Esta es mi hija Aranza de los angeles Hernández castillo de 20 años de edad,Aún sigue presa en una cárcel venezolana,Su único delito Ser hermana de un militar disidente,Exijo su inmediata liberación,Ella es inocente,,, Libertad para mí hija Aranza.
Como duele oír a un familiar tuyo de la tercera edad decir “Ya quiero que Dios se encargue de mí y me lleve. Ya no se puede vivir aquí. Todo sube de precio, la comida, mis medicinas. Mi pensión no alcanza ni para una harina PAN. Ya estoy cansado de vivir”.
Esta chama, (porque la conozco desde chama), aparte de ser excelente colega es mejor persona. Por favor, ayudemos en su tratamiento, porque la lucha ha sido constante y admirable desde hace varios años y sus recursos escasean. Es una guerrera con buena vibra y sonrisa perenne
Ayudar con un RT lo cuesta nada. No importa si usted solo tiene 20 seguidores. Hay probabilidad que entre esos 20 se encuentra la persona que puede ayudar al chico. Gracia de antemano.
Mi hija me pidió que la cambiara de colegio.
Así. Sin lágrimas. Sin enojos. Sin rabia.
Solo se me acercó mientras yo preparaba la cena y dijo despacio:
—“¿Puedo estudiar en otro lugar?”
Le pregunté si había pasado algo.
Me dijo que no.
Le pregunté si no tenía amigas.
Me dijo que no sabía.
Entonces le pregunté si alguien la trataba mal.
Y se quedó callada.
Esa noche no pegué los ojos.
Al día siguiente inventé que tenía que hablar con la directora.
Pero en realidad fui a mirar.
Me quedé en un pasillo y esperé al recreo.
Y ahí la vi.
De pie junto a la verja, con el termo en la mano, mirando al suelo.
Un grupo de niñas pasó y se empujaron entre ellas riéndose.
Un niño le tiró el jugo en la blusa y salió corriendo.
Otra niña le sacó una foto escondida con el celular y la mostró entre risas.
Ella no dijo nada.
Solo apretó los labios.
Como si ya estuviera acostumbrada.
Pero lo que más me dolió no fue eso.
Fue ver que una profesora pasó justo en ese momento.
La miró.
Miró a los otros.
Y siguió caminando como si nada.
Como si mi hija fuera invisible.
Después escribí al colegio.
Les conté lo que ella me había insinuado.
Que en el aula le escondían los cuadernos.
Que en los pasillos le ponían sobrenombres.
Que en el grupo de WhatsApp se burlaban de sus fotos.
Me respondieron con la típica frase:
—“No se preocupe, son cosas de muchachos. Lo estamos manejando.”
Pero no hicieron nada.
Nada.
Esa tarde, al volver a casa, me preguntó bajito:
—“¿Ya lo pensaste?”
Le respondí que sí.
Y que no tenía que volver más a ese colegio.
No preguntó por qué.
Solo dejó su mochila en la esquina y respiró profundo.
Como quien por fin suelta un peso que llevaba cargando sola.
Ahora estudia en otro lugar.
Ni más grande.
Ni más moderno.
Solo más humano.
Donde la miran a los ojos.
Donde la llaman por su nombre.
Y donde no tiene que hacerse pequeña para no ser molestada.
Porque un niño —o una niña— no pide un cambio de colegio por antojo.
Lo pide cuando ya no puede más.
Y lo más desgarrador no es lo que hacen sus compañeros…
sino lo que no hacen los adultos que se supone debían cuidarla.
Y ojalá esto no fuera tan común.
Ojalá no fuera yo una de tantas madres que aprendió demasiado tarde.
Porque hay algo que nunca se olvida:
el día en que tu hija te pide, casi en susurros,
que la saques del único lugar donde debería sentirse protegida.
Historia anónima
Entréguenle el hijo a esta pobre mujer 😓😓😓😓😓
Jonathan Guillermo Torres Duque lleva 10 meses preso sin haber cometido delito.
Hasta cuando tanta mierda. 🥹