Los miembros de la Junta Directiva del Banco de la República pueden discrepar entre sí sobre la manera de conducir la política monetaria, pero -según la Constitución- la responsabilidad del Ministro de Hacienda de presidir ese organismo colegiado no es optativa. Es una obligación👇🏼
El gerente general del Banco de la República, #LeonardoVillar, hace lectura del comunicado de prensa de la reunión de marzo de 2026.
La #JuntaBanRep decidió incrementar en 100 puntos básicos (pbs) la tasa de interés de política monetaria a 11,25%. Cuatro directores votaron a favor de esta decisión, dos por una reducción de 50 pbs. y uno por mantenerla inalterada.
Recuerden esto: cuando al presidente de turno no le sirven las instituciones democráticas, a quien hay que cambiar es al presidente, no a las instituciones.
Por eso hay que votar en contra de quienes quieren continuar la senda del autoritarismo.
#Atención El gerente del Banco de la República responde al Gobierno Nacional tras la ruptura de relaciones: “El mandato constitucional es explícito: proteger el poder adquisitivo de la moneda. El único miembro de la junta que tiene un jefe es el ministro de Hacienda, quien responde al presidente. Todos los miembros de la junta actúan de cara al país.” #VocesySonidos
Un psiquiatra infantil dio a los padres una lista de 6 documentales para que los vieran con sus hijos.
Después de esto, los niños empezaron a dejar el celular de lado por sí solos.
Mira lo que ellos vieron:
-Hilo-
Cuando hace cuatro años llegaron al Pacto Histórico líderes como Armando Benedetti, Roy Barreras y Mauricio Lizcano, la respuesta del petrismo fue que no habían cedido sus principios ante la política tradicional, sino que buscaban construir coaliciones con otros sectores políticos. Y que, como su nombre lo indicaba, era precisamente crear un pacto.
Con ese argumento gobernaron con todos los partidos tradicionales: hicieron coalición y equipo con el liberalismo, La U, los conservadores y hasta partidos cristianos.
Por eso es increíble que ahora que Juan Daniel Oviedo ha conformado una fórmula con Paloma Valencia, el argumento para atacarlo desde el partido de gobierno sea que “negoció sus principios”, o que cambió de ideas políticas, o que “se vendió”. ¿No se trataba precisamente de conformar alianzas con quienes piensan distinto para poder gobernar desde los pactos y la diversidad? ¿Qué pasó con esa idea que promovían desde el petrismo de dar un paso hacia la política de las coaliciones?
La Gran Consulta por Colombia organizó en un mismo equipo a diversos sectores de la oposición al gobierno Petro. Uribistas, santistas y voces independientes pusieron a un lado sus diferencias para enfrentarse al auge del populismo y al llamado de Petro a una asamblea constituyente. Esta consulta ha sido, además, un paso clave para la reconciliación de sectores del sí y del no del plebiscito de 2016.
Hacer equipo y alianzas alrededor de lo que une no solo es válido sino que es un deber en la política. Y no, no es únicamente un derecho que se reserva el petrismo cuando le sirve para defender sus alianzas con la política tradicional.
El presidente y los ministros decidieron participar abiertamente en la política electoral ¿Tal vez haya que cambiar la ley, pero mientras esté vigente no habría que acatarla?
El mayorpeligro para la democracia hoy es la campaña de desprestigio, llena de falsedades, que emprendió el presidente contra nuestro sistema electoral. Con el apoyo de los medios del Estado (pagados por nosotros) prepara al país para rechazar los resultados, si le son adversos.
El país más tecnológico de Europa acaba de gastar cien millones de dólares en comprar libros de papel para sus escuelas.
Suecia era el laboratorio perfecto: país rico, hiperconectado, progresista. Hicieron lo que todos pensábamos que era el futuro: digitalizar la educación desde el jardín de infantes, cada chico con su tablet, cada aula conectada y cada libro reemplazado por una pantalla. Si algún país iba a demostrar que la tecnología mejora el aprendizaje, era este.
Sin embargo, y para sorpresa de todos, los resultados de comprensión lectora empezaron a caer. Las pruebas PISA mostraron algo que nadie esperaba: más horas de pantalla en la escuela no estaban generando mejores alumnos, sino peores.
Los que menos pantalla usaban rendían un año y medio por encima de los más expuestos, y dos de cada tres estudiantes con laptop terminaban dedicando la mayor parte de la clase a cualquier cosa menos a aprender.
¿Por qué pasa esto? Porque el cerebro no aprende igual en una pantalla que en papel. Un estudio con 256 sensores cerebrales midió qué pasa cuando escribís a mano vs. cuando tipeás: escribir a mano activa al mismo tiempo redes de memoria, visión y procesamiento motor. Todo encendiéndose junto. Tipear no genera prácticamente nada de eso. La fricción de trazar cada letra es justamente lo que fuerza al cerebro a consolidar lo que aprende.
Suecia escuchó la evidencia: el Instituto Karolinska —el que decide el Nobel de Medicina— declaró que las pantallas perjudican el aprendizaje. El gobierno eliminó dispositivos para menores de seis años, prohibió celulares en toda la jornada escolar y destinó cien millones de dólares a volver a los libros.
Mientras tanto, Estados Unidos gasta treinta mil millones al año en más dispositivos como laptops y tablets, a pesar de que las encuestas indican que distraen incluso más que los celulares.
La generación con mayor acceso a conocimiento de la historia es la primera que sabe menos que la anterior. La tecnología es maravillosa: aprendamos a usarla cuando suma, y no simplemente porque está de moda.
Hoy lanzamos ante medios el Proyecto 2630 🚀
Una iniciativa conjunta de seis centros de pensamiento para aportar propuestas concretas en seis temas clave para el país: salud, seguridad, energía, reforma normativa, financiamiento y agro.
#Proyecto2630
Nadie sabe con certeza qué va a pasar en Venezuela después de la operación de Estados Unidos para remover a Nicolás Maduro del poder.
Lo que sí sabemos es que el relato romántico sobre la defensa de la democracia murió en el mismo momento en que Donald Trump decidió no respaldar a Edmundo González, es decir, a María Corina Machado, la figura que durante años encarnó la esperanza de una transición democrática desde adentro.
Según The Washington Post, la decisión tuvo un trasfondo tan banal como revelador: Machado aceptó un Nobel que Trump consideraba que debía ser suyo. La explicación puede parecer absurda, pero encaja con precisión quirúrgica en el perfil narcisista e infantil del mandatario estadounidense. En cualquier caso, el episodio es apenas una pieza más de un rompecabezas mucho más inquietante.
Estados Unidos nunca tuvo como prioridad la democracia venezolana. Ingenuos quienes pensaron que sí. Me incluyo. Esa es una fantasía útil para titulares y discursos, pero irrelevante para la geopolítica real. A Washington le incomodaba Maduro no por lo que hacía dentro de Venezuela, sino por con quién lo hacía fuera de ella. Su cercanía con Rusia, China e Irán cruzó una línea roja. No es un secreto que el régimen venezolano suministraba crudo a Moscú y Pekín, ni que había profundizado una alianza estratégica con Teherán basada en enemigos comunes. ¿Es el petróleo venezolano el botín? No exactamente. Estados Unidos es hoy el mayor productor de crudo del planeta y puede prescindir sin problemas del petróleo venezolano. Lo que Trump no está dispuesto a tolerar es que ese recurso estratégico alimente a sus adversarios. La “remoción” de Maduro responde a eso y a nada más. Si le llega crudo adicional, pues magnífico.
En este contexto, invocar el Derecho Internacional Humanitario resulta casi cínico. El DIH, tal como ha sido instrumentalizado en los últimos años, no ha servido para proteger poblaciones vulnerables, sino para blindar regímenes corruptos, criminales y abiertamente autoritarios como el chavismo. Buena parte de la izquierda progresista latinoamericana —incluido Gustavo Petro— ha hecho del DIH una coartada moral para justificar dictaduras, minimizar violaciones sistemáticas de derechos humanos y construir una narrativa de resistencia anticapitalista frente a Estados Unidos. En nombre de principios universales se ha terminado defendiendo lo indefendible.
Pero tampoco conviene caer en la ilusión opuesta. No estamos ante una restauración democrática, ni ante una transición pacífica. Un régimen de dictador ha sido reemplazado por el control directo de un gánster global. A algunos eso les resulta aceptable; a otros incluso tranquilizador. Pero ignorar esa realidad es un acto de autoengaño. El sistema democrático liberal, como lo conocimos y lo defendimos durante décadas, ha dejado de ser el eje ordenador del mundo. Trump no representa la democracia, así como tampoco lo hacen los líderes que replican su lógica de poder, fuerza y desprecio por las normas multilaterales. La Unión Europea parece quedar cada vez más sola, aferrada a principios que ya no garantizan influencia ni seguridad en el nuevo tablero global. La UE es hoy una isla a la que las aguas del fascismo contemporáneo la están hundiendo.
Las amenazas de Trump a Petro, sus declaraciones sobre Groenlandia y su desprecio abierto por los equilibrios diplomáticos tradicionales no son exabruptos aislados. Son señales claras de hacia dónde se dirige el nuevo orden mundial: uno en el que el derecho importa menos que la fuerza, y en el que la moral es apenas un accesorio discursivo. Trump no oculta esa lógica; la exhibe con brutal honestidad. Y al hacerlo deja en evidencia algo aún más incómodo.
América Latina no pesa. No decide. No incide. Su irrelevancia no es producto de una conspiración externa, sino el resultado de décadas de corrupción, mediocridad y fracaso estructural. Una región incapaz de construir una identidad estratégica propia, de articular poder real o de proyectarse como actor global. Mientras otras naciones entendieron que el mundo se rige por fuerza, tecnología y cohesión interna, nosotros seguimos discutiendo relatos, victimismos y épicas vacías. A punta de taparrabos ideológicos y flechas retóricas, América Latina se quedó en el medioevo. Y poco han hecho sus líderes en tratar de cambiar esa dinámica.
Venezuela no se liberó del chavismo. Me equivoqué. Venezuela sigue siendo una dictadura, solo que ahora administrada desde Washington. Cambió el operador, no la lógica. La soberanía no volvió al pueblo venezolano; simplemente fue transferida. Y ese es, quizá, el mensaje más brutal de este episodio: en el mundo que viene, los países débiles no eligen su destino. Se lo imponen.
La pregunta ya no es si esto nos gusta o no. La pregunta es si estamos dispuestos a seguir fingiendo que vivimos en un orden que ya no existe.
Como muchas personas, mi corazón está a la izquierda. Siempre he votado por alguna variación de ella. Mi forma de entender el mundo tiene raíces profundas tanto en el marxismo como en sus críticas desde la misma izquierda, de Camus a Orwell. Pero descubro que lo que me separa de la izquierda oficial —o al menos de su versión tuitera— es precisamente el corazón.
Porque soy de izquierda, mi primer impulso ante la caída de Maduro es una alegría visceral. No por quien la provocó —Trump no despierta en mí ninguna simpatía— sino por los millones de venezolanos que llevan años huyendo de una parodia grotesca del socialismo. Por las madres que no han visto crecer a sus hijos. Por los profesionales manejando Uber en Santiago. Por los que murieron cruzando el Darién.
La izquierda que conozco en Twitter piensa al revés: primero el antiimperialismo, después la soberanía, luego la no injerencia, y al final —si queda espacio— los venezolanos. Como si el principio de no intervención pesara más que los cuerpos torturados en El Helicoide. Como si los derechos humanos del tirano importaran más que los de sus víctimas.
Este reflejo automático se repite en cada crisis. En Cuba, la corrupción dinástica de los Castro siempre pesa menos que el embargo. Cuando las iraníes se quitan el velo y enfrentan a los mulás, la izquierda busca primero denunciar a la CIA. Cuando quemaron el metro en Santiago, había que entender la rabia antes que lamentar a la cajera que no pudo llegar a su trabajo. No importa que los mulás ejecuten homosexuales, que los muyahidines lapiden mujeres, que los Castro encarcelen poetas: si están contra Estados Unidos, merecen comprensión.
Entiendo el razonamiento. Conozco la historia de las intervenciones, los golpes de Estado, la Escuela de las Américas. Sé que Estados Unidos no regala nada y que Trump es un personaje siniestro. Pero lo que no puedo entender es la ausencia de emoción humana elemental. Esa frialdad doctrinaria que no se conmueve ante los videos de venezolanos llorando de alegría en las calles de Caracas. Que no siente nada ante las iraníes cortándose el pelo en señal de rebelión. Que siempre tiene un "pero" listo antes que un abrazo.
Preferiría, por supuesto, que los venezolanos hubieran derrocado solos a su tirano. Pero sé —porque la historia lo enseña— que pocas dictaduras caen sin alguna forma de presión internacional. La chilena no lo hizo. La argentina tampoco. La española menos. Y de todas las salidas posibles después del fraude brutal de julio, esta es de las menos sangrientas.
Hoy los venezolanos celebran. Las calles de Caracas se llenan de una esperanza que creíamos muerta. Y yo, que sigo siendo de izquierda precisamente porque creo en la dignidad humana antes que en las abstracciones geopolíticas, celebro con ellos.
Mañana habrá tiempo para analizar, criticar, contextualizar. Hoy, solo hoy, déjenme sentir esta alegría sin pedir permiso al manual del buen antiimperialista. Déjenme poner el corazón donde siempre debió estar la izquierda: del lado de la gente, no de los mapas.