A veces la vida no te quita personas,
te cambia de mesa.
Y tú sigues mirando la silla vacía
sin darte cuenta
de que en otro lugar
hay alguien guardándote sitio
sin conocerte todavía.
Porque no todo lo que llega tarde,
llega mal.
A veces llega justo
cuando aprendes a sentarte contigo.
No fue tu culpa si un día dejaste de sonreír sin saber por qué.
Si te levantaste con el pecho apretado y las ganas rotas,
y aun así seguiste.
No tienes la culpa de haber confiado.
De haber dado más abrazos de los que recibiste.
De haber creído en palabras que sonaban a promesas,
pero que eran humo.
No fue tu culpa si te cansaste antes que los demás.
Si dijiste que no. Si lloraste por dentro
cuando todos esperaban que rieras por fuera.
𝐌𝐢𝐧𝐮𝐭𝐨 𝟗𝟎
El amor es como ese gol en el minuto noventa.
Cuando ya dabas el empate por hecho.
Cuando estabas recogiendo los restos del corazón y pensando que otro domingo se va a la mierda.
Cuando el silencio ya estaba instalado y los ojos no brillaban igual.
Entonces, pasa.
Un pase inesperado. Una mirada que no buscabas. Una caricia que se cuela sin permiso.
Y ahí está. El gol.
Explota el alma. Vuelves a creer. Saltas sin importar el ridículo. Te abrazas como si el mundo se fuera a acabar.
Como si todo el dolor de antes valiera la pena solo por ese instante.
Porque el amor, a veces, llega así.
Cuando ya pensabas que no.
Cuando el árbitro casi pita el final.
Y tú, que habías perdido la fe… vuelves a soñar.
Vuelves a amar.
𝙔 𝙙𝙚 𝙧𝙚𝙥𝙚𝙣𝙩𝙚, 𝙘𝙖𝙡𝙢𝙖
Un día te despiertas y ya no duele tanto.
No porque todo se haya solucionado,
sino porque aprendiste a soltar lo que no puedes controlar.
Empiezas a entender que no todo el mundo se queda,
pero que quien lo hace, lo hace de verdad.
Y eso vale más que mil promesas vacías.