@XabierMugarza "Beharra" da arazoaren erroa nire ustez. Hau planteatzeak eztabaidatik hegemonikotik kanpo uzten nauela onartzen dut. Deserosoa politikoki bide hau. Hobeto konfrontazioa bilatzea. Euskara VS. gaztelania (ta frantzesa?).
EH VS. Espainia (ta Frantzia?)
Aspaldi jaioak gara.
Dentro de un grupo de colegios de modelo A y B los que estaban del apellido I a Z, suspenden con cero.
Los de la A a la I de ese mismo grupo de colegios, no.
Estadísticamente hablando es prácticamente imposible.
Habría que revisar las correcciones y la composición del tribunal.
@Julen13vcf@cheesepanzee "Intentasteis destruir" ¿Quienes Julen?
Hablo euskera, soy de Donosti y mi familia viene de Azpeiti/Azkoitia al menos desde el XIX con el bisabuelo.
Que me apuesto que te apellidas Puente García... Aunque tratarás de vasquizarte como Zubia Gartziategi para sentirte integrado.
“Si lloran en mi funeral, no volveré a hablarles jamás.”
Tal día como hoy, 16 de junio de 1890, nacía en Lancashire, Inglaterra, Stan Laurel, quien hoy cumpliría 136 años.
Con su característico humor absurdo y tierno, Laurel dejó esta frase como despedida definitiva. No quería lágrimas ni lamentos. Quería que la gente recordara las risas que regaló durante décadas junto a Oliver Hardy. Para él, la vida y el humor eran inseparables, y deseaba que su partida fuera una celebración, no un duelo.
Stan Laurel y Oliver Hardy formaron uno de los dúos cómicos más importantes de la historia del cine. Su legado de carcajadas puras sigue haciendo reír a generaciones enteras en todo el mundo.
Hoy, en lugar de lágrimas, mejor una sonrisa. Porque si algo sabía Stan, es que la mejor forma de honrar a alguien que te hizo feliz es recordarlo con alegría.
Feliz cumpleaños, Stan Laurel. Allá donde estés, ojalá sigas haciendo reír.
A 92-year-old woman escaped her nursing home in eastern China by climbing a 2.15-meter gate.
In just 24 seconds, she pulled herself up, swung over the bars, and landed on the other side.
La fotografía tiene algo de broma. Y eso es exactamente lo que la hace insoportable cuando sabes lo que viene después.
Era 1917. Olga, Tatiana, María y Anastasia Romanov habían enfermado de sarampión durante el invierno, y la fiebre les había dejado el cabello tan dañado que decidieron raparse. En cualquier otra familia, ese sería el final de la historia. En la suya, era un detalle menor dentro de un año que lo estaba destruyendo todo.
Su padre, el zar Nicolás II, había abdicado en marzo. La familia vivía bajo arresto domiciliario en Tsárskoye Seló, el palacio a las afueras de Petersburgo donde habían pasado toda su vida. Afuera, Rusia se desmoronaba: dos revoluciones en un año, un ejército fragmentado, una guerra que no terminaba y una violencia política que nadie sabía todavía hasta dónde llegaría.
Adentro, cuatro hermanas jóvenes salían al parque con pañuelos en la cabeza.
El día de la fotografía, su tutor suizo Pierre Gilliard las llevó al jardín para hacer un retrato. Las chicas llevaban sus pañuelos como siempre. Entonces Olga, la mayor, hizo una señal. A la cuenta de tres, las cuatro se quitaron los pañuelos a la vez y se quedaron mirando a Gilliard con la cabeza al aire y la expresión de quien acaba de ganar una apuesta.
Gilliard protestó. Ellas insistieron. Querían esa foto. Querían imaginarse la cara de sus padres al verla. Querían reírse de algo.
Olga tenía 21 años. Anastasia, 16.
Dieciséis meses después, en julio de 1918, las cuatro fueron ejecutadas junto a sus padres y su hermano en Ekaterimburgo.
La fotografía sobrevivió. Ellas no.
Lo que hace tan difícil mirarla no es la cabeza rapada ni el contexto histórico. Es la sonrisa. Es la evidencia de que en ese instante, rodeadas de guardias y de un mundo que se deshacía, cuatro hermanas encontraron la manera de reírse juntas.
Y no sabían que era de las últimas veces.
A primera vista, cualquier obra de Bill Braun parece un collage tridimensional infantil hecho con recortes de papel kraft, cartulinas de colores, cinta de embalaje, grapas plásticas y plástico de burbujas.
Sin embargo, todo es una ilusión: las piezas son pinturas al óleo o acrílicas completamente planas sobre lienzo.
El espectador es engañado de forma absoluta gracias a su dominio milimétrico de la luz, las texturas y el volumen.
”Los mejores del mundo no son los mejores porque ganen todos los puntos. Son los mejores porque saben que van a perder una y otra vez, y han aprendido a lidiar con ello.”
- Roger Federer
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Si.
En los últimos tiempos hemos pasado del "siempre se ha hecho así" al "hay protocolos que cumplir".
Al parecer, cuestionarnos algunas cosas no entra en nuestros planes.