Hoy han desahuciado a mi madre.
Hoy he visto cómo la comisión judicial entraba en la casa donde crecí.
La casa a la que mi madre se mudó cuando se casó.
La casa donde aprendí a caminar.
Donde celebramos cumpleaños.
Donde discutimos y nos reconciliamos.
La casa donde mi padre pasó sus últimos días de vida.
Hoy un cerrajero ha cambiado la cerradura de esa puerta.
La misma que abrí miles de veces sin imaginar que algún día ya no sería nuestra.
Hay algo profundamente frío en cómo el sistema convierte una vida entera en un trámite.
Siempre hablamos de los desahucios como cifras.
Miles al año. Decenas cada día.
Pero cuando te toca, deja de ser estadística.
Tiene recuerdos en los cajones.
Tiene marcas en la pared donde medías tu altura.
Mi madre es viuda. Jubilada.
No tiene un certificado oficial de “exclusión social”.
No aparece en ningún titular.
No cumple quizá todos los requisitos burocráticos para que el sistema la considere vulnerable.
Y, sin embargo, lo es.
Está en ese limbo donde no eres lo suficientemente pobre para que te protejan,
pero sí lo suficientemente frágil como para quedarte sin nada.
Si a mí no me hubiera ido bien, hoy estaría sin un techo.
Con la pensión embargada.
Con todo embargado.
Después de una vida entera trabajando.
¿Cómo puede ser que en un país que presume de bienestar la vivienda no sea protegida como un derecho fundamental real y efectivo?
No hablo de regalar casas.
Hablo de impedir que una persona mayor, viuda y jubilada pueda quedarse literalmente en la calle.
Hablo de entender que el hogar no es un activo financiero más.
Es el lugar donde una vida ocurre.
Yo he podido comprarle otro piso.
He podido amortiguar el golpe.
Pero eso no convierte el sistema en justo.
Solo convierte mi historia en una excepción afortunada.
Porque la diferencia entre estar protegido y estar en la calle no debería depender de si tu hijo ha tenido éxito.
Debería depender de si somos una sociedad que entiende que hay mínimos que no se negocian.
Hoy no solo han cambiado una cerradura.
Han confirmado que el derecho a la vivienda sigue siendo papel mojado cuando deja de cuadrar en una hoja de cálculo.
Y mientras eso siga siendo así, seguiremos llamando “normal” a algo que, si lo miramos de frente, es profundamente inhumano.
“true art”
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grow up
Trump dice que “duda que la OTAN esté ahí si EEUU lo necesita”.
Quizá haya que recordarle que el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte se ha invocado una sola vez en la historia y ha sido por Estados Unidos tras el 11-S.
Los aliados respondieron. Reino Unido, Canadá, Alemania, Francia, España, Italia, Países Bajos, Polonia (entre otros) enviaron aviones y tropas y combatieron en Afganistán. Con bajas. Muchas bajas.
No es una hipótesis. Es algo que ya ha pasado. EEUU pidió ayuda y la OTAN cumplió.
En el edificio que se ve justo detrás (antigua sede del gobierno civil) pasó sus últimas horas Federico Garcia Lorca.
En el edificio colgaba una bandera igual, y el coche que lo transportó hasta el lugar de asesinarlo llevaba exaltados con el brazo arriba.
Son los mismos, quizás incluso familiares de quienes lo hicieron, y persiguen lo mismo, la muerte de la intelectualidad y la dictadura de la mediocridad y la frustración de quienes no son capaces de sacar más de un 5 en sus asignaturas, casi siempre, de derecho.
Son seres marginales de una sociedad que quiere avanzar.