Hay secretos que queman, y el que comparto con el sobrino de mi mujer es un incendio total. Muchos me juzgarían de pervertido, pero no saben lo que es tener a ese culicagado buscándome en cada rincón, aprovechando cualquier descuido familiar para meterse en mi espacio. Me busca con una urgencia que me vuela la cabeza; tiene esa chispa de quien sabe que está haciendo algo prohibido y, aun así, lo desea con desesperación.
En cuanto estamos solos, toda su timidez desaparece. Se me planta enfrente con esa mirada de quien reconoce a su verdadero macho, entregándose sin reservas. Me encanta cómo se transforma: deja de ser el muchacho de la casa para volverse mi perra, moviéndose con una agilidad y un hambre que ya quisiera su tía.
No hay delicadeza cuando lo tomo; le doy la firmeza que su cuerpo me exige a gritos. Verlo ahí, rindiéndose ante mi mando y pidiéndome leche como si no hubiera un mañana, es lo que me mantiene encendido. Al final, después de someterlo a mi antojo, siempre le doy su recompensa: esa buena alimentada de culo con mis eyaculaciones calientes que lo deja marcado, satisfecho y contando los minutos para que volvamos a coincidir en las sombras. 😈💦⛓️