Me gusta pensar que a los que no creyeron en uno, Dios les tiene reservado un asiento en primera fila para que vean cómo te levantas después de recibir burlas, humillaciones o traiciones. Les guarda el mejor lugar para que presencien cómo florece aquel que fue pisado y desechado, y cómo brilla aquel al que juraron ver caer.
Hoy estoy convencido: el que camina con Dios no necesita venganza, solo paciencia. Porque nuestro Señor se encarga de que cada una de nuestras heridas tenga testigos cuando se transforman en victorias. Y cuando llegue ese día —porque llegará—, no camines con arrogancia, sino con humildad. Que tu vida muestre que es posible ser quebrado y, aun así, elegir no endurecer el corazón. Porque si en verdad andas con Dios, sabes que no te toca devolver el golpe, sino transformar el dolor en sabiduría.