"Pienso que es necesario educar a las nuevas generaciones en el valor de la derrota. En manejarse en ella. En la humanidad que de ella emerge. En construir una identidad capaz de advertir una comunidad de destino, en la que se pueda fracasar y volver a empezar sin que el valor y la dignidad se vean afectados. En no ser un trepador social, en no pasar sobre el cuerpo de los otros para llegar el primero. Ante este mundo de ganadores vulgares y deshonestos, de prevaricadores falsos y oportunistas, de gente importante, que ocupa el poder, que escamotea el presente, ni qué decir el futuro, de todos los neuróticos del éxito, del figurar, del llegar a ser. Ante esta antropología del ganador de lejos prefiero al que pierde. Es un ejercicio que me parece bueno y que me reconcilia conmigo mismo. Soy un hombre que prefiere perder más que ganar con maneras injustas y crueles. Grave culpa mía, lo sé. Lo mejor es que tengo la insolencia de defender esta culpa, y considerarla casi una virtud". Pier Paolo Pasolini
Dani Desokupa ha borrado este tuit después de que Jun Roig se lo pidiera. Apoya a estos matones, pero no quieren que lo sepas.
Efecto Streisand yo te invoco.
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Hablando de Dubái, al parecer, ha caído un misil iraní en el Palm Jumeirah, la isla artificial con forma de palmera gigante. Y esto es tan narrativamente coherente que parece escrito por un escritor de ciencia ficción de los 70.
Porque Dubái es esencialmente una distopía escrita hace 50 años. Como Super-Cannes o High Rise, de Ballard. Que yo las leí en los 90 y dije molan las novelas, pero es imposible que nadie construya nunca algo así. Y no solo la construyeron, sino que millones de personas se han ido allí de vacaciones o a trabajar haciendo como que están de vacaciones y a subir stories y TikToks.
Lo que me flipa es que haya tanta, tantísima gente, que no lo ve a la primera, porque Dubái nunca ha ocultado su condición distópica, de hecho la exhibe, la pone en el escaparate, la ilumina con LEDs, le añade una pista de esquí interior y te cobra entrada. Gente que, teóricamente, está capacitada para entender que una monarquía petrolera sin libertad de prensa, sin derechos laborales, sin derecho a la disidencia, con temperaturas de 48 grados que obligan a climatizar las paradas de autobús, representa un modelo civilizatorio tan obtuso —además de inmoral, pero no voy a entrar en eso ahora— que viene con la fecha de caducidad impresa en la frente. Pero el hotel tiene un acuario en el vestíbulo y el acuario es enorme y las suites tienen ventanas que dan directamente a ese acuario.
Dubái es una ciudad que te dice mira, aquí tenemos esclavitud laboral con vistas al mar y la gente respondía qué fuerte, ¿y el brunch del viernes a cuánto sale? Una isla artificial con forma de palmera —con forma de palmera, por favor, que no la han hecho con forma de dinosaurio porque todavía les daba un poco de vergüenza— construida por trabajadores nepalíes, indios, bangladesíes, pakistaníes, filipinos, etíopes, ugandeses y/o kenianos a los que les confiscaban el pasaporte, para que luego un influencer británico o estadounidense o alemán o español pudiera grabarse en bañador diciendo living my best life. El arco narrativo está ahí, a la vista, sin metáfora posible porque la realidad ya era la metáfora.
Y ahora un misil iraní ha atravesado la burbuja, la real y la metafórica. Igual el yogur ya estaba caducado y la distopía solo está cumpliendo su propio guion.
No concibo que esto no sea ilegal, es una cosa que simplemente mi mente no es capaz de entender. Me parece tan obvio que es igual de inmoral que robar o estafar que me deja atónito que exista debate
La imagen de Nicolás Maduro esposado difundida por la Casa Blanca no es justicia internacional, es propaganda de guerra.
Donald Trump no ha anunciado una “transición democrática”. Ha anunciado una ocupación. Bombardeo previo, presidente capturado, amenaza de nuevas oleadas militares y un mensaje claro: EEUU va a gobernar Venezuela. No por los derechos humanos, no por la democracia, sino por el control directo de un país soberano.
Colonialismo sin eufemismos, con portaaviones y comunicados triunfalistas.
El propio Trump lo dice sin rubor: las grandes petroleras estadounidenses entrarán a “arreglar” Venezuela y a “generar ingresos”. Traducido: saqueo, empresas privadas escoltadas por el ejército y un país reducido a yacimiento estratégico. La vieja doctrina Monroe, actualizada en versión siglo XXI y a cara descubierta.
Hoy es Venezuela; mañana, cualquiera que no se pliegue.
No es libertad lo que anuncian.
Es dominación.
Y conviene llamarla por su nombre.
La ultraderecha no convence, pero ofrece alivio cognitivo a costa del pensamiento crítico
por Iñaki Errazkin
Anoche, en un debate, sostuve que el concepto de “fachapobre” está estrechamente ligado a la carencia de discernimiento. Ante alguna discrepancia, explico aquí mi tesis.
La ultraderecha no gana apoyos porque tenga mejores ideas.
Los gana porque reduce la ansiedad. Porque ofrece descanso mental en un mundo que exige pensar, dudar y convivir con la complejidad.
Su fuerza no es intelectual ni moral. Es psicológica.
La psicología social lleva décadas mostrando que no todas las personas toleran igual la ambigüedad.
Para algunas, el matiz y la diversidad forman parte de la vida. Para otras, generan inseguridad y una necesidad urgente de orden.
Ahí entra la ultraderecha.
No analiza, sino que simplifica.
No debate, sino que clausura.
No explica, sino que señala culpables.
Su mundo binario se divide en bandos claros (nosotros y ellos, patriotas y enemigos) y elimina las zonas grises donde empiezan la responsabilidad y el pensamiento crítico.
No es, estrictamente, un problema de inteligencia.
Muchas personas que apoyan a la ultraderecha funcionan con normalidad en su vida cotidiana.
Pero en una parte significativa de sus seguidores (los "fachapobres") aparece algo inquietante: una incapacidad persistente para discernir las implicaciones reales de las ideas que defienden.
No es que no entiendan el mensaje. Es que no procesan sus consecuencias.
Repiten consignas sin pensar a quién excluyen, qué derechos erosionan o qué costes sociales asumimos los demás.
El pensamiento se detiene antes de la segunda pregunta. Y ese empobrecimiento del juicio no es un accidente: es funcional.
La ultraderecha prospera allí donde la coherencia emocional sustituye a la coherencia lógica y donde la simplicidad alivia más que la verdad.
La necesidad de cierre cognitivo lo explica bien: cuanto mayor es la incertidumbre, más atractivo resulta quien promete orden sin dudas.
Quieren un mundo sin complejidad.
El líder piensa por ti.
España, como nación única e indivisible, te da identidad.
El diferente se convierte en amenaza.
Todo encaja. Todo descansa.
Por eso, en tiempos de crisis, la ultraderecha actúa como un ansiolítico colectivo.
Y por eso no se la combate solo con datos, sino fortaleciendo el pensamiento crítico, la tolerancia a la ambigüedad y la capacidad de sostener la complejidad sin buscar refugio en el autoritarismo.
Porque el mundo no va a volverse simple, pero siempre habrá quien prefiera que alguien piense por él.
No es una paradoja, es una pedagogía del poder. Que personas empobrecidas voten a la derecha para que los millonarios paguen menos impuestos no responde a un error de cálculo, sino a un triunfo cultural. El capital no solo domina la economía, también coloniza el imaginario, logra que la desigualdad se perciba como destino y no como decisión política.
La promesa no es material, es aspiracional. Se vota desde la fantasía de pertenecer algún día al bando de quienes ganan, aunque la experiencia cotidiana confirme lo contrario. El voto deja de ser una herramienta de defensa y se convierte en un gesto de identificación simbólica con el poder, incluso cuando ese poder legisla contra quien lo aplaude.
La derecha no necesita convencer con datos, le basta con moralizar la pobreza y glorificar la riqueza. Si eres pobre es porque no te esforzaste. Si eres rico es porque lo mereces. En ese marco, defender rebajas fiscales a los millonarios se vuelve un acto de fe, casi una inversión emocional en un futuro que nunca llega.
No es ignorancia. Es hegemonía. Y cuando la hegemonía funciona, quienes pierden acaban defendiendo las reglas que les condenan, convencidas de que el problema nunca es el sistema, sino ellas mismas.
Ha muerto Robe Iniesta, el mayor poeta del rock español.
¿Podemos por favor parar ocho minutos y detenernos a apreciar la insondable belleza, tristeza y perfección de Si te vas de Extremoduro?
Hoy ese país amanece más solo. Su agencia de comunicación lo confirmó en la madrugada del 10 de diciembre. No detallaron la causa. No hacía falta.
El país entendió automáticamente que se había ido Robe, alguien que no encajaba en los moldes, alguien que nunca quiso ser ídolo pero terminó siéndolo por insistencia de quienes necesitábamos una voz que no mintiera.
Toda una generación encontramos en sus letras un modo de explicarse el mundo, por lo que sabemos que lo que se pierde no es solo a un artista. Se pierde una forma de nombrar la vida sin maquillaje.
Robe hablaba de amor, de sexo sin subterfugios, de autoestima que se construye desde el barro, de las derrotas de las y los de abajo. Hacía poesía sin pedir permiso a la RAE. Era académico de un país que nunca entró en el aula.
Sus conciertos eran rituales: miles de personas cantando sobre el dolor como si hacerlo lo convirtiera en una herramienta de supervivencia.
Hoy, el rock español queda huérfano de su figura central.
Y quienes aprendieron a sostenerse con Ama, ama, ama y ensancha el alma saben que hay silencios que duelen más que el ruido.
Hasta siempre, Robe.
Hasta siempre, siempre, siempre.
El gran abandono
por Iñaki Errazkin
Durante la última década se ha producido uno de los giros sociológicos más rápidos y profundos de la historia reciente. Los adolescentes y jóvenes de la generación Z se han convertido en el grupo demográfico que más rápidamente se desplaza hacia la derecha y la ultraderecha.
En Francia, Alemania, Italia, Portugal, EE. UU., Argentina, y por supuesto, España, los datos son contundentes y se repiten con precisión quirúrgica. En este país de las maravillas, según el CIS de octubre de 2025, VOX es ya la segunda fuerza entre los varones menores de 25 años, superando al PSOE por primera vez.
El patrón es global y, sobre todo, de género. Mientras las jóvenes se mantienen o giran ligeramente a la izquierda, ellos viajan ideológicamente en dirección contraria.
Ante este fenómeno, la reacción más extendida en los círculos progresistas ha sido la indignación y lanzar balones fuera, eludiendo la autocrítica. Pero la indignación no explica ni resuelve nada. Es más, funciona como un mecanismo de defensa que evita la pregunta incómoda que de verdad importa: ¿cómo es posible que hayamos perdido a buena parte de una generación de chicos? Porque la hemos perdido. Y la responsabilidad no es de las redes sociales, sino nuestra.
Madres y padres que delegaron, profesores que sermonearon en vez de escuchar, partidos supuestamente progres que abandonaron a la clase trabajadora (especialmente a la masculina joven), instituciones que miraron para otro lado mientras internet se convertía en la principal agencia de socialización de la chavalería… Entre todos la mataron y ella sola se murió.
Los jóvenes de la generazión Z, especialmente los varones, han crecido en una sociedad que los ha ninguneado, abandonándolos a su suerte, y en ese contexto de orfandad afectiva, material e identitaria, aparecieron agentes que les hablaban clara y directamente, sin condescendencia y con un relato tan simple como potente: “Tú no eres el problema. El sistema te ha traicionado, te ha convertido en un ciudadano de segunda, por debajo de los inmigrantes, y encima te culpa a ti. Levántate y lucha”.
Y ese alguien no fue VOX, aunque ahora recoja los frutos. Fue un ecosistema digital (YouTube, TikTok, Instagram, etc.) que durante la pandemia y los años posteriores ha acumulado más horas de atención que el instituto, la familia y los amigos juntos. Y en ese caldo de cultivo, el maldito algoritmo premiaba y premia el contenido más emocional, más provocador y más antitodo. El resultado ya lo conocemos.
Los padres y madres de los años 90 y 2000 criaron a la primera generación que creció con internet, que también fue la primera en educarse afectiva y éticamente en las pantallas de móviles, tablets y ordenadores. Muchos padres y madres que llegaban a casa cansados de su jornada laboral, pusieron a sus hijos e hijas delante de la pantalla para que no molestaran, confiando en que el colegio o el instituto lo arreglaría todo. Pero no fue así. De hecho, hizo lo contrario.
El profesorado convirtió la educación en valores en un hilo de sermones sobre diversidad, cambio climático y lenguaje inclusivo, que está muy bien, pero en raras ocasiones habló de las angustias concretas de la chavalería. La presión por el físico, la soledad, la sensación de no encajar, el miedo al fracaso sentimental, formativo o laboral, entraron en escena y no había nadie para apoyarlos o aconsejarles. Si un alumno discrepaba, la respuesta habitual era la estigmatización fulminante: “Eso es machismo”, “Eso es racismo”, “Eso es de fachas”. Sin diálogo posible, los chavales fueron a buscar respuestas a otro sitio.
Por su parte, las instituciones públicas dedicaron millones de euros a campañas contra la “masculinidad tóxica” (necesarias cuando se centran en conductas concretas de violencia o dominación, pero que a menudo se limitaron a un reproche global hacia la condición masculina adolescente), pero nada o casi nada a combatir el abandono escolar masculino (que ya supera al femenino en los institutos, golpeando sobre todo a los chicos de barrios obreros y zonas rurales), el suicidio masculino (cuatro veces superior al de las chicas) o la brecha de acceso a la universidad, donde las jóvenes suponen ya el 60 % del total delos graduados.
Sin prisa, pero sin pausa, la izquierda fue abandonando a su antigua base. Durante décadas, había sido el refugio ideológico de los trabajadores, de los jóvenes precarios, de los que lo tenían más difícil… Pero en algún momento entre 2010 y 2020 decidió que su nueva base eran las mujeres urbanas tituladas, las minorías identitarias y la generación climática. Temas legítimos y necesarios, pero que marginaron a millones de chicos de clase trabajadora que veían cómo sus barrios cambiaban rápidamente, cómo sus perspectivas se hundían y cómo nadie parecía preocuparse especialmente por ellos.
Cuando la izquierda dejó de hablar de paro juvenil masculino, de seguridad ciudadana en barrios populares y de la dignidad del trabajo manual, otros ocuparon ese espacio. Y lo ocuparon con un discurso identitario, simplista, rabioso y tóxico (misoginia, racismo, homofobia, conspiracionismo, etc.), pero que hace que los chavales se sientan reconocidos y representados.
Llegados a este punto, culpar exclusivamente a la ultraderecha o a las redes sociales es tan cómodo como inútil. Es como culpar al zorro por entrar en el gallinero cuando nadie se molestó en cerrarlo. La única salida pasa por asumir el fracaso colectivo y empezar a reconstruir desde cero la relación con esa generación mayoritariamente abandonada.
Yo no veo más solución realista que recuperar la conexión con ellos, hablarles sin condescendencia ni miedo a sus preocupaciones: vivienda, empleo digno, seguridad, relaciones afectivas, esperanza de futuro… Es necesario ofrecerles alternativas ilusionantes y tangibles que combinen su orgullo identitario con justicia social y un horizonte colectivo claro.
Y como el campo de batalla es hoy cibernético, tendremos que competir de verdad en el terreno digital, no con tibias e ineficaces campañas institucionales, sino con creadores de contenido influyentes que hablen su mismo idioma y ofrezcan esas alternativas atractivas que he mencionado antes.
Si no lo hacemos, el desplazamiento hacia la extrema derecha seguirá acelerándose y, dentro de diez años, la sociedad futura se sorprenderá de nuevo de que los chavales que hoy tienen quince años voten masivamente a VOX o a algo aún más detestable que pueda surgir, que todo es empeorable.
La juventud no se pierde de repente. Se pierde poco a poco, cuando nadie se molesta en escucharla ni en defenderla ni en darle un lugar digno en el mundo. Y ese es el gran abandono del que tendremos que rendir cuentas ante la historia.
"La forma en que se realizó la transición, en que los partidos de izquierdas renunciaron a sus principios, a cambio de que se les permitiera participar en el juego parlamentario que reiniciaban los mismos que lo habían asaltado y destruido en 1936, permitió que se amnistiasen los crímenes cometidos en los cerca de cuarenta años de gobierno dictatorial -sin que a nadie se le ocurriese pedir su opinión a las 'víctimas del terrorismo franquista', sistemáticamente marginadas- y, lo que es mucho más grave, hizo posible que siguieran administrando la justicia los mismos que habían sancionado los abusos ahora perdonados", Josep Fontana.
AMOC • LA AMENAZA QUE EUROPA NO QUIERE MIRAR
🌍 ¿QUÉ ESTÁ PASANDO?
Islandia acaba de activar la alarma más alta que un país puede declarar: el posible colapso de la Circulación de Vuelco Meridional del Atlántico (AMOC) es ya, oficialmente, un riesgo existencial para su seguridad nacional.
Sí, existencial.
Sí, ahora.
Sí, para todo el Atlántico Norte.
🌡️ QUÉ ES LA AMOC Y POR QUÉ IMPORTA
La AMOC es la corriente gigante que lleva aguas cálidas desde el Caribe hasta Europa.
Es la razón por la que aquí no tenemos inviernos polares.
Es la que regula lluvias, tormentas, temperaturas y el equilibrio térmico del planeta.
Si esa cinta transportadora falla, el clima europeo cambia de fase.
Y las señales ya están aquí:
— Deshielos récord
— Pérdida de salinidad
— Anomalías térmicas inéditas
— Estudios advirtiendo del riesgo antes de 2050 (y quizá antes)
⚠️ POR QUÉ ISLANDIA HA PULSADO EL BOTÓN ROJO
Porque sus equipos científicos llevan meses detectando movimientos anómalos en las capas profundas del Atlántico.
Porque el deshielo del Ártico está acelerando la inestabilidad.
Porque la ventana de tiempo para actuar se estrecha.
Islandia ha activado todos sus ministerios.
Europa sigue discutiendo si “hace calor para noviembre”.
🌪️ QUÉ SIGNIFICA PARA EUROPA
Si la AMOC colapsa, hablamos de:
Inviernos brutales en España, Francia, Reino Unido y Alemania
Agricultura en caída libre
Tormentas extremas más frecuentes
Crisis energéticas
Migraciones internas masivas
Infraestructuras desbordadas
Más desigualdad, más pobreza, más vulnerabilidad social
No es un escenario futurista: es un escenario probable si seguimos como hasta ahora.
🇪🇸 ESPAÑA: EL PAÍS QUE MÁS SE LA JUEGA
España depende de:
— Una agricultura sensible al clima
— Zonas costeras densamente pobladas
— Un modelo energético vulnerable
— Un verano que ya roza límites fisiológicos cada año
Aquí la crisis sería inmediata.
Y aun así, ningún partido ha puesto la AMOC en su agenda.
🧩 LA AMOC NO ES EL CLIMA: ES EL ORDEN SOCIAL
Cuando el clima se desordena, lo primero que cae no es la temperatura.
Lo primero que cae es la igualdad.
Quién come.
Quién migra.
Quién puede pagar la energía.
Quién queda abandonado.
Esto va de poder.
De desigualdad.
Y de si, como sociedad, estamos preparadas y preparados.
Hoy, la respuesta es no.
🔥 ¿Y POR QUÉ NO SE HABLA DE ESTO?
Porque admitir que la AMOC está inestable significa admitir que el modelo económico actual es incompatible con un planeta habitable.
Y eso ningún gobierno quiere afrontarlo.
Islandia ha sido la primera en decirlo.
Que no sea la última depende de nosotras y nosotros.
🧨 ÚLTIMA IDEA
La AMOC no se colapsa de un día para otro.
Pero sí se colapsa de una década a otra.
Y esa década es esta.
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🏘️ Peso de los jóvenes en las compras de vivienda:
2007: 22,5%
2025: 9,5%
Peso de los extranjeros en compras de vivienda:
2007: 7,5%
2025: 20,1%
📌 Los extranjeros han sustituido a los compradores de hasta 30 años.
Fuente: Notarios. https://t.co/575SX8OhKT
Si la economía crece pero no así nuestros salarios reales es porque los más ricos se están forrando a base de empobrecer al resto.
Cada vez controlan mas activos (como casas), cobran más rentas, y así se van comiendo a la clase media.
Si no les ponemos impuestos, iremos a peor.
Hoy, el pueblo gallego ha hecho historia denunciando el genocidio de Israel. Han suspendido el final de meta en la Vuelta por las protestas en solidaridad con el pueblo de Palestina. Muy grandes.
La vivienda sube un 12,7% mientras la gente no puede comprar ni pagar un alquiler. Son especuladores quienes suben el precio acaparando casas
Hay que expropiar casas a fondos y rentistas, prohibir la compra a no residentes y regular precios. O les paramos o destrozan la sociedad