Soy obispo para vosotros, con vosotros soy cristiano. Si por un lado me aterroriza lo que soy para vosotros, por otro me consuela lo que soy con vosotros.
No se deben menospreciar, ni arrojar los cadáveres de los difuntos. Los cuerpos de los muertos están, como todas las cosas, bajo la providencia de Dios, a quien agradan semejantes oficios de piedad -sepultar a los difuntos -, para confirmar la fe de la resurrección.
Cuidar del entierro, elegir la sepultura, preparar exequias y el funeral más podemos caracterizarlas por consuelo de los vivos que por socorro de los muertos. ¿Qué provecho se sigue al impío tener un precioso mausoleo? Al justo no perjudica ser sepultado en una fosa o en ninguna.
No debe tenerse por mala muerte aquella a que precedió buena vida, no hace mala a la muerte sino lo que a ésta sigue indefectiblemente; por esto los que han de morir, no deben hacer caso de lo que les sucede en su muerte, sino del destino adonde se les fuerza a marchar al morir.
Los santos no pierden nada con la pérdida de las cosas temporales. Si dicen que perdieron cuanto poseían, pregunto: ¿Perdieron la fe? ¿La religión? ¿Perdieron los bienes del hombre interior, que es el rico en los ojos de Dios? Éstas son las riquezas y el caudal de los cristianos.
Para este fin están puestos los centinelas, los prelados eclesiásticos para que no dejen de reprender los pecados y procurar la salvación de las almas; no por eso estará totalmente exento de culpa, aquél que, aunque no sea prelado, ve muchas acciones que reprender y no lo hace.
Dios atribula junto con los malos a los buenos cuando quiere castigar las corrompidas costumbres con la aflicción de las penas temporales. Derrama sobre unos y otros las calamidades y los infortunios, no porque juntamente vivan mal, sino porque aman la vida temporal como ellos.
La culpa está en que los que viven bien y aborrecen los vicios de los malos, disimulan los pecados de aquellos a quienes debieran reprender procurando no ofenderlos porque no los acusen de las acciones que los inocentes usan lícitamente.
Una misma adversidad prueba y purifica a los buenos, y a los malos los reprueba y destruye; en la misma los pecadores abominan y blasfeman; los justos glorifican y piden misericordia; la diferencia está no en la calidad del mal que se padece, sino en las personas que lo sufren.
Si Dios fuese tan franco que concediese las felicidades temporales a cuantos las exigen de su bondad, pensaríamos que no debíamos servirle por otro motivo que por la esperanza de iguales premios, semejantes gracias no nos harían piadosos y religiosos sino codiciosos y avarientos.
Hay una diferencia notable en el modo con que usamos de las cosas, de las prósperas como las adversas; el bueno ni se ensoberbece con los bienes ni con los males se quebranta; al pecador le envía Dios adversidades ya que en el tiempo de la prosperidad se estraga con las pasiones.
Es innegable que el Omnipotente tiene aparejados en la otra vida a los justos unos bienes de los que no gozarán los pecadores, y a éstos unos tormentos tan crueles, con los que no serán molestados los buenos.
La misericordia de Dios usa de benignidad con los buenos para regalarlos después y conducirlos a la posesión de los bienes celestiales; y su severidad y justicia usa de rigor con los malos para castigarlos como merecen.
Hemos de entender que la paciencia de Dios respecto de los malos es para convidarlos a la penitencia, dándoles tiempo para su conversión; y el azote y penalidades con que aflige a los justos es para enseñarles a tener sufrimiento y que su recompensa sea digna de mayor premio.
Todos los hombres desean ser felices y no todos pueden serlo, porque en realidad no todos quieren vivir rectamente y es a esta voluntad de vivir rectamente a lo que se debe la vida feliz.
Cuando decimos que los hombres son desgraciados por su propia voluntad, no queremos significar que quieran ser desgraciados, sino que son de una voluntad tal, que a ella se sigue necesariamente la desgracia aun sin buscarla ellos.
después lo que antes había aprobado, precipitándose, no obstante, en nuevos errores; ya suspendiendo su juicio, dudando las más de las veces de razonamientos clarísimos; ya desesperando en absoluto de encontrar la verdad, sumiéndola por completo en las tinieblas de la estulticia?
¿Debe acaso considerarse pequeño castigo el que los bajos instintos dominen a la mente, y el que después de haberla despojado del caudal de su virtud, como a miserable e indigente, la arrastren de acá para allá, ya aprobando y defendiendo lo falso por verdadero; ya desaprobando..
Para dar verbalmente, y en cuanto me es posible, una noción breve de la ley eterna, que llevamos impresa en nuestra alma, diré que es aquélla en virtud de la cual es justo que todas las cosas estén perfectamente ordenadas.
¿Acaso no obraría igualmente bien el varón que, conservándose incontaminado en medio de la general corrupción y gozando a la vez de gran poder, privase a este pueblo de la facultad de conferir honores, para depositarla en manos de unos pocos buenos, incluso de uno solo?
Si un pueblo llegara poco a poco a depravarse de tal manera que prefiriese el bien privado al público, y vendiera su voto al mejor postor, y, sobornado por los que ambicionan el poder, entregara el gobierno de sí mismo a hombres viciosos y criminales,... (Sigue)