Lo que hace que valga la pena vivir no viene del lado positivo. La energía para vivir proviene del lado oscuro, de todo lo que nos hace sufrir. Al luchar contra estos factores negativos, nos vemos obligados a vivir con más intensidad y plenitud.
Los hijos únicos aprendemos pronto a convivir con la soledad. Lo curioso es que, cuando alguien llega y te demuestra que no tienes que cargar con todo tú solo, entiendes que sentir no era debilidad; era una necesidad.