Si hoy hablamos tanto de salud mental en adolescentes, dejemos de fingir demencia y que no sabemos por qué.
Una parte del problema empieza en crianzas sin límites, disfrazadas de “respeto”, donde frustrar parece violencia y decir “no” parece un trauma. Después aparecen padres y madres que no educan: habilitan todo. Los UPD son apenas la postal de época.
Otra parte está en los celulares: dopamina instantánea, redes sociales sin control y adultos que confunden cuidar con “no invadir”. No saben qué consumen sus hijos, qué cuentas tienen ni con quién hablan. Después se sorprenden.
También vivimos en una sociedad detonada, donde todo se expone, todo se juzga y cualquier error adolescente puede convertirse en un espectáculo cruel.
Y, como si fuera poco, a la escuela le exigen resolverlo todo: lo emocional, lo ambiental, lo vincular, el proyecto de vida, la ciudadanía digital y cada nueva urgencia social. Mientras tanto, enseñar contenidos parece haber quedado en segundo plano. El docente ya no solo enseña: contiene, compensa, media, organiza jornadas y apaga incendios.
Después preguntan por qué los chicos están desbordados. La verdadera pregunta es: ¿cómo no lo estarían?
Dejen de culpar a los docentes y háganse cargo de sus hijos. Sáquenles las pantallas y métanlos en deportes. Mírenlos a la cara. Oblíguelos a cenar en familia. Pregúntenles cómo están, qué hicieron, si tienen tarea. Revisen sus cuadernos. Llévenlos al pediatra y al psicólogo.
Tu sobrina puede haber engordado un poco este año, ella ya lo sabe, no arreglas nada diciéndoselo y puedes hacer mucho daño.
Cállate la boca, Maricarmen.
Mañana ya es diciembre, mes de la NavidaT. Dejen que los más chiquitos tengan la ilusión de creer en Papá Noel. Ustedes creen en Mercurio Retrógrado y encima le echan la culpa de todas las decisiones pelotudas que toman.