Glass. Steel. Light. Space.
From Haus am Horn in Weimar to the Bauhaus Building and the Masters’ Houses in Dessau, and further into Berlin’s modernist architecture, this journey follows the places where the ideas of the Bauhaus became reality.
More than a century later, these buildings still shape the way we understand architecture, design and modern living today.
Selected June and July dates are currently available for individuals, small groups and institutional formats.
Explore the Bauhaus journey:
https://t.co/MmKnSKnMOj
#BauhausExperience #Modernism #Weimar #Dessau #Berlin
The Weissenhof Estate is not just architecture, but a new way of seeing modern life.
What emerged in Stuttgart in 1927 was not a style alone, but a broader cultural shift, shaped through light, proportion, openness and industrial construction.
Many of these ideas still define contemporary architecture and urban living today.
Explore more modernist architecture and design history:
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Video source: Fourth Wall
#Weissenhof #Modernism #Architecture
La gente menos capaz de sostener un discurso coherente (no digamos sabio) sobre un tema se ha puesto en este último tiempo a "defender" la "civilización occidental".
Si alguien quiere tener una idea acabada de lo que funda y continúa (y hace llegar hasta nosotros) lo que hoy llamamos cultura o civilización occidental recomiendo leer dos viejos y maravillosos libros.
Uno de ellos dedicado a comprender la cultura griega arcaica, clásica y alejandrina (es decir todas las etapas de lo que hoy entendemos por la Grecia Antigua).
Ese primer libro que recomiendo es Paideia, de Werner Jaeger, editado por el Fondo de Cultura Económica en un tomo de más de 1.100 páginas.
Es un texto que ya tiene décadas (la primera parte se publicó en alemán en 1933 y los capítulos finales aparecieron luego de la Segunda Guerra en 1947). La mayoría de las muchas citas a pie de página es bibliografía en alemán, inglés y francés de difícil acceso para el lector de América latina. Muchos son libros que hace más de medio siglo que no se reeditan y no están en nuestras bibliotecas.
Aun así, Paideia (que tiene por subtítulo "Los ideales de la cultura griega) es un libro agradable de leer. Ameno y extremadamente erudito. Sé que es un desafío hoy proponer un libro de 1.100 páginas lleno de citas en griego clásico, frases en latín y menciones en varios idiomas modernos, pero les aseguro que si se internan en este libro y lo leen con el 1% del amor encantado que yo le tengo van a aprender más que si hacen un doctorado en lo que sea.
Otro libro que recomiendo, otro doctorado magno, es una visión de conjunto sobre cómo se mantuvo la tradición latina durante la Edad Media y cómo fue que los textos de esa tradición informaron y ayudaron a modelar el mundo moderno a través del castellano, el francés, el italiano y hasta del alemán y el inglés.
Ese libro maravilloso es Literatura europea y Edad Media latina, de Ernst Robert Curtius, editado también por el Fondo de Cultura Económica en dos tomos. Curtius escribió este libro casi sin acceso a bibliotecas porque fue durante la Segunda Guerra Mundial y todo a su alrededor estaba en llamas, bombardeado y lleno de cadáveres. El libro, que fue escrito a lo largo de casi 15 años, se publicó finalmente en 1948.
Curtius cita muchas veces textos latinos de hace 1200 años de memoria y pide perdón por si hay alguna incorrección. Eruditos modernos han confrontado las citas y menciones que hace Curtius con los libros clásicos y los manuscritos que menciona y han encontrado muy pocos errores y todos ellos son de menor cuantía.
Es una de las tareas intelectuales más hermosas que ha encarado una persona en el siglo XX y más aun durante una guerra tan brutal. Curtius, en medio de los bombardeos aliados que redujeron a ceniza el barrio en el que vivía, se la pasó escribiendo un libro que habla de la perdurabilidad de la cultura latina durante 1000 años de guerras y masacres y pestes para llegar a nosotros.
Es una hermosa empresa que cada lector de este libro impar agradece.
Si leen Paideia y Literatura europea y Edad Media latina van a tener una base sólida para comprender qué diablos es la cultura occidental. Y entender qué brutos son los actuales "defensores" de la cultura occidental.
Si quieren hacer un tercer doctorado pueden agregar Florencia y Bagdad, escrito por el alemán Hans Belting y publicado por editorial Akal. En este libro Belting se centra en la relación entre la mirada, el arte y la óptica, comparando la perspectiva visual de la Florencia renacentista con la cultura visual y científica del mundo islámico.
El libro plantea que la perspectiva pictórica occidental, inventada en Florencia, no se habría desarrollado sin la influencia de la teoría de la percepción y los estudios ópticos del matemático árabe Alhacén, originario del mundo islámico.
Es interesante ver cómo el Renacimiento europeo, el redescubrimiento de la Antigüedad Clásica (la base de la cultura occidental) fue posible gracias a la influencia árabe y a los aportes de los sabios medievales musulmanes. Si bien Belting se centra en Bagdad también muestra las fuertes relaciones entre ese centro de desarrollo islámico con las otras dos grandes capitales del mundo musulmán: El Cairo en Egipto y Córdoba en El Andalús (el nombre islámico de España).
¿No es patético e irónico a la vez que los autoproclamados "defensores de occidente" sean hoy todos subnormales e iletrados?
Un cóndor andino observando la inmensidad de la Patagonia desde lo alto de una montaña.
Considerada una de las aves voladoras más grandes del planeta, puede recorrer enormes distancias aprovechando las corrientes de aire de la cordillera de los Andes.
DESDE ONCATIVO EXPORTARON LOS PRIMEROS EQUIPOS DE HIGIENE URBANA DE LATINOAMÉRICA A ESTADOS UNIDOS Y ASIA
Econovo fabrica maquinaria para higiene urbana y economía circular. Oscar Scorza la fundó en 2003 en Oncativo, Córdoba, donde su padre ya trabajaba en equipamiento urbano.
Desarrollaron el primer camión compactador eléctrico de América Latina: 340 baterías, seis horas de autonomía y capacidad para 3 toneladas de basura compactada.
Hoy tienen más de 15.000m2 de planta cubierta en Oncativo y otra de 8.000m2 en Berazategui. Exportan a toda Sudamérica, a Estados Unidos y Asia.
Después de consolidarse en higiene urbana, entraron al agro: comercializan una compactadora de alfalfa de origen alemán con capacidad de 35 toneladas por hora y fardos de hasta 650 kg. Ahora tienen la mira en el mercado de exportación de forraje.
📍 Oncativo, Córdoba
Bauhaus Experience Week · June / July
Weimar. Dessau. Berlin.
For selected dates in June and July, we are opening a limited special phase for our Bauhaus Experience journeys. Not a conventional tour, but a curated journey into the origins of modern architecture, design and living.
From Haus am Horn in Weimar to the Bauhaus Building and the Masters’ Houses in Dessau, and further into Berlin, the journey follows one central idea: not only to see the Bauhaus, but to understand it.
Special conditions are available during this period for individual travelers, small groups and institutions. Selected formats may also include a Bauhaus Masterpiece object as a material anchor accompanying the experience.
Learn more:
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#BauhausExperience #Modernism #Architecture #Design #Journey
En época de siembra de trigo era impensado tener un panorama de agua en el suelo de 325 lotes en fracción de segundo.. @intaargentina lo hizo posible! 👏👏👏🇦🇷🙌🙌 Bravo INTA!
Borges murió en Ginebra el 14 de junio de 1986. Al día siguiente Adolfo Bioy Casares le concedió a la poeta y cronista cultural Mónica Sifrim una entrevista, que había sido acordada con anterioridad.
La entrevista fue publicada por el suplemento Cultura y Nación del diario Clarín el 19 de junio de 1986.
Hoy la reproduzco, como una introducción a mi curso en @ComunidadOrsai sobre Borges, que comienza esta tarde
¿Cuándo conoció a Borges?
Lo conocí en un almuerzo en casa de Victoria Ocampo en 1932. Él, como siempre, dice otra cosa, pero se equivoca porque yo sabía que Borges había escrito un artículo titulado “Nuestras imposibilidades”, hablando de nuestras imposibilidades de ser coherentes o lúcidos en materia política. Yo había leído el artículo un rato antes de nuestro primer encuentro y le hablé sobre eso. El artículo se publicó en 1932.
Borges se puso a hablar mucho conmigo aunque yo era un chico. Victoria Ocampo, seguramente, me había invitado porque mi madre, que era amiga de ella, le habrá dicho que yo escribía. Entonces me invitaron para hacerme conocer un ambiente de escritores. Estaba allí un escritor francés, uno de los de turno de visita en la Argentina, y Victoria, que era muy mandona, muy maestra mandona, dijo: “¿Quieren dejarse de hablar entre ustedes y atender al señor fulano de tal?”. Borges se sintió un poco ofuscado. Tenía mala vista y tropezó con una lámpara tirándola al suelo. Ese incidente nos hizo sentir una cierta complicidad.
Volvimos juntos en automóvil desde San Isidro y Borges me preguntó cuáles eran los autores que yo prefería. Ahí le enumeré una serie de autores incompatibles y espantosos.
¿Qué autores, por ejemplo?
Bueno, Gabriel Miró, Azorín, Joyce… No se trata siquiera de que unos sean buenos y otros malos, son incompatibles de algún modo. Varios de esos autores le parecerían horribles. En un libro de memorias, Brenen dice que los escritores somos capaces de comprender a cualquier tipo de gente, pero que no tenemos la misma ductilidad para aceptar cualquier manera de pensar; las maneras de pensar distintas nos apartan. Buenos, a pesar de que mi lista de preferencias debía ser un trago amargo para Borges, empezamos a hablar de literatura, que era lo que más nos importaba a los dos. Yo había escrito un libro muy malo, cosa que seguramente entristeció a Borges; pero él sobrellevó todo eso.
¿Cómo veía el joven Bioy Casares al Borges de 1932? ¿Suponía que iba a alcanzar tal trascendencia?
Nunca pensé en términos de gloria o fama y esa es otra cosa que nos unió a los dos. Las primeras cosas vienen primero y las segundas pueden olvidarse: la prioridad era la literatura, el acierto literario, la filosofía, la verdad.
Yo sentía que para mí Borges era la literatura viviente y, de algún modo, él habrá sentido que yo compartía esa actitud ante las letras que para mí era lo principal en la vida. Para los dos, lo más importante era comprender. Sentíamos un gran placer cuando, sobre cualquier asunto que ocurría en la realidad, uno de nosotros explicaba al otro lo que sucedía. Tanto Borges como yo creemos en la inteligencia como instrumento de comprensión. No se trataba entonces de él o de mí, de quién hablara, sino de haber entendido la verdad de algo. Eso era lo que nos exaltaba más. Para mí, la amistad con Borges fue un reglao de la suerte. Fue la primera persona que conocí para quien nada era más importante que la literatura. Para él la literatura era lo más real. Me hablaba de lo que había leído como si fuera una noticia de actualidad, así se tratara de un presocrático. Cuando colaborábamos, por ejemplo, llegaba a casa y me decía: “Estuve con fulano de tal y me dijo tal cosa”. Pero fulano de tal era un personaje del texto que estábamos escribiendo nosotros.
¿Qué fue lo primero que escribieron juntos?
En 1935 o 36 me ofrecieron escribir un folleto comercial sobre las virtudes del yogur, por el cual me ofrecían un pago de 16 pesos por página, muchísimo dinero en esa época. Me facilitaron una bibliografía donde se aseguraba que esa cuajada respondía a la tradición búlgara y que su consumo prolongaba la vida de la gente. Así, se citaban casos de búlgaros que por comer yogur habían vivido más de 150 años. Dije que sí e inmediatamente lo llamé a Borges para hacer juntos el folleto.
Claro, Borges y yo corregimos, exageramos y aumentamos la bibliografía que me habían dado, hasta el punto tal que aquella gente se escandalizó. Citábamos, incluso, el caso de una familia búlgara cuya hija más joven tenía 90 años. Trabajamos muy bien. Borges tenía ese tacto secreto para hacerme sentir como si yo fuera un par. Nunca me hizo sentir de otra manera. En parte porque debía considerar que yo era suficientemente inteligente. No es altanería de mi parte, pero creo que se encontraba a gusto con mi inteligencia.
Más aún, Borges afirmó que todos los aciertos de Bustos Domecq, el autor bifronte, se debían a usted, a quien consideraba, paradójicamente, como un hermano mayor.
Bueno, en esa afirmación hay más generosidad que verdad. Cuando dos personas son amigas, cada uno enseña algo a la otra; en caso contrario se trataría de una relación entre maestro y discípulo, no entre amigos. Borges dice, por ejemplo, que él siempre fue partidario del estilo adornado, del Barroco, y que yo nunca me dejé engañar o encandilar por ese tipo de escritura. Siempre tuve una predilección por la simplicidad y la transparencia que puede haber sido beneficiosa para Borges, a quien le gustaba demasiado el estilo culto, erudito, artificial. Pienso, y ojalá no me equivoque, que eso pudo haber sido útil para él, como él fue útil para mí en infinidad de cosas.
Su primera colaboración con él fue, entonces, el folleto sobre yogur. ¿Qué le siguió? ¿Cómo continúa esa historia de colaboración literaria?
Allí, en el campo de El Pardo, mientras escribíamos la propaganda del yogur, Borges me contó un cuento. Él no había escrito cuentos todavía, y ahora pienso que Borges y yo nos hemos pasado la vida contándonos argumentos de cuentos y novelas que leíamos. Creo que ese poder dialogar conmigo sobre cuentos lo llevó a vencer cierta timidez que tenía para escribirlos. Él había escrito hasta entonces poemas y ensayos y, de algún modo, sentía esa inhibición que se siente ante un género nuevo. Comenzó a vencer esa timidez escribiendo cuentos que parecían ensayos críticos sobre libros inexistentes o modificaciones de biografías de personas reales que él convertía en ficciones –eso ya aparece en Historia universal de la infamia– y de ese modo entró en la ficción, que iba a ser tan importante para él después.
¿Cómo surgió la idea de crear a Bustos Domecq?
El cuento que Borges me había contado en esa ocasión en el campo trataba de un profesor alemán –el doctor Praetorius– que mataba chicos por métodos hedónicos: los hacía jugar y divertirse hasta que se morían de cansancio e inanición. Esa era la idea del cuento que nunca se escribió. Pero una vez que hubo surgido ese deseo de trabajo en común, comenzamos a hablar de la posibilidad de escribir juntos cuentos policiales. Así nacieron Seis problemas para Isidro Parodi, Modelo para armar la muerte y luego Dos fantasías memorables.
Cuando estábamos escribiendo uno de los cuentos que después integraría el libro Nuevos cuentos de Bustos Domecq, suspendimos porque sentíamos que nos estaba devorando esa especie de autor que habíamos creado entre los dos. Bustos Domecq se había convertido en algo similar a un Rabelais, autor que no nos gustaba, que era un bromista insoportable y no respondía a nuestros deseos.
Bustos Domecq, ese autor ficticio pero existente, firma los cuentos que escribieron juntos Borges y Bioy Casares. ¿Se trataba de una broma literaria?
Resultó una broma literaria, no quería serlo. El primer cuento lo escribimos para “La Nación”, luego comprendimos que no lo publicaríamos y, entonces, “Sur” se resignó a hacerlo. Poco a poco llegó a saberse quién era Bustos Domecq y entonces le atribuyeron las más variadas colaboraciones. Pasaron los años, y muchos de esos cuentos fueron publicados en diversas revistas. Por último, en 1967, la editorial losada publicó Crónicas de Bustos Domecq, esta vez firmado con nuestros nombres reales.
Nosotros creamos ese personaje y, mientras lo pudimos gobernar, seguimos con él. Después se tornó ingobernable y dejamos de escribir esas cosas aunque seguíamos viéndonos y comiendo juntos todas las noches. Cuando sentimos que podíamos volver a escribir juntos, surgieron los nuevos cuentos que, a mi criterio, no son peores que los primeros, sino incluso mejores porque en los primeros habíamos partido de la ilusión de escribir juntos cuentos policiales ortodoxos y, como no lo fueron, llevaban el lastre del primer proyecto. En cambio, los nuevos eran más parecidos a lo que realmente podíamos hacer nosotros dos juntos. Sin embargo, existe el lugar común. Henry James se pasó la vida corrigiendo sus textos, pero la gente que hoy reedita sus obras proclama que está publicando la primera versión. Creo que los nuevos cuentos fueron tan buenos –o tan malos–como los primeros y que Crónicas de Bustos Domecq fue el mejor libro que escribimos juntos. En ese aspecto estábamos completamente de acuerdo.
En la práctica, ¿cómo escribían juntos?
Conversábamos libremente sobre la idea que teníamos acerca de un tema hasta que se iba formando, casi sin proponérnoslo, un proyecto en común. Luego me sentaba a escribir, antes a máquina, últimamente a mano porque escribir a máquina ahora me da dolor de cintura. Si a uno se le ocurría la primera frase, la proponía y así con la segunda y la tercera, los dos hablando. Continuamente Borges me decía: “¡No, no vayas por ahí!” o yo le decía: “¡Ya basta, son demasiadas bromas!”.
Pienso que este trabajo de colaboración con Borges debió enseñarnos a ser modestos. Porque cuando empezamos a colaborar nos sentíamos alineados en una campaña a favor de la tramaba y de la escritura deliberada, eficaz y consciente. Íbamos a escribir cuentos policiales clásicos como los de la literatura inglesa hasta los años ´50, cuentos en los que había un enigma con resolución nítida, poca psicología, los personajes necesarios y la reflexión apenas indispensable. Resultó que escribimos de un modo barroco, acumulando bromas al punto que por momentos nos perdíamos dentro de nuestro propio relato, y alguno de los dos preguntaba: “¿Qué es lo que iba a pasar con este personaje?, ¿qué íbamos a escribir?”. Esto es casi patético porque ambos nos jactábamos de ser muy deliberados. Es como si el destino se hubiera burlado de nosotros.
Después de Un modelo para armar la muerte hicimos un alto. Tiempo después, en un momento en que Borges estaba muy enamorado, en uno de sus tantos amores infelices, sucedió algo que dio lugar al reinicio de nuestra colaboración. Una mañana yo sacaba a pasear a mi hija y al hijo de la cocinera. Cada uno de esos chicos tenía en la mano un muñeco y se lo describía al otro. Yo estaba calentando el motor del auto y los oía atrás, describiendo, como si no pudieran ver uno el muñeco del otro. Entonces esa noche le propuse a Borges que escribiéramos un cuento sobre un escritor que describiera por el solo placer de la descripción, aunque fuera la cosa más estúpida del mundo: su lápiz, su papel, la mesa de trabajo, la goma de borrar, etcétera. Así surgió “Un ataúd de fulano Bonavena” que es la primera de las crónicas.
Meses después, porque con Borges siempre fuimos reticentes y corteses, Borges me agradeció porque comprendía que yo le había propuesto ese cuento para hacerle olvidar su mal de amores. No fue así de ningún modo. Fui un frío del diablo y se lo propuse simplemente porque se me había ocurrido el cuento. Así nacieron las Crónicas de Bustos Domecq, que fue casi la última colaboración larga que hicimos juntos. Después solo hubo cosas breves: un prólogo sobre literatura fantástica, otro sobre cuentos policiales. Cuando surgía alguna de esas tareas yo le decía: “Bueno, mirá, creo que no hay más remedio, vamos a tener que escribir algo”. A lo que él respondía: “¡Qué suerte!”, y nos poníamos a escribir.
El más apurado en que nos pusiéramos a trabajar era siempre Borges. Realmente le encantaba trabajar y era muchísimo menos perezoso que yo, mucho más rápido. Además él dice darle mucha importancia al aspecto hedónico de la literatura; pero en realidad era bastante austero y le disgustaban las debilidades o las complacencias. A mí, por ejemplo, me gustaba desde niño la idea de un balneario de curas porque pensaba que debía ser sumamente agradable estar sentado, descansando y que lo atiendan a uno. Ese tipo de cosas a Borges lo impacientaban. Era un poco protestante, una persona con un sentido de la culpa que yo nunca tuve. Ahora, aunque a veces yo tenía pereza para comenzar, luego lo hacía contentísimo. Es que además trabajábamos riéndonos a carcajadas. Quisimos trabajar en serio y fracasamos.
Creo que inclusive hubo un proyecto que no se concretó por ese motivo.
Sí, algo así como un ABC de la cultura que no pudimos concluir porque nos resultó imposible seguir escribiendo seriamente como dos niños aplicados.
Borges dijo que usted era el menos supersticioso de los lectores. Tampoco él era un lector supersticioso, no era un “snob”. ¿En qué diferían respecto a lo que consideraban como supersticiones en la literatura?
Tuvimos, por ejemplo, largas discusiones sobre el amor en la literatura. Borges se pasó la vida enamorado, pero enamorado de verdad, y sufrió muchísimas veces. Sin embargo, tenía un prejuicio en contra del amor en la literatura. Una reacción basada en su experiencia de que todos consideraran que el amor el único tema. Como si hubiera dicho: “Bueno, basta, hay otras cosas aparte del amor”. Hasta ahí su reacción es racional y su actitud justificada. Pero a veces exageraba y tenía una postura casi puritana contra el amor. Yo le decía que no fuera puritano, y él valorizaba extraordinariamente que se lo hubiera dicho. No era ningún mérito de mi parte sino un comentario sensato y justificado.
También, por ejemplo, yo le decía: “Bueno, basta de estar tan entusiasmado con Quevedo, Lope de Vega es menos pedante, mucho más grato y dice cosas más profundas. El otro es como un cordillera de cartón apta para el tren del Parque Japonés”. Borges, agradecido, me daba la rzón y pensaba que yo lo rescataba de una superstición. No es para tanto. Esa era una superstición que yo no tenía, pero él no tenía muchísimas otras.
Borges es un paradigma de la lectura no supersticiosa. Se dice que cuando ejercía como profesor en la Universidad de Buenos Aires recomendaba a los estudiantes que no leyeran nada que no les gustara, que interrumpieran la lectura de un libro si les resultaba tedioso. Supongo que eso habrá causado conmoción en el ámbito académico.
Desde luego. Ambos considerábamos que la crítica literaria no existe si no puede decir “este libro es bueno”, “aquél me aburre”, “ése me divierte”. Si esas valoraciones están prohibidas, para mí no debería existir la crítica literaria. El crítico existe para exaltar los valores de la literatura, para hacerle ver a la gente que la literatura es una de las fascinaciones de la vida y, si hay un error, si se está tomando en serio una estupidez, decir: “Este texto es una estupidez”.
En 1936 usted funda una revista con Borges, “Destiempo”. ¿Cuál era la propuesta? ¿Con quiénes polemizaban?
Creo que polemizábamos con todos aquellos que no juzgaban la literatura por su mérito esencial, sino por las tendencias que tuviera. Entonces albergamos un propósito absolutamente impracticable que era hacer una revista absolutamente intemporal, de ahí el nombre “Destiempo”. Al cabo de tres números la realidad agobió a la revista. El único número vendido fue el tercero porque la ofrecían en la cancha de rugby pregonándola como “Destiempo, la revista para el asiento” (para sentarse en las gradas). Allí colaboraron Alfonso Reyes, Fernández Moreno, Mastronardi, Peyrou y otros.
¿Cómo era el campo literario al que usted ingresa como escritor en 1937?
Yo no frecuentaba ningún ambiente literario. Borges, Peyrou y Mastronardi eran mis amigos y hablábamos de literatura como de tantas otras cosas. Pero soy un escritor gregario y participé poco de la vida literaria de Buenos Aires. Creo que la única manera de escribir y cultivarse es a solas, en la propia casa. Es un camino duro, poco simpático, pero, a mi criterio, el único verdadero.
Usted presenta una imagen de escrito sobrio, retraído en el trabajo solitario. ¿Qué opinión le merece la actitud más bulliciosa de la vanguardia martinfierrista de la que Borges participó?
Era absurda y grotesca. Borges también lo pensaba y consideraba que fue en su vida un pecado de juventud. Me decía siempre, respecto a los seis libros horrendos que escribí antes de La invención de Morel, que había hecho bien en escribirlos porque me iba a salvar de escribirlos después. Ya que uno tiene que cometer errores (porque el aprendizaje los incluye), mejor cometerlos temprano. De todos modos, siempre me sentí un poco culpable pensando en los pobres lectores de mis primeros libros, ya que una cosa es cometer errores y escribir libros malos y otra cosa es publicarlos.
¿En qué se diferencia su propio lenguaje del de Borges?
No sé, no lo pensé mucho, pero creo que he venido escribiendo de un modo que quiere ser oral en a medida en que lo oral puede entrar en la literatura. Borges, me parece, tiende más a un lenguaje de poema, lo mío es más prosa.
¿Escribiría usted un ensayo sobre Borges?
Sí. Espero no morirme sin haber escrito algo sobre Borges. Lo que podría hacer es solo contar cómo lo vi yo, cómo fue conmigo. Corregir algunos errores que se cometieron sobre él, defender a Borges y, sobre todo, defender la verdad. Siempre tuve una superstición con la verdad, tal vez yo más que él. Borges a veces arreglaba su pasado para que quedara mejor literariamente. Es como si hubiera preferido realmente la literatura a la verdad.
¿Se fabricaba una biografía ficticia, un linaje ficticio?
Podía tener cierta falta de escrúpulos que lo hacía reírese muchísimo cuando uno lo descubría y se lo señalaba. Ocurre que él veía la realidad como una expresión de la literatura y ese es e mayor homenaje que se puede hacer a la literatura.
¿Cómo recibió la noticia de su muerte?
Siempre pensé que la lucidez y la inteligencia son indispensables para la vida, que somos nuestra inteligencia. Pero creo que la vida exige que la inteligencia duerma de vez en cuando. Así como para vivir necesitamos la vigilia del día y el sueño de la noche, también necesitamos cierta ceguera, no ver algunas cosas. Cuando Borges se fue me dijo que estaba muy enfermo. Le pregunté si era prudente el viaje y él me dijo: “Para morir no importa el sitio donde uno está” –opinión que él sabía compartida por mí–.
Cuando me llamó el día antes de que se supiera de su casamiento –yo tampoco lo sabía– le pregunté cómo estaba y él me respondió: “Muy embromado”. Le manifesté mi enorme deseo de verlo, a lo cual respondió: “No voy a volver nunca”. Se le quebró la voz y cortó la comunicación. Esa conversación fue, a todas luces, una despedida.
Con todos esos elementos, sin embargo, yo ponía la muerte de Borges en el futuro, es decir, en algo irreal para la vida cotidiana. Entonces ayer, después de almorzar, salí a caminar por este barrio para buscar en los quioscos un libro de Dune llamado Experimentos con el tiempo, libro muy importante en nuestras vidas ya que nos conmovió a ambos, nos hizo soñar, pensar, escribir. Un muchacho me habla para decirme que ese era un día muy especial. Lo repitió con insistencia, y entonces le pregunté por qué. “Porque hoy en Ginebra murió Borges”.
A pesar de haber estado esperándolo, sentí de pronto como si un biombo nos separara: no podía saber si Borges estaba aquí o estaba ya en la nada… (Bioy se emociona) Perdóneme. Él hubiera pensado que esto es ridículo. Soy emocionable pero no porque sea bueno, como suelen decirme; en los momentos de emoción uno se deja llevar por los nervios. Mi madre era totalmente contraria a este tipo de reacción grotesca. Una vez, había gente de visita en nuestra casa de campo y ella se había quemado horriblemente la mano. Nadie se dio cuenta porque ella pensaba que lo más importante en la vida era manejarse con lucidez, ser el capitán de uno mismo, una idea que Borges y yo compartíamos. Pero Borges también tenía esa afinidad conmigo: era un llorón de miércoles. Perdóneme, la gente se pone desagradable y grotesca cuando llora pero para mí es como si hubiera dos momentos, dos tiempos: hasta ayer y después de ayer… Cuando murió Byron, una muchacha dijo: “El mundo se ha oscurecido”. Algo similar puede decirse ahora con referencia a la muerte de Borges. Perdone, esto está mal, voy a intentar cambiar y corregirme cuando sea grande.
JORGE VALDANO: "En México, durante el Mundial del 86, Maradona me ganó una apuesta. Después de los entrenamientos solíamos quedarnos sentados en el suelo a hablar un poco para pasar el tiempo, tiempo que durante las concentraciones no pasa nunca."
Las charlas no tenían nada de extraordinario. Lo único que rompía la monotonía era la presencia de los periodistas que nos esperaban (sobre todo a él). En esas, Diego dijo con desgana:
– Míralos.
– Son todos tuyo- Le contesté por decir algo.
– A ninguno le gusta el fútbol -Siguió.
Para alentar la conversación, elegí el otro lado del ring:
– Mentira, podemos discutir si saben o no, pero gustar le gusta a todos.
– ¿Qué nos jugamos a que no?
– ¿Y cómo hacemos para saberlo? Pregunté también.
"Imaginó un método que me llamó la atención por su originalidad y creí aceptable como prueba casi científica. Se trataba de hacer caer un balón en medio del enjambre periodístico. Si lo devolvían con el pie, ganaba yo; si lo devolvían con la mano, ganaba él. Acepté la apuesta."
"Diego se levantó despacio, agarró un balón y con esa precisión exagerada que tiene y que no sé porqué pero siempre me provocó risa, la depositó en el medio del grupo en cuestión. Hubo un alboroto como del hormiguero pateado, un forcejeo del que sacó ventaja el más decidido y después de dar tres o cuatro pasos rapiditos para dejar en claro quién había ganado el pleito, un hombre nos devolvió el balón con las dos manos, haciendo una especie de saque de banda."
"Me defendí como pude:
– Pobre tipo, le dio vergüenza alcanzarla con el pie por ser vos Maradona.
Pero Diego también tenía respuesta para eso:
– Si yo estoy en una fiesta en casa del Presidente de la Nación con un smoking y me llega una pelota embarrada, la paro con el pecho y la devuelvo como dios manda.
Y dios manda devolverla con el pie supongo. Lo siento periodistas, pero nunca más apuesto por ustedes".
🇬🇧 | AHORA: El keniano Sabastian Sawe ha roto el récord mundial de maratón en Londres, ganando la carrera con un tiempo de 1:59:30.
Su victoria marca la primera vez que un maratón se ha completado en menos de dos horas.
El hombre que nos enseñó a tener frío.
(Horacio Quiroga por Juan Forn)
Horacio Quiroga adoraba a Martínez Estrada como a un hermano menor y le regaló una hectárea de su propia tierra en Misiones, para tentarlo de que fuera su vecino. La desmontó él mismo a machete limpio, le mandó por correo el título de propiedad y los planos de la casita de madera que podía construirle con sus manos. Hasta los muebles le ofrecía hacer (y eran famosamente cómodos los muebles que hacía Quiroga, con ayuda del mensú devenido carpintero Jacinto Escalera). Martínez Estrada tenía un trabajo de cuarta en el Correo Central y detestaba el ambiente literario de Buenos Aires, pero no se decidía a partir a Misiones, así que Quiroga apeló a un último recurso para convencer a su melómano amigo: le mandó un violín hecho en madera de timbó. “Era tan chato de pecho y espalda como el propio Quiroga, tenía un clavijero prehistórico, las efes labradas torpemente a gubia y emitía un sonido de gato en celo, mitad hipnótico y mitad horripilante.” Martínez Estrada entendió con el corazón estremecido que así sería la vida como vecino de Quiroga en Misiones, pero se libró de escribir esa carta cruel porque su amigo apareció por Buenos Aires.
Venía a hacerse ver por los médicos una molestia que no lo abandonaba. Era un cáncer terminal, pero no se animaban a decírselo. Lo tenían de residente en el Hospital de Clínicas con permiso ambulatorio, mientras le hacían creer que lo sometían a estudios y lo preparaban para una operación. Un día vagando por el sótano del hospital encontró un paciente llamado Batistessa. Lo tenían ahí escondido por su aspecto físico, causado por una neurofibromatosis conocida como elefantiasis. Quiroga exigió que Batistessa fuera sacado del sótano y trasladado a su habitación, y en las horas muertas le contaba historias de la selva. Un día Batistessa oyó hablar a los médicos y fue a decirle a Quiroga que la operación proyectada era una simple y dolorosa postergación de la muerte. Quiroga avisó que salía a caminar, fue a una ferretería a comprar cianuro, regresó al hospital, mezcló el polvo en un vaso con whisky y se lo tomó. “Se mató como una sirvienta”, dijo Lugones, que un año después se suicidaría de igual forma en el Tigre. “No se vive en la selva impunemente”, escribió Alfonsina Storni en un poema que le dedicó antes de suicidarse ella también, en los acantilados de Mar del Plata.
Ni Lugones, que había sido su maestro y protector, ni Alfonsina, que había sido su amante, acompañaron las cenizas del difunto al Uruguay. Borges, en cambio, que había dicho que Quiroga era “una superstición uruguaya, que escribía mal lo que Kipling escribió bien”, sí fue de la comitiva. Eran fechas de Carnaval y contó que el corso se interrumpía al paso del cortejo y que los niños pedían tocar la urna de madera de algarrobo en donde el escultor ruso Stepan Erzia había tallado la cara del difunto. A veces los opuestos coinciden: a Arlt le pasó algo parecido con Quiroga; él también lo había escarnecido; en una aguafuerte sobre la fundación de la SADE, creada para defender los derechos de los escritores, escribió: “La idea debe ser de Quiroga, hombre que gasta barba sefaradí y una catadura de falsificador de moneda que espanta”. Pero cuenta Onetti que, el día en que murió Quiroga, Arlt estaba sentado al fondo de una larga mesa, ignorando con fiereza los comentarios sobre el muerto, hasta que llegó su amigo Kostia y contó que tres días antes se había cruzado con Quiroga por la calle. Iba vestido como un clochard, la barba le devoraba más de la mitad de la cara, venía siguiendo desde el Parque Japonés a la última mujer que siguió por la calle, una beldad que cortaba la respiración. Era la famosa viuda de Gómez Carrillo, que por entonces noviaba con Saint-Exupéry. Kostia se lo estaba diciendo cuando el francés salió del Hotel Plaza al encuentro de su dama y la abrazó. Quiroga, contemplando la escena, murmuró: “Me hubiera gustado ser aviador”, y se fue, envuelto en su sobretodo con el pijama abajo en pleno enero, rumbo a su cama en el Hospital de Clínicas. Desde el fondo de la mesa, detrás del humo de su cigarrillo, se oyó la voz de Arlt: “He cambiado mi opinión de Quiroga”. No podía ser de otra manera. Quiroga había dicho: “Soy el primer infectado por Dostoievski en América del Sur”. Arlt fue el siguiente.
Como Arlt, Quiroga carecía de lo que algunos llaman tacto, otros hipocresía y otros relaciones públicas. A los veinte años partió de Montevideo a París vestido como un dandy, en camarote propio. Volvió tres meses después, en tercera clase, con los pantalones raídos y las solapas levantadas para que no se viera que no tenía cuello en la camisa. “¿Por qué escriben como españoles si son argentinos?”, le dijo en la cara a Larreta cuando llegó a Buenos Aires. “No soporto los gauchos de Carnaval”, le dijo a Lugones. Escandalizó a Manuel Gálvez con su Historia de un amor turbio, basada en su relación con Ana María Cires, la muchacha que se llevó a vivir a Misiones y le dio dos hijos y después se suicidó de manera atroz. A esos hijos los crió en el amor a la selva, dejándolos dormir solos arriba de un árbol o sentarse durante horas al borde de un precipicio, para horror de su madre. Cuando ella murió, volvió con esos hijos a Buenos Aires, vivió primero en un sótano de la calle Canning y después en un caserón en Vicente López, donde tenía un coatí llamado Tutankamón, un búho llamado Pitágoras y el yacaré Cleopatra, además de una enorme canoa aerodinámica que calafateaba infinitamente y que no parecía una embarcación, sino una criatura de las aguas.
Lo acusaban de escribir para asustar a la gente, de traer la selva a la ciudad, de arrimar la barbarie a la civilización. Cuando publicó su famoso decálogo del perfecto cuentista, Nalé Roxlo dijo que parecía el manual del maestro ciruela escrito por el Viejo Vizcacha. “Es un anarcoindividualista que se conforma con su propia libertad. No le importa que todos los hombres sean libres”, dijo Alvaro Yunque cuando lo invitó a la URSS y Quiroga le contestó que prefería volverse a la selva. Y eso hizo, con una segunda esposa treinta años más joven que él, que prefirió abandonarlo antes de enloquecer. Tampoco en la selva lo entendían: se burlaban del hermoso laberinto de bambúes que había hecho para su segunda esposa, con un jardín de orquídeas en el medio. Las cuadrillas que pasaban y lo veían deslomándose al sol le gritaban: “¿No tiene personal, patrón? ¡No le robe trabajo a los peones!”.
Supo adorar por igual a Tolstoi y a Dostoievski, a Jack London y a Thoreau, a Maupassant y a Baudelaire (“ebanistas capaces de sacar de un solo golpe de garlopa trece rizos de viruta”). Hablaba como si siempre tuviera fiebre y padeció frío hasta en la selva misionera. En la última carta a sus hijos les dijo: “Busco lo que casi nunca se encuentra. Soy capaz de romper un corazón por ver lo que tiene adentro, a trueque de matarme yo mismo sobre los restos de ese corazón”. Martínez Estrada escribió después de su muerte: “Con él aprendimos a contar en serio”, y si miramos la literatura desde acá, no hay manera de no estar de acuerdo.
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