Así que esa es la explicación... Lo de declararse santo me parece una tontería, porque ni la mitad de los de blanco son tan buenos como presumen. Pero no sabía que es usted religiosa. ¿Y qué hacía en casa de la vecina?
¿No cree que declararse santo es un pecado en sí mismo, o al menos el signo evidente de varios pecados graves? Y sí, ya se me ha pasado. Mi perro no estaba perdido, sino en casa de la vecina.
Objetivo conseguido —coge dos copas de la mesa, aunque las dos son para ella—. Ahora que te has paseado, deberías hablar con alguna dama interesante. ¿Quieres mi opinión?
Qué le vamos a hacer, todavía albergo esperanzas. —exhala un suspiro, pero se deja llevar; el vino siempre ayuda a verlo todo con más claridad—. No estoy seguro, he venido solo para que no me echen en cara mi ausencia. ¿Qué hay de ti?
Los frentes están más que desvelados; no creo que la señorita Langford eligiera la temática pensando en esconderse. Entendería que fuera ella, en cualquier caso.
Eso hago, pero es difícil. Tienen tanto blanco como rojo, y además no tiene apariencia pecadora, que digamos. Una declaración de intenciones hecha vestido, supongo. ¿Se le ha pasado ya la angustia?
Pues esperas mucho, me parece a mí —se engancha a su brazo y lleva la voz cantante hasta la mesa de las copas; le es indiferente que el ofrecimiento haya salido de su primo—. ¿Y bien? ¿Alguien te llama la atención?
𝐉𝐔𝐈𝐂𝐈𝐎 𝐍º 𝟏: Edmund Hastings.
El acusado confiesa que:
1. Desayuna dos manojos de berros todos los días desde hace años.
2. Guarda el tabaco en una zapatilla persa.
3. Puede recitar las tarifas postales sin equivocarse.
¿Cuál es la mentira?