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Pensé que estaba enamorado de mi novia hasta que me llevó a conocer a su hermana.
Llevábamos unos seis meses juntos. Ella tenía 27; yo, 30 recién cumplidos. Era atenta, tierna, guapa y complaciente en la cama. No era la mejor amante del mundo, pero me gustaba hacérselo y me daba estabilidad sexual.
Llevaba varios días insistiendo en que ya era momento de conocer a su familia. Al final cedí. Iba a ser el cumpleaños número 22 de su hermana: un almuerzo familiar tranquilo, y así conocería a la familia.
Llegado el día, todo fue más sencillo de lo que esperaba. Padres amables, madre cariñosa y padre un poco celoso, lo normal: al fin y al cabo me andaba comiendo a su princesa mayor. El resto de la familia estaba bien, tías chismosas y abuelos amorosos. Quien destacaba entre todos era la cumpleañera.
Mirada pícara, femenina e irreverente a la vez. Veintidós años, maliciosa, divertida y sumamente deliciosa. Tetas redondas, firmes y grandes, abdomen plano, culito paradito de esos que provocan darles una nalgada sin pensar en las consecuencias. Se me iban los ojos viéndola, imaginándola desnuda y pensando que debía ser mejor en la cama que su hermana, mi novia.
Ella no es tonta y no le pasó desapercibido mi interés. Me miraba de reojo unas veces y otras sin disimulo, y solo me sonreía con fuego en esos ojitos de chica con las hormonas alborotadas. Charlamos sobre gustos en común y descubrí que había más coincidencias con ella que con su hermana. Nos agregamos a redes. Mi novia se fue encantada de que me llevara tan bien con su familia y, sobre todo, con su hermana. Yo, encantado de tenerla en mis redes y poder jalármela viendo sus fotos en traje de baño, en el gym enseñando el culo o mostrando esas tetas en un top deportivo.
Mi novia se iba de viaje por dos semanas por un tema laboral. Quedé con su hermana de ver una serie que a ambos nos interesaba. Yo solo quería estar cerca de ella; ella, al parecer, también llevaba otras ideas.
Llegó al apartamento en ropa deportiva: una licra apretada que le levantaba la cola y se la hacía ver más grande, y una sudadera que se quitó y dejó un top pequeño. Dijo que venía del gym. Yo sabía que le gustaba provocar. Le dije que no importaba, que me gustaba el paisaje. Ella solo rió y me miró directo a los ojos.
Pusimos la película, pero cada vez nos acercábamos más. Me manoteaba juguetonamente cuando la molestaba con algo. Nos tomábamos de las manos hasta que, en una de tantas, nos besamos, con morbo y sin culpa. Nos separamos y le dije que ambos sabíamos que para eso habíamos quedado. Ella solo asintió, mordiéndose el labio y con una risita maliciosa.
La alcé y la llevé a la habitación. La desnudé. Me di gusto pasándole la lengua por ese cuerpo hermoso mientras pensaba en el viejo celoso de su padre y en lo que diría al saber que ahora me comía a sus dos princesas.
Le mordí las tetas, le amasé y mamé el culo, le hice sexo oral hasta que la hice venirse. Tras su primer orgasmo me montó. Esa chica es el diablo: sabe que sus tetas son una delicia y que al ponerse a dar sentones rebotan e hipnotizan. Se movía adelante y atrás con calma y luego me daba saltitos en la verga. Llegó su segundo orgasmo y tuve que reunir todas mis fuerzas para aguantar y no correrme.
La tomé, la volteé y ahora era mi turno. La puse debajo de mí. Sonrió y me dijo: "Cógeme como a ella", refiriéndose a su hermana. La penetré con fuerza hasta verla poner los ojos en blanco y le ordené que se pusiera en cuatro. Paró el culo como una profesional. Con la vista de sus nalgas blancas apuntando a mi verga y esperando que la clavara, le di hasta que la habitación se llenó del golpeteo de nuestros cuerpos. Cuando supe que me iba a venir me quedé dentro, no la saqué, y empecé a descargar todos los chorros en su interior. Luego pensaríamos en las consecuencias; por ahora, el sentimiento de eyacular dentro suyo le ganaba a todo.
Le llené la espalda de besos, la abracé y nos dormimos en la misma cama en la que también me cojo a su hermana.