I came across a Reddit post that described AI in a way I can’t stop thinking about:
“AI allows the wealthy to access skills while stripping skilled people of their ability to access wealth.”
I don’t think I’ve ever seen the purpose of AI captured so brutally and accurately.
Un profesor del MIT dio la misma conferencia cada enero durante 40 años, y cada una de las veces no cabía ni un alma en el aula.
La vi a las 2 de la mañana y cambió por completo mi forma de entender la comunicación.
Su nombre era Patrick Winston. La conferencia se titula "Cómo hablar" (How to Speak).
Su frase de apertura te golpea como un camión: "Tu éxito en la vida vendrá determinado en gran medida por tu capacidad para hablar, tu capacidad para escribir y la calidad de tus ideas, en ese orden".
Ni tu nota media, ni tus títulos, ni tu coeficiente intelectual. Cómo hablas es lo que separa a las personas que son escuchadas de las que son ignoradas.
Este es el esquema que inculcó a los estudiantes del MIT durante cuatro décadas:
1) Nunca empieces con un chiste: Empieza diciendo a la gente exactamente qué es lo que va a aprender. "Prepara la bomba antes de verter nada". Él lo llamaba la "promesa de empoderamiento": dales una razón para no levantarse del asiento en los primeros 60 segundos.
2) La regla de las 5S: Para que una idea se quede grabada debe ser: Símbolo, Slogan, Sorpresa, Saliente (relevante) e Historia (Story). Cualquier idea que valga la pena recordar cumple al menos tres de estas.
3) La técnica del "casi acierto" (Near Miss): Esta parte me dejó alucinado. No te limites a mostrar lo que está bien; muestra lo que parece estar bien pero no lo está. Ese contraste es lo que hace que el cerebro registre algo de forma permanente.
4) Su regla final: Termina con una contribución, no con un resumen. No recapitules lo que ya dijiste. Dile a la gente qué les has dado que no tenían antes de entrar por la puerta.
He usado este esquema en ventas, entrevistas y presentaciones desde que lo vi, y los resultados no son sutiles.
Patrick Winston falleció en 2019, pero esta clase sigue siendo gratuita en el OpenCourseWare del MIT. Una hora, vista por millones de personas, y no cuesta absolutamente nada.
Video: "How to Speak", Patrick Winston, MIT OpenCourseWare, RES.TLL-005, January IAP 2018.
Fuente: MIT OpenCourseWare.
Licencia: CC BY-NC-SA.
Términos: ocw. mit. edu/ terms
@usuariofyp Raro es vivir, y eso engloba dormir. También está normalizado, y no tiene ningún sentido aparecer en un mundo lleno de reglas fijadas andá a saber por quién o qué, y con un cuerpo que tomó conciencia de si mismo y sin saber por qué estamos aquí.
¿Un error que aprendí a la mala a no repetir?
Nadie te cuenta lo demandante que puede ser ser abogado.
Y menos cuando estás litigando en tribunales o llevando negociaciones complejas.
Un error que yo cometía mucho era no administrar bien mis tiempos. Dejaba cosas para después, subestimaba lo que iba a tardar… y terminaba haciendo todo con prisa.
¿El resultado? Estrés. Ansiedad. Cortisol a tope. Pasarla mal por algo que pude haber prevenido.
Con el tiempo entendí que el problema no era el trabajo. Era la falta de planeación.
Hoy procuro medir los tiempos de cada paso del proyecto legal.
Si es una demanda, calendarizo desde el inicio.
Si voy a ofrecer pruebas, lo hago con un margen razonable.
Si hay una audiencia, la preparo sin dejar todo para la última hora.
No siempre sale perfecto, pero tener un calendario claro cambia por completo la experiencia de litigar.
No todo el desgaste viene del caso.
Mucho viene de cómo lo administramos.
La influencia, como la entendías, era un atajo: alguien con audiencia hablaba y el mercado obedecía. Había una cadena sencilla: alcance → atención → deseo → compra. Hoy esa cadena se rompió. No porque “la gente sea más inteligente”, sino porque está más inmunizada. Vio demasiados guiones iguales. Demasiadas sonrisas iguales. Lo que está desapareciendo no es la influencia. Está desapareciendo la credibilidad automática.
Antes seguías a una persona. Hoy sigues una sensación. Un micro-momento. Una escena. Un clip. El “personaje” ya no sostiene la atención por sí mismo: la sostiene el contexto. La narrativa. El conflicto. Y sobre todo: la prueba. Si no hay prueba, la audiencia te pone en la misma caja mental donde guarda la publicidad: “me quieren vender algo”.
Y aquí viene lo incómodo: el influencer clásico se volvió un canal, no una persona. Cuando alguien es demasiado “perfecto”, demasiado correcto, demasiado pulido, deja de sentirse humano y empieza a sentirse medio corporativo. El algoritmo no lo castiga por vender. Lo castiga por ser predecible. Porque la predictibilidad mata la atención.
La post-influencia es esto: ya no gana el que “recomienda”. Gana el que “documenta”. No el que te dice qué comprar, sino el que te enseña cómo piensa. No el que presume resultados, sino el que muestra el proceso. No el que aparenta vida aspiracional, sino el que tiene criterio y lo pone en escena sin pedir permiso.
Por eso el poder se está moviendo de “las audiencias grandes” a “las audiencias intensas”. Menos seguidores, más densidad. Menos likes, más conversaciones. Menos fama, más confianza. Los que mandan ahora no son los más visibles: son los más creíbles dentro de una tribu.
Y aquí está el golpe final: cuando todo el mundo puede “parecer influencer”, ser influencer deja de ser diferencial. La estética se democratizó. La edición se regaló. Los guiones se automatizaron. Lo único que no se copia fácil es la experiencia real… y el colmillo para saber qué mostrar y qué callar.
Estás aburrido porque no haces misiones secundarias, tío.
La vida es algo más que solo trabajar y tirarte en la cama sin hacer nada.
Aquí tienes 50 misiones secundarias para completar:
En las últimas semanas nos enteramos que existen dos grupos “nuevos” de personas.
- El primero son chavitos que se visten de animales y saltan, muerden y juegan como si fueran animales.
- Los otros son billonarios que, entre un millón de porquerías más, secuestran violan y comen bebés.
Lo que me asusta es ver a más gente encabronada por los Therians que por pedófilos caníbales.
Lo ideal hubiera sido descubrir que los billonarios se visten de animales y se persiguen la cola entre ellos, pero no.
¿Si saben que víctima más joven de Epstein seguía unida a su mamá por el cordón umbilical? Bueno, pues ya lo sabes.