El presidente Uribe se ha equivocado sistemáticamente al escoger a quienes debían continuar su legado. Santos lo traicionó; Óscar Iván Zuluaga terminó envuelto en el escándalo de Odebrecht; Duque fue muy inferior a las necesidades del país. Durante su gobierno, Uribe terminó privado de la libertad y no se desmontaron las infamias construidas en su contra.
Paloma Valencia, su más reciente apuesta, es una buena persona, pero también resultó inferior a las exigencias de Colombia. Las urnas lo confirmaron.
Ahora bien, si alguien representa con mayor fidelidad el cuerpo de doctrina del uribismo, ese es Abelardo De La Espriella.
Ganó la Presidencia por fuera del partido del presidente Uribe, pero eso no lo convierte en su enemigo. No es un disidente del partido, porque nunca hizo parte de él; tampoco es un disidente ideológico. Es una voz independiente, con criterio propio, cuyas ideas coinciden ampliamente con los principios que el presidente Uribe ha defendido durante décadas.
Por eso, cuesta entender el pulso que se le están planteando, desde el uribismo, al nuevo presidente de Colombia.
Lo natural sería que el doctor Uribe viera con satisfacción que una persona cercana a él en lo personal y profundamente afín en lo ideológico sea quien hoy tenga la responsabilidad de aplicar esas ideas desde la Presidencia de la República.
Hay, además, una razón histórica para comprender lo que hoy sucede. El propio presidente Uribe fue, durante buena parte de su vida política, un disidente del Partido Liberal. Él sabe, porque lo vivió, que muchas veces los liderazgos más sólidos, más eficaces y más transformadores surgen por fuera de las estructuras tradicionales.