Soy italiano. Acabo de regresar de Napoles.
Durante la cena, mis viejos amigos y yo empezamos a discutir sobre lo mismo que siempre discutimos: ¿qué ciudades de Italia son realmente increíbles pero de las que nadie habla nunca?
Estuvimos horas discutiendo. Al final de la noche, teníamos una lista.
7 ciudades ocultas que la mayoría de las personas, incluida la mayoría de los italianos, nunca pensarán en visitar, y mucho menos en mudarse a ellas.
Sin multitudes. Sin precios para turistas. Calidad de vida increíble.
Hilo 🧵
Día 1 en Soto del Real
No he pegado ojo. Ni una puta cabezada.
Koldo ronca en la litera de abajo como un camión de mudanzas viejo, de esos Pegaso que lleva dos décadas sin pasar la ITV. Ronca como si estuviera subiendo el puerto de Pajares en tercera. Arranca, tose, se ahoga, escupe gasoil y vuelve a vibrar.
Yo estoy arriba, mirando una mancha de humedad en el techo que se parece sospechosamente al mapa de España, pero una España podrida, desconchada. Huele a humanidad rancia aquí dentro.
A mi derecha, en la celda contigua, hay un tipo que lleva una hora cascándosela. Se oye el ritmo, clac-clac-clac, lento, sin ganas, como el que ficha en una oficina a las ocho de la mañana. Desde el fondo del pasillo, alguien ha gritado antes: "¡Ábalos, hijo de puta, aquí las mordidas en la polla!". Y luego risas. Esas risas huecas, metálicas, de hienas enjauladas.
Solo. Estoy jodidamente solo.
La única que tuvo los ovarios de aparecer aye fue Andrea. La vi hace unas horas, ahí fuera. Entre los flashes de la COPE y los buitres esperando la carroña, estaba ella. Se despidió con una mirada rápida, seca, de las que duelen más que un puñetazo. De las que dicen: "Qué jodido lo tienes, José Luis, y qué solos nos quedamos". Qué ironía. Me han llamado golfo, me han acusado de todo con las mujeres... y al final, la única lealtad real viene de una exnovia a la que ya no tengo nada que ofrecer salvo vergüenza.
Los otros... los otros se han borrado. Ni Pedro ni ninguno de los palmeros que me reían las gracias mientras yo me manchaba las manos de grasa para que la maquinaria funcionara. Ni una llamada. Ni un mensaje de "aguanta, José Luis". Nada. Me han dejado tirado en la cuneta como a un perro atropellado, esperando que pase el basurero y me recoja. Han desaparecido más rápido que el historial del WhatsApp de García Ortiz. ¡Jé! Si yo hablara...
Y mira que pienso en la venganza. Joder si pienso en ella. La saboreo más que el último ducados que me fumé en libertad. Podría quemar Ferraz mañana mismo. Podría sentarme delante del juez y cantar La Traviata. Tengo los nombres, tengo las fechas. Podría hacerlo. Podría arder Roma.
Pero no lo haré.
Nací creyendo en causas, en banderas, en unas siglas y en esas ideas grandes que te hacen sentir que tu vida significa algo. Me enamoré de ellas. Y cuando las ideas me fallaron (o yo les fallé a ellas) busqué el mismo fuego en las mujeres. En cada una pensé que encontraría salvación. Pero uno no puede amar bien cuando se odia tanto. Y ahora, en esta celda que huele a humanidad rancia, solo puedo pensar en ese olor a sal y perfume caro. Eso es lo único que me queda: recuerdos de sábanas de hotel y promesas que nunca cumplí.
Un funcionario se ha acercado a la reja. No ha dicho nada, solo me ha pasado un MP3 viejo por la rejilla, como quien le da una aspirina a un moribundo. Le doy al play. Suena Willie Nelson, y su voz rasgada parece la única cosa honesta en kilómetros a la redonda:
"Cruel, cruel world, must I go on?
Cruel, cruel world, I'm moving on
I've been living too fast
And I've been living too wrong
Cruel, cruel world, I'm gone."
Un loco se perdió en el medio de una montaña en perú
Se encontro un perro que andaba x ahi a 4600 metros de altura
Y el bicho lo guio hasta donde había gente para que lo rescataran
No sabía que necesitabais un perfil de El Ventorro, pero aquí va.
Llevo mucho tiempo sin escribir, así que este es un artículo de libre distribución. Cualquier persona o medio, si lo considera interesante, puede distribuirlo con o sin cita. Espero que sirva.
EL VENTORRO
El Ventorro no tiene Instagram ni una Estrella Michelin. Tampoco un sol y ni siquiera ondean en su fachada los reconocimientos de la crítica gastronómica local. Sin embargo, su ticket está a la altura de los Big Gourmand de València. Es un restaurante de producto, caro, donde lo mejor del mercado y la temporada se sirve a una mesa que pide según canta los platos Alfredo Romero, nieto de los fundadores de esta casa de comidas familiar abierta en 1967. Él es el artífice de un local que no se entiende sin su mando a partir de la década de los 90.
En El Ventorro todo el menú está fuera de carta. Todos los precios son a convenir y no se discuten porque es importante no parecer miserable. Como ocurre con su bodega extensa y –también– sobrepreciada, comer en El Ventorro no tiene tanto que ver con el disfrute que va del paladar al estómago, sino con la posibilidad de formar parte del lugar donde suceden las cosas. ¿Qué cosas? Las del vil metal, los negocios y sus artesanos. Una pista: solo da comidas y de lunes a viernes. Otra idea: está en el distrito financiero de la ciudad, a un paso de la bolsa aunque eso en 2024 ya de igual. A un paso del centro del poder local y regional.
Yendo al grano, El Ventorro es territorio de hombres. Empresarios que tuvieron la oportunidad de ser antifranquistas antes de que Franco muriese y que décadas después requieren de un espacio de confianza a la hora de comer. A veces, la confianza se traba como el caldo espeso de unas lentejas guisadas con una parte considerable de grasa, también con una fabada, garbanzos, estofados y alubias. Sí, sí, servidas en el centro de València, porque la capital de la dieta mediterránea, su historia, su huerta admirada en medio mundo y la cultura que ha generado, tampoco se relacionan con su menú. Y hay algo de descalzarse, un olor muy preciso en la memoria de abuelas y casas viejas, capaz de reconectarnos con una idea de confort y complicidad que valen mucho para el público de este local.
Al Ventorro se va por confianza y discreción. Su puerta, a dos pasos del Carrer de la Pau, es tan prudente estéticamente que pasa desapercibida incluso buscándola. Le acompaña un discreto cartel con dos informaciones precisas: casa de comidas –cierto– y el teléfono de reservas. Teléfono fijo, claro, porque El Ventorro no solo no tiene cuenta de Instagram, es que confía únicamente a una línea telefónica fija sus reservas. Y es raro ver sus estancias vacías, porque no requiere ni de community manager ni de número de WhatsApp. Lo que sirve es una suerte de ambiente de camaradería, de seguridad entre comerciantes que son, al fin y al cabo, los que han escrito la historia de València.
En El Ventorro hay reservados y, sobre todo, rincones de luz tenue pero suficiente para que siempre haya alguien con traje a medida acercándose a otra mesa a estrechar la mano. Todo es próximo, pero suficientemente distante. Está recargado de objetos y dominado por una sensación clara de participar de un viaje al pasado. Las vigas de madera, los techos bajos, la escalera de talla excesiva y la colección de aperos de labranza, molino y bodega. Hay cerámicas que reconectan con la cultura local y, entre guisos, chuletillas y chuletones, algo parecido ocurre cuando alguno de los ejecutivos resulta estar a dieta y pide un pescadito fresco. A la espalda, a la sal, al horno, un guiño acidental de patriotismo desde la lonja valenciana.
Un veterano periodista de la ciudad lo llama “la cueva de las conspiraciones”, pero le resta peso al trajín de políticos. Si acaso, más segunda fila (directores generales) que consellers. Más fontanería que arquitectura, supongo. Es el local donde se sucedían las tramas de muchos de los hombres que jamás han aparecido en el sumario de un caso de corrupción, pero que siguen escritas en el libro ‘Mis queridos promotores. Valencia 1940-2011’, del añorado profesor de Economía de la UV Josep Sorribes. La ciudad “construida y destruida” no se puede entender sin ellos, sin la ingente cantidad de capital generada desde los felices 90, desde las costas sin ley y el desarrollismo final, y hasta el crack de 2008. Este restaurante fue y es un espacio natural para dejar fluir sus intereses creados.
Es una mala noticia para El Ventorro que Presidència de la Generalitat admitiera a los medios el lugar exacto de la reunión entre el primero de los valencianos, Carlos Mazón, y la periodista Maribel Vilaplana, el pasado 29 de octubre, el día de la tragedia. Hasta la fecha, el mayor valor de mercado de El Ventorro en la ciudad era estar fuera del foco. Ajeno a los premios, a los influencers, a las guías prestigiadas para comer bien en la ciudad. Era, al menos hasta hoy, un templo de lo secreto entre quienes no requieren de vanidad ni una vida pública exhibida en redes para seguir manejando un tramo importante del capital valenciano. Un restaurante tan sinónimo de la discreción que es raro tener cobertura entre sus muros. ¿Y si el president no la tenía? ¿Alguien ha tenido en cuenta este detalle?
Lo que a otros nos merece la pena tener en cuenta es como en lugares que evocan el siglo XIX y añoran el XX sigue manejándose una forma de mandar anacrónica. El detalle del dónde ocurrió la comida que, presuntamente, provocó que Mazón llegara tarde a su compromiso con una Emergencia inédita, histórica, nos hace temer lo peor: que seguimos en manos de gente que ve el mundo desde un lugar muy antiguo, desincronizado en gran medida con la ciudad que vibra a su manera al otro lado de sus anchos muros de piedra.
⚽ "Les elits i el negoci ens han robat la paraula, però el futbol modest és futbol. Passió i orgull per uns colors"
"Futbol Modest" s'estrena a la plataforma 3Cat
#FutbolModest3Cat