Mi abuelo tenía una frase que yo no entendía de niño.
Decía: el tiempo no vuelve, pero tampoco se va del todo.
No entendía qué significaba.
Le preguntaba y se reía.
—Ya vas a entender —me decía.
Murió cuando yo tenía 22.
Sin que yo entendiera la frase.
Han pasado trece años.
Tengo 35 ahora.
Un hijo de 4. Una vida construida.
Hace unos días mi hijo me preguntó algo mientras desayunábamos.
—Papá, ¿el abuelo tuyo te enseñó cosas?
—Sí.
—¿Qué cosas?
—Muchas. ¿Por qué preguntas?
—Porque el abuelo mío me enseñó a amarrar los zapatos ayer y quería saber si es normal que los abuelos enseñen.
Me reí.
—Es muy normal —le dije.
Pero me quedé pensando en mi abuelo todo el día.
En sus manos. En su voz. En esa frase.
Esa noche acosté a mi hijo.
Me pedió que le contara algo de cuando yo era chico.
Le conté una historia de mi abuelo.
De cuando me llevaba a pescar y yo no quería ir.
De cuando me enseñó a perder sin hacer berrinche.
De cuando me dijo esa frase que no entendí.
—¿Y qué significa? —me preguntó mi hijo.
—Creo que significa que la gente que amamos no desaparece del todo.
—¿Por qué?
—Porque los seguimos contando.
Mi hijo se quedó dormido antes de que terminara.
Yo me quedé sentado en el borde de su cama un momento.
Y ahí, por fin, entendí la frase de mi abuelo.
El tiempo no vuelve.
Eso es verdad.
Pero tampoco se va del todo
porque los que se fueron
viven en las historias que contamos
y en las preguntas que hacen los niños
un martes en la noche
antes de quedarse dormidos.