Como en la Marcha Verde, Marruecos aprovecha la agonía de un caudillo crepuscular para poner a prueba nuestra resistencia.
Lo de Ceuta no es una crisis migratoria. Es una gravísima crisis de soberanía.
Marruecos utiliza la presión sobre nuestras fronteras para explotar la debilidad del Estado español y condicionar sus decisiones. Ya lo hizo en 2021. Hoy vuelve a comprobar hasta dónde está dispuesto a ceder un Gobierno en descomposición.
Pedro Sánchez prometió que entregar el Sáhara traería una nueva relación con Marruecos.
Mintió.
La cesión solo ha servido para transmitir una idea devastadora: que España retrocede cuando la coaccionan.
Ese es el efecto de la política exterior más desastrosa de nuestra democracia.
Sánchez regaló el Sáhara sin autorización del Congreso. Se humilló ante Rabat. Menoscabó la relación con Estados Unidos. Debilitó a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. Aprobó una regularización masiva que multiplica el efecto llamada, quiebra el consenso europeo e incendia la convivencia.
Y todo ello mientras entregaba —para mantenerse en el poder— la gobernabilidad de España a quienes buscan socavar el Estado y fragmentar la Nación.
Un Estado sin fronteras no es un Estado. Es una entelequia.
España debe responder con la máxima firmeza:
Blindar físicamente el perímetro de Ceuta y Melilla.
Reforzar masivamente los efectivos de Policía Nacional, Guardia Civil y Ejército.
Llamar a consultas a la embajadora de Marruecos, no al embajador de Italia.
Movilizar a nuestros socios europeos en defensa de nuestra frontera común.
Reconstruir la alianza estratégica con Estados Unidos, imprescindible al margen de cualquier coyuntura.
Y suspender de inmediato el proceso de regularización masiva.
Marruecos debe saber que España no cederá ante ninguna forma de chantaje o coacción.
La integridad territorial de España no se negocia. Se defiende.