Cuando se creó al Diablo para Constantine en 2005, la idea original era predecible. Pero el actor Peter Stormare la rechazó y propuso algo que nadie esperaba.
El director quería a Lucifer sin camisa, lleno de tatuajes y cadenas. Stormare no estuvo de acuerdo y su argumento fue claro: "Si me ponen todo eso encima, nadie va a escuchar lo que tengo que decir."
Lo que propuso fue un traje de lino blanco, los pies descalzos cubiertos de alquitrán negro y las cejas afeitadas. El blanco no era casualidad, era un guiño a lo que Lucifer fue antes de caer, un ángel de luz. El alquitrán en los pies representaba la corrupción que no puede ocultar sin importar cuánto lo intente. Y las cejas afeitadas le daban algo perturbador que ningún tatuaje hubiera logrado.
Le costó convencer a todos pero al final lo consiguió. Hoy ese Lucifer de traje blanco sigue siendo uno de los más recordados en la historia del cine.