Lo peor de tener ganas de escribirte es saber exactamente cómo terminaría: yo esperando una respuesta, tú contestando por compromiso o quizá ni respondiendo, y yo arrepintiéndome de haber vuelto a abrir una puerta que me costó demasiado cerrar.
Qué manera tan injusta de soltar a alguien: dejar que el desinterés, la distancia y la frialdad hagan todo el trabajo, hasta que la otra persona se canse de sostener algo por su cuenta y no le quede más que marcharse.
Si la crítica viene de alguien que durmió en mi casa, comió en mi mesa, recibió mi apoyo y disfrutó de lo que yo compartía, entonces sus palabras hablan más de esa persona que de mí.
“Estás diferente”
– Dijiste algo que no me gustó
– Estoy de mal humor
– Se me acabó la batería social
– Vi algo que no me agradó
– Estoy sobrepensando
– Todas las anteriores
Se nota muchísimo cuando alguien quiere tenerte en su vida y cuando le da igual. Llega un punto en el que entiendes que no vale la pena quedarte donde tu presencia es indiferente. Ya fue suficiente tiempo sintiendo que no te valoraban. Y aunque tomar distancia no siempre sea fácil, a veces también es necesario.
No se pierde a alguien porque se acabe el amor. Se pierde cuando se posterga lo que importa, se evade la responsabilidad y se espera que el tiempo lo resuelva todo. La paciencia de quien ama también tiene un límite: primero espera, después intenta y, al final, se cansa. Y cuando se va, no siempre es porque dejó de querer, sino porque entendió que querer no basta sin madurez, presencia y compromiso.
Tengo entendido que a las personas hay que darles la libertad de hacer lo que quieran. Al final, quien quiere quedarse, se queda; quien te quiere, te respeta; quien te quiere en su vida, te mantiene cerca. Y quien quiere irse, se va.