A la Presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo,
No le pido que se ponga en mi lugar de madre…
Le pido que se ponga en el lugar de mi hijo: privado de su libertad, víctima de una desaparición forzada.
Pónganse ahí, aunque sea por un instante.
Imaginen la oscuridad, el miedo, la incertidumbre…
Imaginen once meses enteros sin vida, sin libertad, sin voz.
Desde el primer minuto hemos hecho lo que ustedes demandan ciudadanamente:
denunciamos en tiempo y forma,
aportamos datos, ubicaciones, testimonios, evidencia y no hemos dejado de buscarlo un solo segundo desde que Carlos Emilio Galván Valenzuela desapareció la madrugada del 5 de octubre de 2025,dentro del baño de Terraza Valentinos, en Mazatlán, Sinaloa;
un lugar cuyos responsables siguen sin enfrentar consecuencia alguna
por haber permitido que un joven desapareciera en su establecimiento
como si la vida fuera desechable.
Y aquí surge una pregunta que debería romperles el alma:
¿Qué valor tiene la vida de un ser humano para ustedes?
¿Para quienes juraron protegerla y defenderla?
Porque hoy, derechos humanos fundamentales —
la vida y la libertad — están siendo violentados de la manera más cruel.
Cada minuto que pasa sin que el Estado actúe es un minuto que puede marcar la diferencia entre que mi hijo regrese vivo…
o no regrese jamás.
Y me pregunto con un dolor que quema:
¿Acaso las autoridades ya normalizaron esta tragedia nacional?
Salen cada día a hablar ante cámaras con frialdad, a ofrecer pésames que no les pesan, como si la desaparición de nuestros hijos fuera un número más en una estadística interminable.
Si realmente doliera, esto no estaría ocurriendo en las dimensiones que está sucediendo.
No estaríamos aquí millones de familias
viviendo un infierno que jamás elegimos.
Nosotros seguimos aquí, con el corazón destrozado, preguntándonos por qué
si hicimos todo lo “correcto” como nos lo exige la ley, el Estado no ha respondido con la misma urgencia que un hijo secuestrado por el terror necesita.
Han pasado ONCE MESES.
ONCE MESES que para mi hijo pueden sentirse como un holocausto personal:
una destrucción lenta, injusta e inhumana
de su dignidad, su mente y su vida.
ONCE MESES sin comida caliente,
sin luz, sin sosiego, sin verdad.
ONCE MESES que son una tortura para él
y un castigo interminable para nosotros.
¿Cómo se puede soportar que quienes tienen el poder de ayudar
permanezcan inmóviles?
¿Cómo aceptar que la justicia se convierta en silencio?
Ustedes juraron protegernos.
¿Dónde está esa protección
cuando un joven desaparece frente a todos
y el Estado desvía la mirada?
No quiero que se pongan en mi lugar de madre, porque nadie merece sentir este dolor.
Les exijo que piensen en el lugar de mi hijo:
solo, aterrorizado, esperando ser salvado
por quienes tienen la obligación de hacerlo.
Hoy les hablo con un corazón pulverizado
por el miedo y la ausencia.
Porque si ustedes no actúan ya,
¿quién lo hará por él?
Les suplico, les ruego y les exijo con toda la fuerza que me queda:
Busquen a Carlos Emilio Galván Valenzuela.
Háganlo con la urgencia que exige la vida,
con la empatía que exige la verdad
y con la humanidad que exige la justicia.
Es momento de voltear a ver.
De nombrar la crisis como lo que es.
Y de actuar.
Porque no es un caso aislado. Es un país entero.
¿Hasta cuándo?
Hasta que vuelva a casa.
Hasta que esté vivo entre nosotros.
Hasta que la vida de mi hijo valga lo que debe valer: ¡TODO!
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@EIJefeDiego Los hijos superan al padre, de tener solo $200.00 pesos en la cartera a ser millonarios
Eso se llama "progreso económico generacional familiar"
@TumultoBR Cuando era niña quería un helado y no me.alcanzaba y una pareja pagó por el
Desde entonces trato de devolver el favor cuando se me presenta la oportunidad.
Siendo tan pequeña ese acto sembró en mi generosidad
Hoy se cumplen seis meses desde que desapareció mi hijo, Carlos Emilio.
Seis meses en los que la vida siguió su curso,
pero la mía se detuvo en el instante en que dejó de estar.
Seis meses que no se miden en calendario
Si no en rosarios, oraciones, plegarias
Seis meses de ausencia,
de preguntas que no tienen respuesta,
de días que comienzan con su nombre
y terminan exactamente igual.
No hay un solo momento en el que no esté en mi pensamiento.
No hay un día en el que no lo nombre,
en el que no lo sostenga desde el amor,
en el que no imagine el instante de volver a verlo.
He recorrido caminos que nunca pensé transitar,
he confiado, he esperado, he insistido…
y aquí sigo, de pie, con el corazón puesto en encontrarlo.
Porque una madre no se detiene.
Una madre no olvida.
Una madre no aprende a vivir sin su hijo.
Carlos Emilio, hijo mío,
si estas palabras llegan hasta ti,
quiero que sientas mi amor rodeándote.
Resiste.
Sostente.
No estás solo.
Hay un lazo que nos une más allá de la distancia,
más allá del tiempo,
más allá de todo lo que hoy no entendemos.
Ese lazo sigue intacto.
Aquí hay un hogar que te espera.
Aquí hay unos brazos que no han dejado de guardarte tu lugar.
Aquí hay una madre que no te suelta.
Confío en que el camino se abrirá.
Confío en que volverás.
Y hasta ese momento,
no hay cansancio,
no hay pausa,
no hay olvido.
Solo hay amor.
Y ese amor…
es el que me sostiene
y el que te va a traer de vuelta.
Hasta encontrarte.
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Hoy leí el posicionamiento del Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU sobre México… y como madre de Carlos Emilio, no puedo leerlo desde la distancia. No es un informe más. Es un espejo de lo que estoy viviendo.
La ONU dice que la crisis de desapariciones en México podría constituir un crimen de lesa humanidad.
Y yo necesito decir lo que eso significa, no en términos legales, sino en términos de vida:
Significa que lo que le pasó a mi hijo no es un caso aislado.
No es un error.
No es una excepción.
Significa que hay un patrón, que hay miles de familias viviendo este mismo infierno, y que el Estado tiene responsabilidad… no solo cuando participa, sino cuando no hace lo suficiente, cuando no busca, cuando no investiga, cuando nos deja solas.
Yo soy una de esas madres.
Cuando dicen que hay más de cien mil personas desaparecidas, están hablando también de mi hijo, de Carlos Emilio… pero para mí él no es una cifra.
Es mi hijo.
Es mi vida detenida.
Es una ausencia que duele todos los días, a cada hora.
También dicen que esta crisis podría ser llevada ante la Asamblea General de las Naciones Unidas.
Eso significa que lo que está pasando en México ha llegado a un nivel tan grave que el mundo tiene que intervenir, que ya no se puede ignorar.
Y yo me pregunto:
¿cuánto más tenía que pasar para que esto se reconociera así?
Porque nosotras, las madres, lo hemos sabido desde el primer día.
Lo sabemos en la desesperación de no tener respuestas.
En la indiferencia institucional.
En la lentitud que se vuelve dolor.
En el abandono que se siente cuando una tiene que convertirse en buscadora, en investigadora, en todo… porque si una no lo hace, nadie lo hace.
Yo no debería estar aquí explicando esto.
Yo debería tener a mi hijo conmigo.
Pero no lo tengo.
Y por eso hoy también digo esto con claridad:
El caso de Carlos Emilio no es un caso aislado.
Su ausencia forma parte de una crisis que hoy el mundo reconoce como grave, como sistemática, como inaceptable.
Y mi exigencia no es exagerada.
Mi exigencia está respaldada.
Mi exigencia es legítima.
Yo no quiero más discursos.
No quiero más cifras que intenten explicar lo inexplicable.
Quiero saber dónde está mi hijo.
Quiero que lo busquen de verdad.
Quiero justicia.
Y no voy a dejar de nombrarlo.
No voy a dejar de buscarlo.
No voy a dejar de exigir.
Porque cuando se habla de lesa humanidad, se está hablando de lo más grave que puede pasarle a una sociedad…
y hoy, eso, es lo que estamos viviendo.
Y en medio de todo eso, está mi hijo.
Carlos Emilio.
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