Si he de construir un amor, que sea un amor que no prometa eternidades.
Que te mire en tu falta
/sin salir corriendo/
Que no necesite incendiarlo todo.
Que acompañe.
Y que, en ese acompañar, acepte el riesgo.
El de no asegurar,
de no cerrar, de no saber.
Un amor que no capture
/que elija quedarse/
Suena romántico!!…Pero, en realidad es una fantasía. Nadie puede suturar la falta estructural.
Cuando creemos que el otro la forcluye, lo colocamos en el lugar de lo que nos completaría.
Y lo sabemos, sin falta no hay deseo.
Sin falta no hay sujeto.
El amor no borra la falta.
La rodea, la bordea, incluso a veces la hace más evidente.
Toda elección es una apuesta.
No hay garantía previa, solo una toma de posición.
Se elige sin saber del todo y el sentido aparece después, cuando se habita lo elegido.
Lo más valioso de la cura no radica en la promesa de una plenitud imposible, sino en esos instantes donde lo insoportable afloja y se abre la posibilidad de seguir habitando.
Como lo escribe Claudia Masin: “…la cura es ese bálsamo, ese momento en que el padecimiento descansa. Es transitoria y frágil, no un estado sin fisuras.”