human.
In the rigid environment of the palace, where emotions were suppressed and appearances were everything, Diana’s moment of sleep was accidentally revolutionary. It peeled back the curtain.
It showed the world that beneath the tiara and the designer gown was just a young woman, tired and overwhelmed, doing her best to adjust to a life that allowed for no errors.
That moment marked the beginning of her legacy as the "People's Princess."
While the institution wanted a statue, the public fell in love with the human. They saw themselves in her exhaustion. They saw the reality of motherhood clashing with the fantasy of royalty.
The child she was carrying would grow up to be a man who prioritized mental health and openness traits he inherited from the mother who couldn't stay awake at a museum.
Diana taught us that perfection is a myth.
The crown is heavy. But the woman wearing it was always stronger than the gold.
EL JABÓN LAGARTO
El jabón Lagarto no es un jabón. El jabón Lagarto es una autoridad. Es una presencia. Es el único producto de limpieza que no compras… lo heredas. Tú no vas al súper y dices: “Voy a probar el jabón Lagarto”. No. El jabón Lagarto aparece en tu vida como aparecen los traumas y las recetas de tu abuela: sin pedir permiso.
Porque vamos a hablar claro: el jabón Lagarto no limpia, humilla la suciedad. Tú manchas una camiseta con tomate y el Lagarto no la lava… la somete. Le dice a la mancha: “Aquí se acabó tu carrera, artista”. Ese jabón ha quitado más grasa que muchos entrenadores personales.
Y luego está el olor. Ese olor no es perfume, eso es disciplina. Eso huele a patio, a barreño, a una señora con bata que te mira y te deja temblando solo con decir: “Eso con Lagarto sale”. Y salía. Salía la mancha, salía la mugre, salía la tontería y, si te descuidabas, salías tú también restregado.
El jabón Lagarto sirve para todo. Para la ropa, para el suelo, para la cocina, para una llanta, para una persiana y, en algunas casas, sospecho que hasta para bautizar niños. Hay gente que tiene un botiquín en casa; nuestras madres tenían una pastilla de Lagarto y una fe ciega. “¿Te has caído?” Lagarto. “¿Hay grasa en la campana?” Lagarto. “¿Tu padre ha venido con una mancha rara en la camisa?” Lagarto… y luego interrogatorio.
A mí me hace gracia porque ahora todo viene con nombre de laboratorio suizo: “detergente ultra bio active sensitive no sé qué”. Cállate ya. Antes había una pastilla verde-marrón con nombre de reptil y eso limpiaba más que tu vida después de bloquear a tu ex. Nada de marketing, nada de influencers. El jabón Lagarto no necesita anuncio. Su publicidad era una abuela levantando una sábana blanca como si hubiera ganado una guerra.
Y ojo, que el Lagarto tiene pinta de producto sencillo, pero impone respeto. Tú lo ves ahí, cuadrado, serio, sin florcitas, sin colores pastel, sin “aroma a nube de verano”. No. El Lagarto viene a trabajar, no a seducirte. Es el funcionario de la limpieza: no sonríe, no promete, pero cumple. Y mejor que muchos.
De hecho, si el jabón Lagarto fuera una persona, sería ese tío seco del pueblo que no habla mucho, pero te arregla una lavadora, te poda un olivo y te da una lección de vida sin moverse del banco. Duro, eficaz y con pinta de haber sobrevivido a tres crisis, dos riadas y una boda gitana.
En resumen: el jabón Lagarto no es vintage, es inmortal. Es el Chuck Norris de la limpieza. Es el producto que ha pasado de generación en generación como si fuera una reliquia sagrada. Y mientras nosotros vamos por la vida pagando botes modernos con tapa ergonómica, el Lagarto sigue ahí, tranquilo, pensando: “Cuando queráis limpiar de verdad, ya sabéis dónde estoy”.