This is what a 34 week old baby looks like outside the womb.
Massachusetts Governor Maura Healey just legalized killing an unborn child at this age. For no reason, just because someone wants to
They call it “reproductive rights” because they refuse to call it what it is: murder
ABOMINABLE....
Monstruoso
Somos una manzana podrida
Asediada de los orcos de Mahoma
Y sólo queda resurgir con orgullo y a la contra: nada que negociar, el mal no tiene derechos...
Radicalidad
Beligerancia
Intransigencia
@MalaMalamente Me parece increíble que se intente justificar la imposición que se hace a las mujeres en el islam.
Ya no solo es que esta señora lleva neopreno porque le da la gana, es que lleva el pelo suelto.
¿También has visto a alguna con ese burkini homologado y su pelo al viento?
🚨🚨Los médicos de Ceuta describen una situación que nada tiene que ver con la normalidad que se quiere aparentar.
Les pido que le den la máxima difusión posible.👇👇👇
Usar como motivo para prohibir o restringir “por tu bien” es muy peligroso.
Subimos el precio del tabaco “por tu bien”.
Obligamos a usar cinturón “por tu bien”.
Te quitamos el carné, incluso puedes ir a la cárcel sin accidente alguno “por tu bien”.
Y seguimos…
@LaMadreDeSatan Podríamos discutirlo 😂. Aprovecho la interacción para darte las gracias. Con lo convulso que está el mundo, nos aportas luz a los civiles anónimos de internet. Cuídate mucho y disfruta del verano. Aunque haya que trabajar (como buena autónoma).
A que no sabías que la primera guerra exterior de Estados Unidos fue contra los magrebíes
Cuando pensamos en las primeras guerras de Estados Unidos, imaginamos casacas rojas británicas, mosquetes y la Guerra de Independencia. Sin embargo, la primera guerra que la joven república libró fuera de su territorio, la que definiría su política exterior durante generaciones, no fue contra una potencia europea, sino contra los gobernantes del Magreb, los antepasados de los que hoy llamamos magrebíes, conocidos entonces en España como corsarios berberiscos.
Es una historia que debería interesar especialmente a los españoles, porque ocurrió en un mar que España conocía mejor que nadie. Durante siglos, las costas españolas vivieron bajo la amenaza de esos corsarios. En pueblos de Andalucía, Murcia, Valencia, Baleares e incluso Cataluña todavía quedan torres de vigilancia construidas para detectar sus velas. Miles de españoles fueron capturados en incursiones costeras y vendidos como esclavos en Argel, Túnez o Trípoli. El más famoso de todos fue Miguel de Cervantes, que pasó cinco años cautivo en Argel e intentó fugarse cuatro veces antes de ser rescatado. La Corona española pasó siglos combatiendo ese fenómeno, alternando expediciones militares, rescates de cautivos y tratados, hasta firmar la paz con Argel en 1785, justo cuando los americanos heredaban el problema.
Los estadounidenses llegaron mucho más tarde a ese mismo escenario.
Mientras fueron colonias británicas, sus barcos navegaban protegidos por la Royal Navy. Pero al independizarse en 1776 perdieron ese escudo. De repente, los mercantes estadounidenses que cruzaban el Mediterráneo se encontraron solos. Muy pronto empezaron los secuestros. Los barcos eran capturados, las mercancías confiscadas y sus tripulaciones encarceladas hasta que alguien pagara un rescate. Era un negocio extraordinariamente rentable. Las principales potencias europeas, incluida en ocasiones la propia España, preferían pagar tributos antes que mantener una guerra permanente.
Estados Unidos hizo lo mismo. Era un país demasiado pobre y demasiado débil para otra cosa.
Hasta que llegó Thomas Jefferson.
Jefferson consideraba que pagar protección no compraba la paz; simplemente financiaba el siguiente chantaje. Poco después de asumir la presidencia en 1801, el pachá de Trípoli exigió un aumento del tributo anual. Jefferson respondió con una sola palabra: no.
La contestación fue inmediata. El gobernante de Trípoli mandó derribar el mástil de la bandera estadounidense frente al consulado americano. En el lenguaje diplomático de la época, aquello equivalía a una declaración de guerra.
Lo que ocurrió después sorprendió al mundo. Una república con apenas unos años de vida decidió enviar una escuadra al otro lado del Atlántico para enfrentarse a un enemigo situado a más de cinco mil kilómetros de sus costas. Era la primera vez que Estados Unidos proyectaba fuerza militar fuera de América. No luchaba por conquistar territorio ni por extender su influencia. Luchaba por un principio muy simple: que ningún país podía exigir dinero a los estadounidenses para dejarlos comerciar.
La campaña fue dura. La fragata USS Philadelphia, uno de los mejores barcos de la joven marina estadounidense, encalló frente a Trípoli y cayó intacta en manos del enemigo junto con más de trescientos marinos. Parecía un desastre irreparable. Entonces un joven oficial de apenas veinticinco años, Stephen Decatur, protagonizó una de las operaciones más audaces de la historia naval. Entró de noche en el puerto de Trípoli disfrazado a bordo de un barco capturado, abordó la fragata, expulsó a sus guardianes y, al comprobar que no podía recuperarla, le prendió fuego antes de escapar. Se atribuye a Horatio Nelson, el mayor almirante británico de la época, haber calificado la acción como el acto más audaz de su tiempo.
Pero la guerra aún reservaba una sorpresa mayor.
"Sánchez disfruta de Lanzarote; Ceuta cuenta a sus muertos."
Ayer, el diario alemán Bild publicó un artículo con un titular que lo dice todo: "España se hunde en el caos, Sánchez se va de vacaciones".
Lo que más llama la atención es el tono de incredulidad del artículo: les cuesta entender que, en plena crisis de Ceuta y con los incendios forestales, el presidente se tome 4 semanas de vacaciones en el Falcon. Y apuntan un dato: será el líder europeo que más vacaciones se coja este verano. Recuerdan también que el juicio contra Begoña Gómez comenzará en septiembre.
Vamos a hacer un ejercicio de política ficción.
En otoño se presenta en el Ateneo un partido nuevo.
Programa fundacional, artículo único: la liquidación ordenada de España y su entrega al Reino de Marruecos.
Se llaman Marcha Verde.
Su portavoz es un señor exquisito, formado en Bélgica, que habla bien, cita a Ortega y sonríe mucho.
En campaña, el PSOE se emplea a fondo.
El candidato jura en cada mitin que jamás, escúchenlo bien, jamás pactará con quienes quieren liquidar España.
Que hay líneas rojas más gruesas que la muralla de Fez y que no podría dormir por las noches con esa gente cerca del Gobierno.
El cierre de campaña es un temblor patriótico, con bandera grande e himno tarareado con la boquita pequeña.
Queda solemnísimo. Dura lo que dura el recuento.
En noviembre, Marcha Verde saca siete diputados.
El cordón sanitario aguanta una rueda de prensa.
A las 48 horas, Moncloa les detecta una "inequívoca voluntad de diálogo".
A la semana hay mesa de negociación en Rabat, con verificador internacional y té a la menta.
El acuerdo de investidura es un prodigio de orfebrería: se pacta "desjudicializar el contencioso del Estrecho", crear una "comisión bilateral sobre las aguas compartidas de Canarias" y "abordar el estatus de las ciudades norteafricanas en el marco del diálogo".
La legislatura es un idilio.
Estrenan pinganillo de dariya en el Congreso, que la casa ya estaba acostumbrada.
Cada cesión se bautiza como "gesto de distensión" y cada gesto de distensión trae otro debajo, como las muñecas rusas.
El portavoz exquisito preside la comisión de Exteriores, detalle que a nadie en la bancada socialista le hace ya ni cosquillas.
Los tertulianos de la sincronizada descubren que Boabdil fue en realidad un adelantado de la cultura del pacto, un hombre de consensos incomprendido por el guerracivilismo de su época.
Sarah Santaolalla empieza a usar hiyab.
Cuando alguien osa levantar la voz, se le acusa de facha y se le dice lo de siempre: "las relaciones atraviesan su mejor momento".
Marcha Verde exige la Alhambra como sede de la memoria compartida y anuncia un referéndum para oficializar el árabe.
Moncloa se hace la única pregunta posible: ¿eso cuántos votos garantiza?
Ponen a su spin doctor a trabajar: "España será un Estado plurinacional o no será".
Vamos a hacer un ejercicio de política ficción. O no.
La payasa maleducada que no para de poner caritas mientras yo expongo mi opinión, es una analfabeta (“con estudios de comunicación”) que vive del dinero pùblico, puesto que es una sindicalista de la parasitaria organización UGT.
Organización criminal (por sentencia del TS) que ha robado el dinero de los parados en Andalucía y que, sin haberlo aún devuelto, sigue recibiendo subvenciones públicas.
No sé por qué cuota acude a @EspejoPublico, pero por formación y formas encajaría más en otros lugares.