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Los bombardeos estadounidenses en Irán están alcanzando proporciones nunca antes vistas.
Bases enteras de las Guardias Revolucionarias han sido completamente destruidas. Depósitos subterráneos de misiles han sido atacados con bombas anti-búnker, y las imágenes que llegan desde diferentes sitios de Irán son estrujantes. Decenas de lanchas rápidas con las que Irán realizaba muchos de sus ataques y sabotajes en el Estrecho de Ormuz han sido hundidas. Prácticamente no hay nada que esté a salvo. El agobio al que está siendo sometido Irán no tiene precedentes.
Pero acaso lo más importante es que Estados Unidos ha comenzado a golpear la base de la economía iraní.
Han sido bombardeadas instalaciones importantes petroleras, gasíferas, petroquímicas e hídricas.
Es el punto máximo de asfixia económica al que se puede llegar.
Irán es un país que nunca desarrolló alternativas importantes a su economía petrolizada. Sus principales ingresos siempre llegaron desde ahí, concretamente de la venta de petróleo, gas y productos petroquímicos.
Estados Unidos ya había comenzado a ahorcar la economía del régimen por medio de sanciones, pero fue un paso más adelante cuando impuso un bloqueo total en el Estrecho de Ormuz a la navegación iraní o a la navegación con petróleo iraní. Las pérdidas eran de 400 a 500 millones de dólares diarios. Sin embargo, Irán pronto encontró alternativas para paliar esa situación. Una fue el traslado del petróleo por vías férreas hacia Rusia o hacia Turkmenistán (para llegar hasta China); la otra fue contar con la complicidad de Irak para que este país vendiera petróleo iraní revuelto con el propio, y así hacerle llegar a los ayatolas (o a sus aliados como Hezbollá y Hamas) dinero en efectivo.
La semana pasada Irán perdió esas dos opciones. El gobierno iraquí repentinamente lanzó una purga y arrestó a todos los funcionarios que colaboraban con Irán, decomisando además millones de dólares en efectivo. Irak se ha pasado al bando de los Estados Unidos.
Luego vino el bombardeó a las vías férreas por donde salí el petróleo. Ya no hay manera de moverlo.
Ahora, los Estados Unidos van todavía más lejos: están comenzando a destruir la infraestructura misma del negocio. Ya no se trata de bloqueos o de traiciones, de cancelar rutas o de sancionar clientes.
Se trata de que Irán cada vez tendrá menos petróleo, menos gas, menos petroquímica.
Menos negocio.
Rutas alternativas las puede haber; países dispuestos a comprarles, también. Pero si no hay nada que vender, de nada sirve.
La capacidad de respuesta iraní se ha evidenciado como patética. Su bombardeo más agresivo fue de algo más de cien misiles y drones (dato que ni siquiera está del todo verificado; apenas es un cálculo), y estos se distribuyeron entre cinco países árabes (Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Qatar y Omán). Ni siquiera hubo un intento por atacar Israel. El monstruo militar que amenazaba con lanzar miles de misiles por todo el Medio Oriente ya no existe. Está hecho polvo.
La última carta de Irán vuelve a ser el Estrecho de Ormuz. Tratar de cerrarlo para que los precios del petróleo se vayan a las nubes. Para ello no necesita imponer su control militar. Basta con provocarle miedo a todos los posibles usuarios del estrecho.
La estrategia no está funcionando. Ya han abierto los mercados en Asia y Europa, y aunque el preció del Brent subió discretamente, se ubica en el rango de los 77 USD, muy lejos de los casi 120 USD que llegó a costar a finales de abril de este año.
Después de que se supiera que Irán había desarrollado planes para asesinar al presidente Trump, es prácticamente imposible que Pakistán y Qatar logren otro alto al fuego. Tal parece que Irán y Estados Unidos están decididos a luchar el round final (que puede prolongarse mucho tiempo), y llevar esto hasta sus últimas consecuencias.
Ya veremos si es así.
Pero, como sea, es más que evidente que Irán llegó en total desventaja a esta nueva fase del enfrentamiento, y Estados Unidos está aprovechando esa situación.