En el siglo XVI un náufrago resistió ocho años en una isla desierta. Bebía sangre de tortugas y se aferraba a una cruz para no enloquecer.
Se llamaba Pedro Serrano y su historia cruzó Europa, donde un escritor la usó para crear un mito: Robinson Crusoe.
Tira del hilo 🧵👇🏽👇🏽👇🏽
La inteligencia natural en franca decadencia…
Tengo 35 años de ser especialista en enfermedades infecciosas. He realizado investigaciones en meningitis, neumonía, tosferina, influenza, VRS, Covid-19, dengue, sepsis y absceso cerebral, como también sobre antibióticos, antivirales, antifúngicos y anticuerpos monoclonales; pero ninguno de ellos ha sido tan impactante, seguro y costo-efectivo como los estudios con vacunas. Al fin y al cabo, una onza de prevención vale mucho más que un kilogramo de tratamiento.
Nuestro querido Hospital del Niño ha sido testigo de haber eliminado las salas de rehidratación oral para las diarreas infantiles, las salas de aislamiento para pacientes con hepatitis A, los brotes de varicela nosocomial, las epidemias de meningitis piogénica, como también de haber reducido significativamente los casos de tosferina, neumonía bacteriana, tétanos y parotiditis (paperas). Panamá tiene muchos años de no tener viruela, polio, difteria, sarampión (alfombrilla), rubéola (pelusa) y rubéola congénita. Todo eso gracias a la vacunación. Tenemos uno de los mejores programas de inmunización en el mundo, con productos de excelsa calidad, de administración gratuita, sin duda una de las más robustas estrategias de salud pública a nivel nacional. Desaprovechar esta ventaja no solo es tonto sino irracional.
Desafortunadamente, la pandemia de SARS-CoV-2 y la proliferación de redes sociales han dado protagonismo a una red de desinformadores, charlatanes y negacionistas anti-ciencia, lo que ha provocado un inusitado temor a las vacunas en general y a las de Covid-19 en particular, a través de una plétora de bulos disparatados. Con la ascensión de Trump al poder en Estados Unidos y su equipo de adláteres (Makary, Kennedy, Prasad) en posiciones de medicina y ciencia, el séquito de mitómanos se ha desbocado. Las primeras consecuencias ya están a la vista: jamás en 20 años había ocurrido un brote tan extenso de sarampión como el que se vive actualmente allá y, aún peor, con expansión a varios países de la región. La reciente advertencia de la FDA sobre vacunas de mRNA y miocarditis, evento raro (1 por cada 50-100 mil vacunados), conocido y publicitado desde el 2021, sin siquiera poner la información en su justa dimensión, ha revivido la criminal desinformación. La inflamación del miocardio no solo es 10-20 veces más común después del Covid, sino más grave e incapacitante.
En nuestro país, de hecho, han empezado nuevamente a circular audios y escritos de los gárrulos habituales, la mayoría gente ajena al mundo de la ciencia, que de infecciones y microbios saben lo que yo de ingeniería aeroespacial. Abogados (varios de ellos cínicos porque hay evidencia de que se vacunaron “por si acaso”), “influencers” de toda estirpe, analfabetas funcionales y hasta algunos “médicos” con aparentes trastornos de salud mental se han dado a la tarea de cuestionar a las autoridades de Salud, a las instituciones científicas o a las prestigiosas organizaciones sanitarias regionales y mundiales, porque han apoyado la actualización de las formulaciones biológicas contra Covid-19. Aunque nada de lo que predijeron sobre las vacunas se cumplió (todos moriríamos en 3 años, las mujeres quedarían infértiles, tendríamos “chips” en nuestro cuerpo, seríamos seres humanos magnéticos, etc.), ellos continúan excretando fecalitos por sus cuerdas vocales. La última moda es decir que la vacuna provoca infartos miocárdicos, algo que no solo se ha demostrado contundentemente que es falso, sino que incluso las inmunizaciones contra SARS-CoV-2 e Influenza los reducen considerablemente, durante los meses subsecuentes a esas infecciones agudas. De hecho, el principal incremento de casos ocurrió en 2020-2021 cuando aún no se había masificado el uso de las vacunas contra Covid-19.
Es evidente que la educación en el mundo anda en notorio declive y ahora estamos viviendo una pandemia de déficit en lectura comprensiva, apego dogmático a conspiraciones de toda índole y rechazo a la opinión de expertos en cada tema. La inteligencia natural en franca decadencia. En la actualidad, las personas poseen información (al ritmo de un click) y no conocimiento (mediante un sesudo discernimiento). Sin duda, resulta más fácil creer que pensar. Ahora que cada vez es más frecuente el uso de la inteligencia artificial en múltiples campos del saber, los invito a preguntar a ChatGPT, Grok, DeepSeek, OpenAI, MetaAI, Azure, Google Cloud, Amazon SageMaker, etc., sobre los beneficios que han aportado las vacunas, recientes o remotas, a la humanidad, para ver si así los Homo “sapiens” vuelven a mejorar su coeficiente intelectual de cara al futuro.
No quiero imaginarme si en los próximos años sobreviene otra pandemia, esta vez causada por un microbio mucho más letal que el SARS-CoV-2 (mató 1-2% de los pacientes sintomáticos en 2020-2022). Los virus causantes de Ébola, Marburg, Influenza aviar, por ejemplo, se asocian a 30-60% de letalidad. Si en este hipotético escenario la gente decide no vacunarse, la selección natural se encargaría de eliminar a los desinformadores y a sus incautos seguidores, una forma de extinción darwiniana de los individuos poco pensantes.
Un mensaje final para calumniadores de oficio. Ni vendo vacunas, ni trabajo en la industria farmacéutica ni promociono productos por incentivos económicos. Mi único interés es conducir investigaciones farmacológicas que ofrezcan una mejor calidad de vida para la especie humana, con base en la vocación hipocrática de la noble profesión médica. Ni más ni menos…