Ayer mientras Paloma Valencia intentaba convencer a Sergio Fajardo de una coalición, en simultánea, Uribe tuiteaba que Ivan Cepeda era un asesino, asaltante, apache. Y mientras tanto, por aquí algunos insistían en que Fajardo se bajara de su pedestal moral.
Una cosa es bajarse uno o dos escaños de ese pedestal para lograr acuerdos, y otra muy distinta es terminar en el sótano de la escala moral haciendo parte de un proyecto político que es en una muy buena parte responsable de la situación por la que estamos pasando. La memoria nos está fallando pero por fortuna está ahí Uribe recordándonos quién es.
Aquí hay mucha gente dispuesta a negociarlo todo con tal de que el Pacto Histórico no llegue al poder, absolutamente todo. Fajardo es alguien que a lo largo de su carrera se ha caracterizado por tener claras las líneas de lo que se negocia y lo que no. Pedirle ahora que borre esas líneas para atajarle el camino al Petrismo no es razonable, es pedirle que traicione el proyecto político de toda una vida. Confundir ese compromiso con mesianismo o con viajes de ego, es muy sintomático de cómo estamos concibiendo el ejercicio de la política en este país. Ese camino no nos va a llevar a un final feliz.
Colombia lleva años obligada a elegir entre dos extremos que se odian pero que se necesitan para existir. Hoy @sergio_fajardo rompió esa trampa. No prometió. No gritó. No agitó el miedo. #FajardoPresidente se viene el verdadero Cambio. Serio. Seguro.
En mi gobierno vamos a trabajar con líderes de todas las orillas, porque Colombia se saca adelante uniendo fuerzas y resolviendo problemas. 🇨🇴
Pero para que ese cambio sea real, necesitamos senadores y representantes honestos que legislen para la gente.💜
A esta hora en Medellín @sergio_fajardo presenta su propuesta de cultura para el país
Mientras otros vienen a nuestra ciudad con propuestas populistas o insultos; Fajardo viene a retomar la tarea que inició hace 20 años: defenderla de los violentos y sanarla con oportunidades 🇨🇴
Como muchas personas, mi corazón está a la izquierda. Siempre he votado por alguna variación de ella. Mi forma de entender el mundo tiene raíces profundas tanto en el marxismo como en sus críticas desde la misma izquierda, de Camus a Orwell. Pero descubro que lo que me separa de la izquierda oficial —o al menos de su versión tuitera— es precisamente el corazón.
Porque soy de izquierda, mi primer impulso ante la caída de Maduro es una alegría visceral. No por quien la provocó —Trump no despierta en mí ninguna simpatía— sino por los millones de venezolanos que llevan años huyendo de una parodia grotesca del socialismo. Por las madres que no han visto crecer a sus hijos. Por los profesionales manejando Uber en Santiago. Por los que murieron cruzando el Darién.
La izquierda que conozco en Twitter piensa al revés: primero el antiimperialismo, después la soberanía, luego la no injerencia, y al final —si queda espacio— los venezolanos. Como si el principio de no intervención pesara más que los cuerpos torturados en El Helicoide. Como si los derechos humanos del tirano importaran más que los de sus víctimas.
Este reflejo automático se repite en cada crisis. En Cuba, la corrupción dinástica de los Castro siempre pesa menos que el embargo. Cuando las iraníes se quitan el velo y enfrentan a los mulás, la izquierda busca primero denunciar a la CIA. Cuando quemaron el metro en Santiago, había que entender la rabia antes que lamentar a la cajera que no pudo llegar a su trabajo. No importa que los mulás ejecuten homosexuales, que los muyahidines lapiden mujeres, que los Castro encarcelen poetas: si están contra Estados Unidos, merecen comprensión.
Entiendo el razonamiento. Conozco la historia de las intervenciones, los golpes de Estado, la Escuela de las Américas. Sé que Estados Unidos no regala nada y que Trump es un personaje siniestro. Pero lo que no puedo entender es la ausencia de emoción humana elemental. Esa frialdad doctrinaria que no se conmueve ante los videos de venezolanos llorando de alegría en las calles de Caracas. Que no siente nada ante las iraníes cortándose el pelo en señal de rebelión. Que siempre tiene un "pero" listo antes que un abrazo.
Preferiría, por supuesto, que los venezolanos hubieran derrocado solos a su tirano. Pero sé —porque la historia lo enseña— que pocas dictaduras caen sin alguna forma de presión internacional. La chilena no lo hizo. La argentina tampoco. La española menos. Y de todas las salidas posibles después del fraude brutal de julio, esta es de las menos sangrientas.
Hoy los venezolanos celebran. Las calles de Caracas se llenan de una esperanza que creíamos muerta. Y yo, que sigo siendo de izquierda precisamente porque creo en la dignidad humana antes que en las abstracciones geopolíticas, celebro con ellos.
Mañana habrá tiempo para analizar, criticar, contextualizar. Hoy, solo hoy, déjenme sentir esta alegría sin pedir permiso al manual del buen antiimperialista. Déjenme poner el corazón donde siempre debió estar la izquierda: del lado de la gente, no de los mapas.
Fajardo es de los pocos políticos colombianos que no le ha vendido el alma al diablo
No olvidar que venderle el alma al diablo es corromperse y corromper en la lucha política.
#AdelanteConFajardo