Ninguna sociedad se explica por lo que dice de sí misma. Se explica por lo que hace con una persona el día que deja de serle rentable.
Mira a tu alrededor. Todo lo que ves lo ha puesto ahí alguien trabajando. El pan, la carretera, el hospital, el cable de la luz. Nada de eso ha salido del talento de los que lo acumulan. Y sin embargo nos han enseñado a llamar “generadores de riqueza” a los que solo la recogen, y “coste” a los que la producen.
Porque la vida se produce dos veces. Se producen cosas y se producen personas. Se fabrica el pan y se cría a quien mañana lo amasará. Ningún sistema puede sostenerse sin las dos. Pero este solo paga una. La otra la da por supuesta, la da por gratis, la deja caer sobre un cuerpo concreto y mira hacia otro lado.
Sobre ese impago está levantado todo lo demás.
Por eso el sexo nunca ha sido un dato biológico neutro. Es lo que te coloca. Te coloca en el reparto de las horas, en la escala salarial, en la cola del despido, en la lista de quién deja el trabajo cuando alguien enferma en casa. Género es el nombre de esa colocación. No es un sentimiento privado ni una etiqueta que uno elige: es una jerarquía que existía antes de que tú nacieras y que te estaba esperando.
Han vaciado aquella frase de que mujer no se nace, se llega a serlo. La repiten como si quisiera decir que cada cual se fabrica a medida. Dice exactamente lo contrario: que a una la fabrican. A hostias, además.
Se ve a simple vista cuando el caso llega a los titulares. Una mujer con un oro olímpico, treinta y dos años en el mismo club, setenta títulos levantados con su escudo. Fue madre y dejó de contar. Ni la excelencia, ni las medallas, ni la ley escrita la protegieron. Si eso le ocurre a la mejor, pregúntate qué le ocurre a la camarera de piso con el hombro deshecho, a la interna que cuida a tu abuela, a la cajera con contratos encadenados.
Y no busques villanos, porque no hace falta que los haya. El que respeta pierde frente al que no respeta. Esa es la lógica, y funciona igual con jefes buenos que con jefes malos. Apelar a la bondad de quien manda es la manera más elegante de no cambiar nada.
Ahora la parte que no te cuentan.
Esa lógica está madura para caer. Nunca en la historia hemos producido tanto con tan poco esfuerzo humano. La escasez que justificaba el sacrificio ya no existe: lo que hay es una escasez administrada, riqueza suficiente para todos repartida entre unos pocos. La sociedad que soñaron nuestros abuelos ya es materialmente posible.
Lo que se produce entre todos se decide entre todos: quien sostiene un centro de trabajo decide sobre él.
Lo acumulado arriba es trabajo ajeno acumulado, y repartirlo no es caridad, es devolución.
El cuidado deja de ser un castigo privado impuesto a la mitad de la población y pasa a ser una tarea de toda la sociedad, pagada y reconocida como lo que es: la base de todo lo demás.
Se trabaja menos, porque el tiempo libre es la única riqueza que no se puede acumular en una cuenta. Medir el progreso en horas de vida propia y no en beneficios.
Y nada de esto se pide. Se conquista organizándose, porque ningún derecho que tengas hoy te lo regalaron: lo arrancó gente que se juntó.
No hablo de un paraíso ingenuo. Hablo de una sociedad de orden y de trabajo, pero de trabajo que sirve para vivir y no para enriquecer a otro. Una sociedad sin miedo a hablar. Sin nadie sobrando. Donde te alegras de que al de al lado le vaya bien porque sabes que remáis en la misma dirección y que su suerte es la tuya.
No peleamos solo por un mundo donde nadie sea descartado por ser madre. Peleamos por un mundo donde a nadie se le pase por la cabeza que una persona pueda ser descartable.
Y ese mundo no lo hereda nadie. O lo construimos nosotros, o no existe.