Afortunadamente, el amago de invasión se disipó. Se evaporó como se evaporan las amenazas que ya cumplieron su función. Porque ese era el punto: no entrar, sino dejar la puerta abierta para que el miedo hiciera el resto. Y lo hizo. El impacto económico fue brutal. Allí ganaron. Otra jugada maestra del tablero donde el venezolano de a pie es siempre el peón que se sacrifica, el efecto colateral, la variable prescindible. Se atornilló un poco más la desesperanza. Se exprimió un poquito más el bolsillo. Operación exitosa, paciente en terapia intensiva.
Y aun así, porque el país es un misterio que ni los manuales de geopolítica ni las ONG saben explicar, el venezolano sigue de pie. No en nombre de una bandera partidista ni de un héroe digital, sino en nombre propio. En defensa de su mesa, de su familia, de su derecho elemental a no volverse loco. Se reinventa todos los días.
A veces pierde terreno, a veces avanza medio metro, pero sigue. Y lo hace en paz.
Eso es lo que no entienden quienes diseñan revoluciones de laboratorio: aquí la paz no es resignación, es estrategia de supervivencia.
Hay quienes esperan el estallido final. Sueñan, con cierto erotismo político, con el incendio de las avenidas, la furia colectiva, la gran escena histórica que por fin los justifique. Pero el venezolano no salió.
Y no porque no sienta rabia, rabia sobra, sino porque está agotado del guion. Se cansó del pastor que anuncia liberaciones que nunca llegan. Se cansó del salvador de micrófono. Se cansó de los que juraron que esta vez sí era la última. Se cansó de los himnos de guerra transmitidos por X y por WhatsApp.
Y en ese cansancio, que a veces parece derrota pero es aprendizaje, entendió que la violencia es una trampa. Una trampa cara. Una trampa que ya pagamos con vidas, con familias rotas, con madres que todavía esperan justicia que nunca llega.
Salvo dos o tres excepciones dignas, el resto solo recuerda a los caídos cuando conviene. Flores virtuales. Homenajes en PDF.
El venezolano quiere cambio, claro que sí. Pero no está dispuesto a ser otra vez figurante en una tragedia escrita en otra capital. No quiere instrucciones en inglés. No quiere un Mesías. No quiere un verdugo distinto. Quiere un país posible. Y eso, aunque a muchas le duela admitirlo, solo se construye hablando. Reconociéndose. Cediendo un poco aquí, empujando un poco allá. Negociando con el otro, aunque el otro sea insoportable. Porque este país, roto como está, todavía nos pertenece a todos.
Ojalá un día el sentido común, que anda por ahí como perro callejero, encuentre quien lo llame a casa. Ojalá se nos desinflame el odio. Ojalá volvamos a pelear por un país sin destruirlo en el intento.
Sí, hay utopía en estas palabras. Pero toda historia empieza con alguien diciendo algo que todavía no existe. Y pronunciándolo como quien enciende un fósforo en un cuarto oscuro.
Con mucho respeto y ánimo de reflexión invito a sectores políticos que aseguran que están "absolutamente preparados para tomar el control territorial e institucional de Venezuela de una manera pacífica”, que estudien esa tarea con un poco más de responsabilidad y sentido de realidad. Una "transición" no es un momento mágico en el que luego de depuesto el autócrata desaparecerán de un plumazo los antagonismos cultivados por más de dos décadas. No. Por similares razones la sola elección del 28J no llevó a los dueños del poder a cederlo de manera democrática, como manda la constitución, y decidieron cometer fraude. Asegurar un cambio político que sea pacífico, duradero y sostenible requiere habilidad política, diálogo y confianza, diseño de mecanismos formales e informales para la creación y mantenimiento de puentes y compromisos. Esto es, tiempo. Difícilmente la dinámica de guerra será preámbulo del paraíso. Como advertía el expresidente Ricardo Lagos: "obtener la mayoría para que Aylwin fuera presidente fue fácil; lo difícil fue esa otra transición”, una cuyo impacto en la opinión pública y los grupos de interés no es comparable con el momento en que se cede la banda presidencial.