La oferta libresca de esa almoneda me hace pensar en dos posibilidades: o bien es la herencia de un lector fallecido o el alivio de uno que estaba hasta los mismísimos más ensimismados del autor.
Alguien que lamento no haber conocido en persona –al margen de su obra pictórica y literaria– y haberme tomado unos negronis con él. No sobra gente así en la taberna de la cultura española, donde debería figurar la leyenda: «Prohibido escupir»