Subió su cabeza para recibir el contacto en su cabello, agachando un poco las orejas. Era como un gato buscando el cariño de alguien en quien confía de inmediato.
“Pues... Aquí estoy.”
Saluda algo bromista, con una sonrisa tonta y un ronroneo flotando en el aire entre ellos.
Los ojos felinos de Chester deslumbraban en la oscuridad del bosque con un brillo amarillento, a pesar de sus pupilas negras grandes, dilatadas por el consumo.
Tose un poco, cubriéndose la boca con el puño mientras observa las señas de Haliax.
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“¿Me... buscabas?”
Preguntó algo confundido, pensando en las razones de porqué el herrero lo necesitaría o lo buscaría así de tarde en el bosque.
La duda se convirtió en curiosidad, acercándose tal como un felino al otro chico, cerró la brecha de la distancia entre ambos.
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“ . . . Hola, Hal.”
Saludó despacio, con voz rasposa y débil, adormecido por los químicos en su sistema.
“¿Qué... Qué haces aquí?”
Preguntó confundido, pues no se imaginaba que estaría buscándolo activamente de esa forma hasta encontrarlo.
Se volteó y soltó un suspiro aliviado al reconocer que se trataba de Haliax.
¿Por qué de todas las personas que podían encontrarlo en un momento así, tenía que ser él?
Irónicamente, también sorprendió a su amigo en un momento vulnerable, ahora los roles se habían invertido.
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Está demasiado roto para pertenecer a ningún lado.
La ilusión de tener un grupo de amigos, una familia feliz o una vida normal... Se quiebra como vidrio.
No importa cuánto lo intente, nunca cambiará.
El abismo que lleva dentro siempre encuentra una grieta por donde salir.
El bosque de noche es frío, pero el aire que entra a sus pulmones quema lo suficiente para mantenerlo cálido.
Chester está sentado en un rincón entre raíces expuestas, recostado junto a un tronco hueco.
Exhala una bocanada densa de humo que apenas logra disipar el miedo.
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Chester se abraza las rodillas, hundiéndose en la sombra mientras consume otra línea de sustancias para intentar adormecer el desastre en su mente.
Se odia a sí mismo, y a esos impulsos salvajes que siempre terminan arruinando todo.
Una vez más, no sabe convivir en sociedad.
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Acaba de reclamar algo hermoso en medio de la mugre, y ahora que lo tiene entre sus manos... No tiene la menor idea de cómo evitar destruirlo.
“Yo... También te quiero, Hal.”
Admite con el pecho ardiendo porque no lo merece, no es bueno para él, pero lo adora como a nadie más.
contra la del herrero. Un gesto de cercanía que ha quedado grabado entre ellos como una cicatriz.
Chester está jadeando, sonrojado, con los ojos húmedos y las orejas gachas.
Una risita temblorosa, casi histérica, se le escapa entre los labios.
“Estás... Completamente loco.”
+
Susurra con la voz rota, arañándole a penas la mejilla con una ternura peligrosa.
“Te dije que soy un veneno, Hal. Sabes lo dañado que estoy... Y aun así, me das esto.”
Hay un orgullo enfermo en su mirada, pero esa satisfacción también viene acompañada de un terror visceral.
+
para que no se le escape jamás.
Es un beso torpe, intenso y amargo, pero no llega a ser intrusivo ni se aventura a explorar la boca ajena más allá de juntar sus labios una y otra vez, con ansias de más.
Cuando finalmente se separa apenas un par de milímetros, apoya su frente +
de cariño suave y gentil que Haliax le ofrece.
Este idiota sólo sabe poseer, doler y aferrarse. Esa es su forma retorcida de amar.
Responde al beso con una voracidad casi agresiva, sujetando a Haliax de la nuca con las garras, tirando de él como si quisiera tragarlo entero +
No. Al sentir la dulzura de Haliax, tan suave y tan pura...
La vulnerabilidad desnuda de ese gesto, transforma el pánico en un incendio devorador alimentado por el anhelo que sentía por su amigo desde hace un tiempo.
Chester no sabe querer de forma limpia. No conoce ese tipo +
dolorosa desesperación que ambos comparten.
La primera reacción de Chester es un espasmo de puro pánico.
Su cuerpo se tensa. Su mente, retorcida por años de abusos, busca inmediatamente la trampa.
¿Esto es una burla? ¿Una forma de manipularlo? ¿Una muestra de lástima?
+
Ese beso inesperado lo congela por completo en el momento.
Por un segundo, el cerebro de Chester se queda en blanco, incapaz de procesar que la frontera que tanto temía cruzar acaba de desmoronarse por decisión del propio herrero.
El contacto es cálido, pero impregnado por la +