Puede que en algún momento el miedo te pese más que el trabajo, o la ansiedad te comience a apagar la fe que ayer sentías fortalecida.
Y te preguntas cómo seguir con gozo cuando por dentro hay tanto caos.
Por eso hoy esta oración no empieza pidiendo fuerza tuya. Empieza recordando quién es Él.
El Espíritu Santo, que en el principio se movía sobre las aguas, dando vida y forma a lo que era vacío, es el mismo que hoy puede moverse sobre tu día.
Sobre ese día que empezó desordenado, sobre esos pensamientos que hoy te debilitaron, sobre esa lucha donde sientes que ya no tienes ánimo de seguir.
Entregar el día al Espíritu Creador es decirle:
"Ven, Espíritu Santo, ven y ponle forma a lo que yo hoy no pude ordenar. Ven Tú a darle vida a lo que en mí hoy se apagó".
Que hoy, en cada batalla pequeña de este día, Él sea tu espada y tu refugio. Que guíe tus pasos con una inspiración, con una solita.
Si deseas, deja aquí en oración lo que hoy quieres entregarle.
Ven, Espíritu Santo, ven.
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Sangre de Cristo, cúbreme, protégeme y libérame.
Esta oración a la Preciosa Sangre es un completo refugio, no es un amuleto ni una fórmula mágica. Es recordar que, aunque estés expuestos a terribles males del mundo, no vas solo en el camino, no va sola.
Hay una protección que no viene de tus fuerzas, sino de un Amor que ya dio todo por ti en la Cruz.
Esta protección puede cubrir tu casa, tu trabajo, tus finanzas, tu camino, tu mente, eso que no le cuentas a nadie.
¡Solo basta tener fe!
Muchos buscan protección en mil lugares, y se nos olvida que la verdadera protección es saber que nada podrá apartarnos de ese Amor que nos sostiene.
Hoy, antes de seguir con todo lo que tienes que hacer, regálate un minuto frente a esta imagen. No para repetir palabras de memoria, sino para recordar dónde estás resguardado.
Sangre de Cristo, protégeme contra todo mal.
Cúbreme, protégeme y libérame.
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