"Levanto mis ojos a los montes, ¿de dónde vendrá mi auxilio?" Y mi fe, mi corazón, me lo dice, me aplaca y me da una gran bonanza, porque me quita la cobardía para no tenerle miedo al viento que agita mi barca.
Porque sé que mi guardian va conmigo, no duerme y está a mi derecha.
La vida siempre me pone por delante unos montes en donde no sé que va a pasar.
Y delante de ese desafío de la vida, de la incertidumbre que me espera, de ese camino pedregoso, de las fieras de la noche y asaltantes del día, me voy al salmo 121 y me pregunto.
De día, el sol no te hará daño y de noche, la luna, que es fría, tampoco. Porque el Señor te guarda de todo mal, el guarda tu vida.
¡Ánimo, confía en el Señor!
Y eso me hace recordar las palabras de San Agustín: "Nos has hecho para ti, Señor, y mi corazón estará inquieto hasta que descanse en ti".
Y sí, espero siempre que mi corazón siga buscando, anhelando, deseando y necesitando ese encuentro diario con el resucitado.
Alguna vez pensé y dije, yo ya no creo en Dios y lo saqué de la ecuación. Pero durante ese tiempo había algo claro. Sí me hacía mucha falta. Y tiene algo bonito en el fondo eso dicho.
Quizás era inconcebible en mi cabeza, pero mi alma aún lo seguía deseando.
El Espíritu nos restaura. Me gusta esa palabra que implica que no desaparece lo que somos, sino que lo limpia y revitaliza; recupera lo que el Creador construyó pero que el tiempo, las inclemencias y los descuidos ocultaron y carcomieron al grado de creerlo muerto. #Pentecostés
Ayer después de acabar la misa me sentí como aquellas palabras de San Ignacio de Loyola en su diario.
"Salí igual a como entré, pero algo adentro de mí sabía que estuve donde tenía que estar."
Y a veces, solo basta eso. ¡Ánimo!
En estos 28 años se me viene a la mente aquél versículo de San Pablo.
"Nos derriban pero no nos rematan."
Una vida de subidas y bajadas pero seguro de que la mano del Señor ha estado siempre presente.
¡Dios es bueno! Se los aseguro.
¡Ánimo! Esta semana comienza la Cuaresma. Tiempo de conversión.
La batalla es recia, pero no olvidemos de que no está ahí afuera, si no que se da en el corazón de cada uno.
¡Dios con nosotros!