Semana del 21-27 septiembreen Cuba: apagones con déficits de más de 2.000 MW, turismo en mínimos históricos (450 mil visitantes ene-ago) y el periodista Henry Constantín entra en prisión. En la ONU el régimen habla de “acto de guerra”; Trump descarta intervención militar. ~813 presos políticos según OCDH. La crisis no da tregua.
La semana cierra con el mismo patrón: apagones extremos, turismo hundido y un periodista más en la cárcel. Henry Constantín ya está en Kilo 7 y el proceso es un esc��ndalo de garantías. Mientras en la ONU se pelean, aquí la gente sigue sin luz y sin comida.
Continúa la represión selectiva contra periodistas independientes y la crisis estructural de apagones, escasez e inflación que degradan las condiciones de vida de los ciudadanos. El periodista Henry Constantín permanece en prisión provisional en Camagüey mientras se dilata su hábeas corpus. Los déficits eléctricos superan los 1.800 MW de forma reiterada y la inflación interanual oficial alcanzó el 25,19 % en agosto, con alimentos como principal motor.
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Metamorfos con boli y listillos del carné.
Alejandro González.
Llamémoslos así, para no andar con eufemismos de salón. Los primeros son los ilustrados. Los que tuvieron letras, cátedra, micrófono o editorial. Entregaron adjetivo y metáfora a la Revolución mientras esta les devolvía casa, viaje, rango y la vanidad de sentirse indispensables. Cuando el sistema les recortó — la columna de diario, la dirección de revista el Editorial de instituto oscuro, o la radio de provincia, para enviarlos de misión a un país sin luces— descubrieron, con una rapidez casi milagrosa, que el socialismo real tenía costuras.
Su conversión suele ocurrir entre la sala de embarque y el primer café en tierra extraña. Por eso también les sienta el apodo de damascenos de terminal, la versión miserable de Saulo rumbo a Damasco. A estos el relámpago les cae precisamente cuando ya no hay que chequear el pasaje. Los segundos los listillos, no necesitan poesía. Son menos ilustrados, pero más prácticos: los pícaros del carné. Son: El cuadro medio, el oficial de oficina, el de la Sección que nunca firmó un verso, pero sí un informe.
No brillaron en el Granma ni en la revista Opina; brillaron en el expediente ajeno. Trepadores de barrio con rango, paracaidistas de azotea, especialistas de la consignación y del silencio oportuno. Cuando el régimen los apartó, también a ellos les facilito el trámite para un destino lejano les dejó la puerta entreabierta. No escriben manifiestos de gran estilo; pero aprenden rápido el vocabulario nuevo. Ayer “contrarrevolucionario”; hoy “perseguido político”. Ayer el acto de repudio; hoy la foto con la bandera correcta. El talento aquí no es literario: es de supervivencia. Ambos habitan la misma fauna.
Ni unos ni otros son quienes plantaron cara desde dentro y pagaron con cárcel, persecución, acoso o destierro verdadero. Esos tienen otra sangre. Estos dos linajes sirvieron mientras convenía, callaron mientras convenía y se reconvirtieron cuando el privilegio se acabó. El gobierno, siempre ahorrativo, no los expulsó por piedad: los empujó fuera para que siguieran rindiendo. Ya no como engranaje interno, sino como voceros de ocasión. Y ellos, apenas pisaron tierra extraña, se creyeron investidos de autoridad y de una legitimidad que no pagaron. Desde esa pretendida altura improvisada se permiten detractar a quienes sí se opusieron dentro, a los que armaron —con riesgo, no con pasaporte— estructuras políticas o sociales alternativas.
Los metamorfos y los ladinos no solo reciclan el discurso: pretenden, además, dar lecciones a quienes resistieron cuando ellos todavía firmaban el parte.
El exilio, a veces demasiado generoso con las biografías incompletas, ha izado a trepas metamorfos y pícaros por igual. Unos suben con citas de Martí recicladas; otros, con el instinto del que siempre supo de qué lado soplaba el viento. El fango, en ambos casos, se vuelve altura. Y el torbellino —ese que confunde arrepentimiento tardío con heroísmo— sigue haciendo su trabajo: elevar lo que ayer era engranaje y hoy se presenta como conciencia despertada. Cinco minutos les bastan. A los ilustrados les alcanza para cambiar el adjetivo. A los pícaros, para cambiar de chaqueta. El régimen les dio primero el privilegio y después el escenario. Ellos, cada uno en su estilo, solo tuvieron que ocuparlo.
🇨🇺🇪🇺 Sonia Álvarez Campillo, esposa de Félix Navarro y madre de Saylí Navarro, agradece al @Europarl_EN la importante resolución aprobada este jueves, en la que se exige la liberación de ambos y de todos los presos políticos.
“Quiero agradecer especialmente a los grupos políticos que la promovieron, así como a todos los eurodiputados y grupos que, con su voto, la han respaldado”.
“Agradecemos profundamente que el Parlamento Europeo haya pedido de manera clara su liberación inmediata e incondicional, junto con la de todos los presos políticos cubanos. Valoramos también especialmente la preocupación expresada por la salud de Félix y la exigencia de que reciba una atención médica inmediata, adecuada e independiente”.
“Como esposa y como madre, les doy las gracias por no mirar hacia otro lado”.
“Esta resolución es también un mensaje de esperanza para quienes sufren prisión y para sus familias. Les dice que no están solos, que fuera de las cárceles cubanas hay personas e instituciones que conocen lo que están viviendo y que siguen reclamando el respeto de sus derechos”.
“Cuando algún día se escriba esta dolorosa y nefasta etapa de la historia de nuestra patria, quedará también constancia de que, desde Europa, el Parlamento Europeo estuvo al lado de quienes lucharon por la libertad y los derechos humanos en Cuba”.
Sonia también destacó la labor de las organizaciones de cubanos que siempre han acompañado a su familia y a las de otros presos políticos, y que han contribuido a que sus voces sean escuchadas internacionalmente.
Camagüey, Cuba. La policía política arrestó nuevamente el pasado 22 de agosto a Alexis Sabatela Ugarte, expreso político y miembro del Observatorio Cubano de Derechos Humanos en Cuba. Alexis sigue detenido en el cuartel de la seguridad del Estado de Camaguey conocido como Villa María Luisa.
En el año 2022 se crea a instancias del Observatorio cubano de Derechos Humanos OCDH) la Alianza Cristiana de Cuba: este video trata de imágenes de su creación sus miembros fundadores y sus líneas de trabajo en Cuba, la Aliaza cristiana de Cuba junto a la Alianza Campesina de Cuba tienen acceso a un importante número de personas dentro de la Isla. https://t.co/2kzvo5dNVA
@SecRubio@StateDept@RepCarlos@MarioDB@RepMariaSalazar@SenRickScott@tedcruz
La mañana de la Santa Ana
Alejandro González Raga
Cada 26 de julio el régimen cubano celebra lo que llama Día de la Rebeldía Nacional, y sus alabarderos repiten una fórmula que conviene mirar despacio, porque en ella cabe todo el asunto: la mañana de la Santa Ana. No es un hallazgo poético inocente. Es un intento deliberado de santificar un crimen.
Empecemos por la fecha, que es lo primero que la fórmula falsifica. El 26 de julio no fue elegido por devoción. En Santiago de Cuba las fiestas patronales enmarcan el carnaval: Santa Cristina el 24, Santiago Apóstol el 25, San Joaquín y Santa Ana el 26. La ciudad llevaba dos noches sin dormir, la guarnición estaba relajada por la fiesta, y las calles llenas de gente, congas y ron permitían mover automóviles y hombres armados sin llamar la atención. Que nadie confunda los términos: una santa no encubre a nadie. Fueron ellos los que se escondieron detrás de su fiesta, que es cosa distinta y peor. Escogieron ese día por cálculo militar, y hay que decirlo con la palabra exacta del derecho penal, porque existe y es esa: alevosía. Alevosía es emplear medios que aseguren la ejecución sin riesgo de que la víctima pueda defenderse. Es lo que agrava un delito en cualquier código, en el de entonces y en el que ellos mismos escribieron después. Este fratricidio en Cuba se enseña a los niños como heroísmo. Y no les bastó con usar los festejos como pantalla; años después le pusieron nombraban el acto, Como la mañana de la Santa Ana, para que el disfraz durara toda la eternidad.
No hace falta que lo diga yo. Lo dicen ellos. Una compilación oficial cubana de 2023 cuenta, con orgullo y sin advertir lo que está admitiendo, que Carmelo Noa Gil (asaltante al Moncada) pidió permiso en su trabajo el 24 de julio de 1953 alegando que iba a los carnavales de Santiago. Murió dos días después en la posta 3. La coartada está documentada por los propios herederos de la coartada.
La alevosía no fue un recurso de una sola vez. Es el método de la casa.
Yo lo sé porque lo usaron contra nosotros me lo aplicaron a mí. La oleada represiva que hoy llamamos la Primavera Negra empezó en la madrugada del 18 de marzo de 2003 y se cerró el día 20, con setenta y cinco detenidos: periodistas independientes, bibliotecarios, sindicalistas, activistas. Las tropas norteamericanas entraron en Irak el 20. Es decir: el régimen no reaccionó a la guerra, se anticipó a ella. Movió sus patrullas durante el ultimátum, en la ventana exacta en que el mundo entero miraba hacia otro lado, calculando que unas decenas de cubanos esposados no cabrían en ningún noticiero. Después vinieron los juicios sumarios de principios de abril, con penas de seis a veintiocho años; a mí me tocaron catorce. Y el 11 de abril, dos días después de la caída de Bagdad, fusilaron a tres jóvenes que habían secuestrado una lancha sin matar a nadie, tras un proceso de nueve días. Misma técnica, medio siglo después: esperar el ruido ajeno para que no se oiga el disparo propio. Aquella vez calcularon mal y el mundo sí se enteró, pero la intención estaba a la vista, y era la de siempre.
Volvamos a 1953, ahora sin incienso.
En la madrugada del 26 de julio, unos ciento veinte hombres vestidos con uniformes del ejército cubano —para ser tomados por lo que no eran— atacaron el cuartel Moncada, la segunda fortaleza militar del país, mientras una veintena hacía lo propio con el cuartel Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo. Iban a apoderarse del arsenal. Los soldados que estaban dentro no habían convocado nada, no habían votado nada y no sabían nada: dormían, y algunos venían del carnaval. Aquella mañana murieron, según la fuente que se consulte, entre once y diecinueve soldados y policías. Eran cubanos con nombre y apellido, y ninguno figura en mausoleo alguno, porque en la historia oficial los muertos del otro bando no son muertos: son decorado. Sus nombres están en la sentencia de la Causa 37 de 1953, que fijó una indemnización a sus familias que jamás se pagó, y en unos periódicos que el régimen siguiente clausuró. Setenta y tres años después no hay en Cuba una sola lápida con esos nombres, y la única razón es que perdieron.
Sé perfectamente lo que ocurrió después, y no lo escondo. El ejército de Batista ejecutó a asaltantes que capturó, por orden del coronel Del Río Chaviano; Fue un crimen y así hay que llamarlo. Pero conviene entender lo que ese crimen hace y lo que no hace. Convierte al régimen de Batista en lo que era: una dictadura cruenta. No convierte el asalto en el acta de nacimiento de la libertad. Un asesinato posterior no santifica el asesinato anterior. Son crímenes igualmente alevosos.
Porque el asalto, y es aquí donde el 26 de julio se enlaza con todo lo que vino detrás— no fue un método accidental: era el método. El verbo tomar no es un adorno retórico, es la constitución no escrita del régimen que nacía. Y establece una norma que después ya nadie puede derogar: si el poder pertenece a quien lo arrebata, pertenece también a quien lo arrebate mañana. El acto fundacional enseña a todos los presentes cuál es la única regla verdadera del lugar, y esa regla es la más antigua de todas: manda el que puede. Es exactamente la ley de la selva, con himnos y medallas. Quien funda un poder sobre el asalto no puede después prohibir el asalto sin confesar que su propio origen era ilegítimo. Solo puede monopolizarlo. Y el monopolio de la violencia interna, ejercido sin ley, tiene un nombre viejo y exacto: tiranía
De ahí que las revoluciones devoren siempre a sus hijos. No es una tragedia inesperada: es un corolario. Y en el caso del Moncada no hay que ir a buscar ejemplos ajenos, porque los dio la propia nómina de aquella madrugada. Mario Chanes de Armas asaltó el Moncada, salió del Presidio Modelo con Fidel el 15 de mayo de 1955 y desembarcó después con el Granma. Fue detenido en 1961 y cumplió treinta años en las cárceles de la Revolución: él solo, preso más tiempo del que duró entero el régimen de Batista, que fueron seis años y diez meses. Los cumplió enteros. El día que salió, enseñando su carta de libertad, resumió los treinta años en una frase: no lo amnistiaron, no lo soltaron, cumplió hasta la última hora. Y de la fotografía de aquella salida del presidio de 1955, la que Cuba publica y república, él ha desaparecido. No lo borraron: recortaron el encuadre justo antes de donde estaba, al final de la fila, de traje y con su maleta en la mano. El resto de la imagen es idéntica; lo único que sobra en la versión completa es un hombre. Eso es lo que se le hace a quien rechaza el favor: no basta con encerrarlo treinta años, hay que quitarlo del retrato de familia.
Gustavo Arcos Bergnes cayó en el Moncada con una bala en la columna que casi lo deja inválido y que lo dejó fuera del Granma; fue embajador de la Revolución en Bruselas y terminó en sus cárceles. Salió, y en 1981 volvió a entrar junto a su hermano Sebastián, esta vez por intentar salir del país. Murió en La Habana en 2006 presidiendo un comité de derechos humanos que el Gobierno jamás quiso legalizar. Sebastián murió de cáncer en el exilio en 1997. Una sola familia: un hermano herido asaltando el Moncada, los dos presos del régimen que aquel asalto fundó. Huber Matos fue a la cárcel por escribir una carta. Camilo Cienfuegos se perdió en el aire. Ochoa fue fusilado por sus propios compañeros de la Sierra Maestra treinta años después. No fallaba el sistema: funcionaba.
Y está el caso que lo resume todo, porque cierra el círculo entero. Al primer teniente Jesús Yánez Pelletier, supervisor de la cárcel de Boniato, le ordenaron en 1953 envenenarle la comida a Fidel Castro. Se negó, y por negarse lo expulsó el ejército de Batista. Luego conspiró para el 26 de Julio, compró armas para el Ejército Rebelde, y al triunfar la Revolución el hombre a quien había salvado la vida lo ascendió a capitán y lo hizo su edecán. Poco después estaba preso. Cumplió años de cárcel, salió, se hizo activista de derechos humanos y murió de un infarto en septiembre de 2000, a los ochenta y tres, al salir de una reunión en la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana. La dictadura que él ayudó a derribar lo expulsó del ejército por no matar a un preso. La que ayudó a instaurar lo hizo preso a él. Esa es la diferencia entre las dos, medida en el mismo hombre.
Y conviene decir en voz alta lo que se deduce de todo esto. Los muchachos que murieron el 26 de julio no gobernaron nunca; los que gobernaron fueron los que sobrevivieron. Los mártires no son los fundadores del régimen: son su coartada. Se les honra cada año precisamente porque están muertos y no pueden opinar sobre lo que se hizo con su nombre.
El programa que se leyó en aquel juicio proclamaba que la Constitución de 1940 sería restablecida como ley suprema del Estado. Los mismos hombres que juraron eso la enterraron el 7 de febrero de 1959, cinco semanas después de llegar al poder, sustituyéndola por una Ley Fundamental redactada por ellos y reformable por ellos. Se prometieron elecciones en dieciocho meses; la promesa se sustituyó por una consigna coreada en las plazas: elecciones, ¿para qué? Van sesenta y siete años. Y el poder que se tomó por asalto se transmite desde entonces exactamente como se toma un cuartel: por dentro, entre los que ya están dentro.
Queda la aritmética, que es la parte que nadie quiere hacer.
Toda revolución necesita un monstruo del que salvar al país, y como el monstruo real nunca es suficientemente monstruoso, se le agranda. En enero de 1959, once días después de la caída de Batista, la revista Bohemia sacó una edición especial de un millón de ejemplares donde quedó fijada la cifra que ha viajado sesenta y siete años por manuales escolares y reportajes extranjeros: veinte mil muertos. Nadie la calculó. Nadie publicó jamás una lista. Ni entonces ni después, con el control absoluto de los archivos, el régimen que la heredó ha presentado un solo recuento que la sostenga. Sí lo hizo quien no tenía interés en falsearla: el economista Armando Lago la desmontó en 2002, y Archivo Cuba, tras cinco años de cotejo, fijó el total de muertos del período 1952-1958 en 1.588 personas —644 caídos en combate, 864 ejecutados extrajudicialmente y 32 desaparecidos—, de las cuales lo directamente imputable a las fuerzas represivas fueron 896, y 570 de ellas en 1958, el año de la agonía del régimen. La misma organización tenía documentadas, hasta agosto de 2020, 6.814 víctimas del régimen posterior, con 3.047 fusilados; el conteo acumulado de muertes y desapariciones supera los diez mil setecientos casos. Se fabricó una mentira de veinte mil muertos y se tardó medio siglo en convertirla en verdad.
Y hay una segunda aritmética, la del castigo, que dice todavía más. Fidel Castro asaltó dos cuarteles con las armas en la mano, causó muertos, fue juzgado en público, se le permitió defenderse en la sala —por eso existe La historia me absolverá—, fue condenado a quince años y salió amnistiado a los veintidós meses. Los del grupo de los 75 recogimos firmas para una petición que se apoyaba en la propia Constitución del régimen y nos condenaron a penas entre 6 y 28, a mi catorce años, en un juicio de un día, sin público. Los cubanos que el 11 de julio de 2021 salieron a la calle con las manos vacías recibieron penas de quince, veinte y veinticinco años, sin un solo muerto que imputarles.
Ahí está la medida entera. Bajo el régimen que ellos derribaron, quien tomaba un cuartel a tiros salía en menos de dos años. Bajo el régimen que ellos fundaron, quien pide en voz alta lo que la ley le concede se pudre en una celda. Ese es el balance real del 26 de julio, y no admite discusión, porque los años los pusieron ellos.
Que no se me malinterprete, porque aquí está la única distinción que importa. No condeno toda insurrección. Hay levantamientos que se hacen para restaurar una ley violada y se detienen en cuanto la restauran: piden límites al poder, no poder ilimitado, y terminan escribiendo una constitución que ata las manos de sus propios autores. Y hay revoluciones que se proponen fundar un hombre nuevo, y para las cuales ninguna constitución basta, porque toda regla estorba a quien se cree con un mandato de la Historia. Las primeras son actos jurídicos con ruido de fondo. Las segundas son religiones sin Dios y con policía. El 10 de marzo de 1952 hubo un golpe que rompió la Constitución de 1940, y restaurarla era legítimo y necesario. Lo que se hizo el 26 de julio de 1953 no terminó en esa restauración: terminó en su entierro. La prueba no la aporto yo, la aporta el calendario: la Constitución que juraron devolver lleva sesenta y siete años sin volver.
Añádase el detalle de cronología que desmonta la liturgia entera. El verso —«Era la mañana de la Santa Ana, la sangre vertida no fue sangre vana»— lo escribió Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí, y lo dio a conocer en Viena en 1959, seis años después de los hechos y unos meses después de la victoria. La canonización no acompañó al acto: llegó cuando ya había un poder que necesitaba una liturgia. Setenta años más tarde, en el acto central de Santiago, el gobernante de turno volvía a invocar «otra mañana de la Santa Ana», y la presidencia titulaba «la mañana redentora». Redentora. La palabra es de ellos, no mía. Se sigue rezando el mismo rosario porque no hay otro: un régimen que no puede exhibir un solo resultado tiene que exhibir un origen sagrado.
Santa Ana es, en la tradición cristiana, la patrona de las mujeres en el trance del parto. La ironía es tan grande que casi no hace falta señalarla: de aquella mañana nació algo, en efecto. Ninguna revolución se ha hecho jamás en nombre de sus verdaderos beneficiarios; todas se han hecho en nombre de los pobres. Y los que usaron el argumento de los pobres terminaron fabricando exactamente esos pobres, en cantidades que el orden anterior no había alcanzado. Cuba producía azúcar, fue el mayor productor y hoy importa casi todo lo que come; apaga la luz; ha visto marcharse a más hijos suyos que en todos los éxodos anteriores sumados. Y hay una razón estructural para que sea así: el poder revolucionario necesitaa los pobres, porque son su título de propiedad y la fuente entera de su autoridad moral. Resolver la pobreza sería disolver el fundamento del propio mando. La libreta de racionamiento no es un fracaso de la Revolución: es uno de sus instrumentos de gobierno más eficaces. Ese es el fruto de aquel parto, y por eso hay que defender el acto por su liturgia: porque por sus consecuencias no queda un solo indicador con el que hacerlo.
Los procesos revolucionarios pueden entenderse, como mucho, como episodios catárticos transitorios: la expulsión violenta de una materia que la sociedad no supo procesar por vías ordenadas. Tienen la duración legítima de una crisis: se descargan y deben cesar. El desastre empieza cuando lo transitorio se declara permanente, cuando la excepción se instala, cuando el estado de emergencia cumple sesenta y siete años y se le sigue llamando proceso. Una catarsis que no termina es una necrosis. Eso es lo que se conmemora cada 26 de julio con flores y desfiles: el día en que empezó una crisis a la que nunca se le permitirá terminar.
Yo no celebro esta fecha, y no por rencor. No la celebro porque sé lo que se celebra. No se conmemora una victoria, que no la hubo; ni una liberación, que acabó siendo lo contrario. Se conmemora el método: la idea de que un grupo de hombres inescrupulosos se arrogan el derecho a disponer del destino de once millones de personas porque una madrugada de fiesta se atrevió a asaltar un edificio dormido. Eso es lo que se enseña cada año a los niños cubanos, con himnos y con flores.
Y hay una imagen que lo dice mejor que todo lo anterior. Mario Chanes salió de la cárcel en la madrugada del 16 de julio de 1991 y lo primero que hizo no fue ir a una casa: fue ir a un cementerio. Su único hijo, Mario, había muerto en octubre de 1984, a los veintidós años. Se lo comunicaron de madrugada, en la prisión, y le ofrecieron permiso para el entierro a cambio de que se pusiera el uniforme de reo que llevaba veintitrés años negándose a vestir. No fue al entierro de su hijo. Fue siete años después, al salir. En el cementerio de Colón lo esperaba Jesús Yánez Pelletier, el hombre que en 1953 se negó a envenenar a Fidel Castro. Se abrazaron. Y Raúl Rivero, que lo supo de quienes estaban allí, contaba que Chanes se acercó a la tumba, dijo el «coño mayito por qué». No hay respuesta a esa pregunta, ni la habrá. Pero la fecha en que empezó a formularse es exactamente la que Cuba celebra cada 26 de julio.
Rebeldía nacional hay, y mucha. Pero no está en el mausoleo. Está en la mujer que sale sola con un cartel a plena luz del día, en el preso que se niega a firmar, en el que canta lo que no debe y en el que se queda. Esa gente no ha asaltado nada, no ha matado a nadie, no se ha disfrazado de soldado, no ha esperado a que el mundo mirara hacia otro lado y no pide el poder para sí. Ellos son como dijera el poeta: los que mueven en mundo si pegar un tiro.
During an interview, U.S. President Donald J. Trump told @TreyYingst of Fox News that strikes would expand in the coming weeks to include Iranian infrastructure, including energy infrastructure and bridges, adding that the U.S. would be striking Iran “very hard” over the next couple of days.