Negrete no corrió hacia la pelota; corrió hacia la eternidad.
La coreografía de lo imposible comenzó en la banda.
No era un simple pase; era un trazo de esperanza que buscaba destino.
El balón viajó por el aire, suspendido en el murmullo de cien mil almas, hasta encontrar la complicidad pensante de Javier Aguirre.
El "Vasco", actuando como el arquitecto de una ilusión, no buscó el suelo; con un toque sutil y elevado, devolvió la esfera a las alturas, convirtiéndola en una constelación al alcance de un solo hombre.
Ahí emergió la figura de Manuel Negrete.
Negrete no corrió hacia la pelota; corrió hacia la eternidad.
Con el marco de la portería dibujado en la memoria, el mediocampista mexicano desafió las leyes de la física.
Elevó su cuerpo, renunciando al suelo que pisaban los mortales, y se suspendió en el oxígeno del mediodía.
En una fracción de segundo que duró mil años, su pierna izquierda se perfiló en el aire, trazando una tijera perfecta y celestial.