Me di cuenta de que Mariano ya no me quería cuando nos fuimos a dormir. No fue porque le sonó el teléfono a la madrugada y se fue a atender al baño, tampoco fue porque encontré un arito plateado en su auto cuando yo uso sólo dorado, en realidad fue por cómo me preparó el café.
Cuando falleció mi abuela, hubo muchas más risas que lágrimas. Anécdotas, vivencias y un sinfín de cosas que acabaron con mis padres, tíos y primos llorando de la risa.
Y creo que no hay nada más bonito que cuando te vayas la gente te recuerde con muchas risas.