La noche se viste de sombras espesas,
tu piel y la mía ya ignoran la distancia,
somos una brasa que desafía el frío,
un latido hondo que aviva la hoguera.
Mis manos recorren los mapas de tu cuerpo
sembrando chispas sobre la paciencia,
y el aire se vuelve denso, casi intocable.
No hay nombres que salven este abismo, solo un latido espeso que huele a noche hincada y a promesas que arden sin encender fuego.
Ven,
la penumbra guarda el secreto exacto de lo que duele antes de probarse, y el aire aquí es tan denso que casi se puede morder.
Evitemos al amor,
seamos amantes despiadados,
usufructuemos la carne desesperada,
seamos esclavos del placer,
cumplamos el pecado
que nos tatuó
el hambriento destino.
La sombra se detiene en la cornisa de tu talle, un pulso de agua tibia que busca su cauce entre la bruma de los cuerpos. Tu respiración dibuja mareas en mi pecho, un idioma secreto que se dice sin voz, hundiéndose despacio en la memoria de la espuma.
Eres el vicio espeso
que gotea en la comisura de los labios,
una promesa de naufragio
que se enreda en la garganta
y sabe a ceniza dulce,
a culpa que se desliza sin pedir permiso.
Un susurro de medianoche
te recorre la piel como aceite tibio
sobre metal frío,
mientras la habitación
se traga las sombras
y apenas deja respirar el pulso.
Te vuelves adicto a alguien, entierras la razón en algún recodo del destino, dejas que el deseo sea el principio y el clímax, el mundo deja de girar y solo en ella te sientes plenamente vivo. #Poerotic
Entramos al deseo mordiendo la pulpa de la sombra, con los dientes hambrientos de tocar la médula, dejando que el sudor derrita los bordes de la piel hasta que los cuerpos se vuelven una sola herida abierta que arde, cede y devora en silencio.
Descubrí gemas
donde reinaba la piel,
donde el ocaso cauteriza la historia,
en el espacio oscuro,
de un recuerdo lujurioso,
lleno de tu esencia lejana.
La noche desabotona su vestido de sombras para dejarnos caer dentro del abismo, donde el deseo se vuelve ciego y táctil, y nos consumimos sin testigos, ardiendo despacio en el centro de la nada.
Navegamos en silencio hacia el fondo de la carne, donde el tiempo se detiene en la humedad del pulso y el aliento se vuelve un idioma antiguo que solo desciframos al perder la forma.